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Julia*

Ilustración: Carol Gómez Pelegrín. Barcelona. España, 2012.
¿Que por qué lo hacíamos? Bueno, ¿por qué siempre tiene que haber un porqué? No sé. Por diversión, supongo. Era fácil, rápido y sin violencia. No robábamos en el sentido estricto del término, era dinero aportado voluntariamente por las personas. Es decir, se daba por perdido, sin aflicción ni quejas, de antemano. Julia y yo tomábamos cada quien una canastilla al momento de las limosnas y pasábamos a lo largo y ancho de la iglesia recogiendo lo que los fieles depositaban siguiendo los dictados de su conciencia. Lo hicimos tres o cuatro veces. Mientras todo mundo fingía inspeccionar los resquicios cochambrosos de su alma y algún jubilado interpretaba alabanzas en un órgano electrónico, nosotros, con Jesucristo resucitado como único testigo al tanto del asunto, retrocedíamos silenciosamente hasta el acceso principal, nos dirigíamos al auto estacionado estratégicamente cerca y un minuto después nos hallábamos con dirección a un centro comercial.

¿Que a quien robábamos era a la iglesia? Puede ser. Pero la iglesia ha bien vivido de limosnas durante más de dos mil años. Nada le pasa por tres o cuatro misas provincianas sin sus billetitos. Aún así, me puedo imaginar al sacerdote en turno que con rostro extrañado, al darse cuenta, preguntara a su rebaño “¿Alguien sabe qué carajos pasó con las limosnas?”

Para entonces nosotros ya estaríamos recorriendo pasillos y anaqueles obscenamente atiborrados de productos útiles, no tan útiles y francamente ridículos. Nos gustaban los almacenes principales, el ambiente artificial de la luz blanca, el orden multicolor (a mí me sigue gustando caminar por entre los pasillos de productos de limpieza; ir despacio y aspirar los aromas mezclados de detergentes, jabones, ceras para pisos, aceites para muebles, pastillas para retretes y abrillantadores de azulejos). Teníamos puntos obligatorios: el mío era la zona de abarrotes donde se encontraban las cajas de cereal inflado y de ahí enfilábamos al segundo punto obligatorio: la sección de juguetería.
Julia era aficionada a los rompecabezas. Le gustaban los de mil o más piezas. Durante el tiempo que estuvimos juntos armó varios de ellos, y ya desde antes, en la sala de su casa, en cada una de las recámaras, colgaban marcos conteniendo el minucioso trabajo de Julia reflejado en figuras estriadas de paisajes, mapas antiguos y pinturas famosas. Tenía esa serenidad, esa mirada fija que no incomodaba porque, acostumbrada, percibía un todo en el mínimo detalle, abarcaba con un gesto las posibilidades de armado de cualquiera, pero sin frialdad, como velada por una luz difusa, atenta y perdida al mismo tiempo.

¿Necesidad? No, no era por necesidad. Ambos vivíamos bien. Ella mejor que yo y yo no me podía quejar de mi vida regalada de hijo de buena familia. El auto en que nos movíamos era del papá de Julia. Ella contaba con tarjeta de crédito para sacar dinero en el momento que se le antojara y yo con la paternal donación de uno o dos billetes, suficientes para los gastos de un par de pubertos de dieciséis años un día martes cualquiera. Lo de las limosnas se nos ocurrió así nomás. Un domingo nos estacionamos frente al atrio de una iglesia a comprar hot dogs y, mientras comíamos, vimos a un señor chaparrito que dentro del templo iba sosteniendo una charola llena de monedas y billetes.

- ¿Crees en Dios? – me preguntó Julia.
- Yo sí – contesté - . Lo malo es que él no cree en mí.
- ¿Cómo cuánto dinero sacarán al día?- preguntó nuevamente.
- Supongo que hoy ganan lo de los restantes seis días. No sé. También depende de dónde esté ubicada la iglesia.

Julia me vio con esa mirada fija, recorrió mis contornos en un sólo movimiento. Y así fue. Nos quedamos en silencio pensando la misma cosa.
Una hora después pasamos frente a una capilla del centro de la ciudad y lo hicimos.

