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Todos fuimos Hugo Sánchez (III)





    
     A Álvaro, el dentista, y a Joaquincito, el pintor, los conozco desde la secundaria. En esos entonces de salón, lista y tareas, no eran Álvaro y Joaquincito, no; se llamaban, mejor dicho, les decían El Jujuy y El Bugui. Llegaba el Jujuy todos los días en motocicleta, escupiendo smog a la entrada de la escuela, sin casco y los padres de familia ponían quejas en la dirección del motociclista ese que se les metía a lo bruto a la hora de la entrada, a la salida, que hicieran algo, que le prohibieran conducir, que quiénes eran los padres, que sólo conocían a la madre porque estaban divorciados y que con razón, y que con razón qué, preguntaba el Bugui y el Jujuy le decía que qué onda con su cabeza, que si era idiota o medio abortado o qué, y el Bugui le pedía la moto, un ratito nomás, doy la vuelta a la cuadra y ya, y el Jujuy decía estás medio abortado, eso es, no se alcanzó a formar tu cerebro, nomás el cascarón, y el Bugui decía entonces qué, nomás una vuelta a la cuadra, no me tardo, y el Jujuy le golpeaba con los nudillos en el cráneo y decía que nomás el puro cascarón.

Yo nunca vi al Bugui montado en la moto del Jujuy, quién sabe, porque el Jujuy decía que el Bugui era medio idiota y no fuera a ser, no fuera a embarrarse, ya ves cómo está de imbécil, y más bien era que el Jujuy traía de encargo al Bugui, porque el Bugui no era idiota, nomás era que quería conducir la moto un rato, una vuelta a la cuadra nomás, porque de idiota tal vez la cara, pero leía y leía y leía y el Jujuy decía que estaba medio idiota de tanto leer, de tantas letritas, que para qué leía y leía y leía si a la hora del examen puros ceros se sacaba, y era cierto, el Bugui era famoso por asno a la hora de las calificaciones, y decía que lo que él leía no tenía nada que ver con lo que se supone que debería de leer; al Bugui le gustaba leer otros libros y lo único que hacía en clases era dibujar y dibujar, dibujaba a todos los alumnos, a los maestros, y nadie sabía en dónde estaba el parecido de los dibujos con lo que supuestamente retrataban, y el Bugui decía mira aquí está la narizota o mira acá está la papada o si te fijas esos son los dientes o por acá se ven las orejas y no había quién diera con todos esos detalles para adivinar de quién se trataba y el Jujuy decía que el Bugui era sietemesino hijo de hermanos gemelos.

Entonces me juntaba con ellos; porque a pesar de todo eran inseparables, uña y mugre, taco y salsa, nariz y moco, perro y pulga, y así nos íbamos a cualquier lado, nos íbamos a los campos de futbol; el Jujuy era malísimo y el Bugui la movía bien, y ahí sí que el Jujuy no decía nada acerca de la genealogía del Bugui porque tremendos zapatazos que metía, directos al ángulo, chanfleados, desde fuera del área grande, pero el Jujuy fingía demencia y me decía que ese Bugui había aprendido a tirar así porque él le había dicho cómo se debía de acomodar el pie de apoyo para que el empeine embonara parejito en la parte baja-media del balón en cuestión, que así cualquiera, y entonces por qué tú no Jujuy, por qué eres tan matalote para el fut, ah, decía el Jujuy, es que a mí lo que me gusta es el basket.




¡Ja!, aquí yo dice y dice cosas y no digo todavía ni cómo me llamo, no doy datos concretos, no saben ni quién les platica esto y aquello, como una voz en el radio que se confiesa ante quién sabe quién y esos que escuchan le ponen atención sin saber nada de nada y la voz le sigue a la confesión o a la receta de cocina o a la queja pública o a lo que depara el destino para todos los Géminis, y yo les digo entonces que me llamo Claudio, aunque no me llamo Claudio, pero todos me dicen Claudio desde que a Joaquincito y a Álvaro les decían el Bugui y el Jujuy, porque a mí eso del cambio de voz me duró como diez años y decían que hablaba en tirolés, que hablaba como el Gallo Claudio y la gente que ahora me saluda (¡Hola Claudio!) no saben que no me llamo así, que lo de Claudio es sólo un apodo, pero está bien, no importa, mejor así, así nadie sabe, así paso como Claudio por la vida, como Claudio por su casa y ni quién diga que sospecha que escuchó que tal vez ese Claudio ni se llama así, ese se llama Reinaldo, hijo de don Raymundo, el de Telas El Rey, ¿no te acuerdas de él?

Sólo los miércoles soy, otra vez, Reinaldo. Mi padre dice: Reinaldo pásame la sal, Reinaldo apaga la estufa, Reinaldo pásame el periódico, Reinaldo ¿qué va ser de tu vida?, pero la falta de costumbre hace que Claudio no sepa bien a quién le hablan; pero Reinaldo se acuerda – porque ésta fue una vez su casa – de que ahí jugó tardes enteras y ahí está la despensa en que se escondía todo lo que debía de esconderse para que el curso de las cosas no cambiara, allá la puerta de su recámara, y Reinaldo tenía la costumbre de salirse por la ventana, la costumbre de tirarse a ver televisión todos los domingos, la de acompañar a su madre a comprar verduras y frutas y carne y la costumbre del olor, del juego de sombras en las paredes, la costumbre de los ruidos de la calle, del refrigerador, de la gente que pasaba de un lado para otro, de las regaderas abiertas y le pasa la sal a su padre y le apaga a la estufa y dice que no sabe dónde quedó la sección deportiva, y Claudio está bien así, siendo Reinaldo sólo cuando debe de serlo; porque no esperen que yo les cuente aquí: el nací dónde, el crecí cómo, el quiero esto y el no tengo aquello. Sólo digo que me llamo Claudio para que sepan que sí me llamo de algún modo, que hasta tengo dos nombres, que me gusta pasar como Claudio por la vida, aunque por la vida no pase nada.


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