*

Puedo decir que la conocí porque era hermana de un amigo de la infancia al cual, después de varios años sin verlo, volví a tratar; que un día fui a su casa invitado a comer por él y que vi por primera vez a Julia, arrodillada en la espaciosa tranquilidad de su habitación, con una pieza de cartón azul entre sus dedos. Frente a ella, en el piso, un rompecabezas de dos metros de largo que iba mostrando los detalles de un paisaje boscoso; que la luz de la ventana besaba el perfil de Julia descalza; que se acomodó el pelo tras la oreja, suspiró, y su trozo de cartón azul embonó naturalmente en el cielo. Puedo decir que lancé miradas furtivas hacia ella durante toda la comida; que ella permaneció en silencio, al tanto de mi insistencia; que en algún momento sentí la sobrecogedora liviandad de su mirada y eso me hizo tartamudear al responder no recuerdo qué. Puedo decir cualquier cosa; Julia y yo teníamos que conocernos de cualquier forma. Ese día estuve esperando el momento en que su hermano se desentendiera un rato de mi presencia y me dirigí sigilosamente hacía donde la vi por primera vez. El rompecabezas descansaba sobre el piso y ella también.

- Hola.

Además de Berta, la señora que les ayudaba, rara era la vez que había más gente en su casa. Y Berta parecía tener siempre mucho quehacer dentro de su cuarto en la parte trasera. Nos pasamos tardes completas echados sobre los muebles de la sala, armando nuevas imágenes o fumando en el jardín o besándonos en todas las recámaras. Nos gustaba la misma música y podíamos recorrer las horas desde The Cure hasta Tchaikovski. Nos preparábamos sándwiches que nunca nos terminábamos o sacábamos botellas de coñac de la cava de su padre; nos íbamos en auto hasta una carretera a orillas de la ciudad y bebíamos el coñac con refrescos tibios en vasos desechables. Todo el tiempo reíamos, todo el tiempo peleábamos, todo el tiempo nos reconciliábamos y podíamos estar en silencio absoluto durante ratos muy prolongados, sin incomodarnos, viendo crecer a la ciudad allá abajo, mientras la noche caía.

Pero siempre hubo algo que me dejaba intranquilo: Julia tenía continuamente golpeadas partes de su cuerpo; los brazos y la espalda eran una sucesión de moretones y costras, al igual que las piernas y los tobillos. Las primeras veces que nos acostamos (en una casa que antaño pertenecía a mi familia y que por esos días permanecía inhabitada), ella trataba de ocultar aquellas marcas abrazándome con fuerza, impidiendo moverme. Cuando ya no pudo ocultarlo más, le pregunté cómo se había hecho aquello. Inventó una caída desde las ramas de un árbol en el jardín de su casa. Le pregunté que qué tenía que hacer ella sobre las ramas de aquel árbol y Julia aseguró que siempre le había gustado subirse a las ramas de los árboles. Le pregunté que si había rebotado de espaldas y luego había caído de frente, porque tenía ambas partes del cuerpo lastimadas; fingió enfadarse y dijo que no era nada, que no importaba. No insistí, pero cuando nuevamente hallé partes de su cuerpo golpeadas ya no hubo árbol imaginario que la sostuviera en sus ramas.

- ¿Te golpean en tu casa? – le pregunté al ver la ambarina silueta de unos nudillos dibujados en su espalda.
- No, ¿por qué piensas eso?
- Julia – dije revisando las marcas -, estos son golpes de alguien más. No podías habértelos hecho tú sola. Dime, ¿quién te golpea?
- Nadie .
- Es tu papá, ¿verdad?
- ¡Claro que no! – gritó exaltada.
- ¿Tu mamá? ¿Tu hermano?

Ella quedó en silencio. Me abrazó y recargó su cabeza en mi pecho, como si quisiera escuchar claramente mis latidos. No lloraba; respiraba tan pausada y hondamente que creí que se estaba quedando dormida. La separé un poco y la interrogué con un gesto.

- Los dos – contestó casi en un susurro.
- Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué dejas tú que lo hagan?
- No sé –dijo-, siempre me han pegado.

Imaginé aquella casa residencial con jardín, alberca y cinco autos en la cochera; aquella casa en donde vivía Julia con su hermosa familia, que guardaba demonios en el closet y era bienvenida en casas de otras bellísimas familias con roperos endemoniados.

No me dejó volver a interrogarla, ni hacer algo al respecto. A mi se me ocurría ir a levantar una demanda, pero primero romperle la cara al imbécil de su hermano y dejar muy asustada a la infame vieja. Nunca hice nada. Julia me convencía de que sería peor, porque lo único que conseguiría era que la mandaran de nueva cuenta a un albergue fuera de la ciudad y que yo me metiera en problemas con su familia.

- ¿Cuándo estuviste en un albergue?
- Hace unos años.
- ¿Por qué?

Ya no me preguntes. No quiero hablar de eso.

*

Nunca lo volvimos a hacer en domingo. Las siguientes veces fueron en días de entre-semana. Las iglesias estaban menos llenas y la gente más atenta a lo que ocurría en el altar. A veces fallaba, porque en algunos templos los encargados de recoger limosna eran los mismos capellanes o gente que se la vivía en olor a santidad y no permitían que nadie les usurpara su función litúrgica. Procurábamos encontrar lugar en las bancas cercanas al púlpito y escuchábamos con devoción casi mística la palabra de Dios. Al momento preciso nos ofrecíamos para levantar la colecta; estábamos al tanto del organista y nos apresurábamos a terminar el recorrido antes de que él llegara a los últimos compases de la salmodia. Podíamos escuchar el correr de la sangre del otro cuando, con una sola mirada, indicábamos el momento de la retirada y de un instante al otro nos hallábamos en un exterior sin santos que vigilaran las conciencias.

La casa deshabitada se fue llenando de objetos que compramos con el dinero episcopal. Además de cajas de cereal y rompecabezas extendidos por el suelo, había miniaturas de ranas jugando póker, almohadas y cojines de todos los tamaños, mantas estampadas, ceniceros de madera, un colchón usado y bastante cómodo, botellas, canicas, un ejército de animales inverosímiles hechos de plastilina, revistas, gorros, lentes, vasos y platos de plástico, velas (la casa no contaba con luz eléctrica), palillos chinos, una ouija, lápices y cuadernos llenos de dibujos y frases. Compramos una reproducción de la Judith de Klimt y la colgamos en la recámara en la que pasábamos más tiempo…

¡Nos casamos con ese dinero! El abuelo de Julia padecía de una punzada en el pecho que lo atormentaba desde tiempo atrás, haciéndole incómodo hasta el respirar. Era un señor bajito y moreno, de bigotitos blancos, que hablaba muy lento y mantenía una mueca que a veces parecía de alegría y a veces de dolor. La única vez que lo vi fue aquella en que Julia y yo lo acompañamos con una curandera de un pueblo cercano a la ciudad. El abuelo ya había recorrido consultorios médicos, salas de espera, estudios sanguíneos, auscultaciones minuciosas, honorarios estratosféricos y resultados nulos. Ahora decidía recurrir a los conocimientos rústicos de una yerbera que nos recibió en su propia casa, fresca y oscura, en la que colgaban de las paredes cuadros religiosos, rosarios, crucifijos y un aroma indefinible que cubría toda la estancia, haciendo más profunda la impresión de entrar a un sitio en el que el tiempo había hallado un remanso en el cual no transcurrir.

La mujer tenía unos cuarenta años y una niña, tal vez su hija, le ayudaba en todo el ritual de sanación. Vimos cómo la curandera pasaba un huevo por todo el cuerpo del abuelo mientras rezaba padrenuestros y regaba un líquido hecho a base de alcohol por toda la casa con un bote atomizador. Después balbució unas cuantas frases mientras acariciaba el rostro del abuelo, y por fin rompió el huevo dentro de un vaso transparente que nos enseñó a todos para que viéramos el ojo negro que había salido revuelto con la yema.

- Mal de ojo – dijo con autoridad -. Alguien te está lastimando, alguien que te envidia. Te voy a dar una limpia y vas a tener que regalarle una rosa blanca a toda la gente que conozcas. Después vienes otra vez y me invitas a comer al restaurante más caro que encontremos.

Cuando hubo terminado de decir sus últimos rezos, ordenó a la niña llevar al abuelo a un cuarto aparte. Luego, se dirigió hacia nosotros y nos vio con una especie de simpatía mercantil.

- ¿Son esposos?- nos preguntó casi ingenuamente.

Reímos de la ocurrencia y la sacamos de dudas.

- No, no somos esposos.
- Si quieren los caso – propuso con un brillo en la mirada.

El abuelo estaba recibiendo los vapores de un montón de hierbas y la idea de un matrimonio como aquel nos gustó de inmediato a los dos.

- ¿Qué se necesita? – preguntó Julia.
- Sólo un macho y una hembra – contestó la mujer sonriendo.
- Está bien – dije -. ¿Cuánto cuesta?
- Eso depende de lo mucho que se quieran – respondió la bruja.

Un día antes habíamos visitado la capilla del Perpetuo Socorro y nos quedaban cerca de cuatrocientos pesos.

- Denme sus dedos gordos – ordenó la mujer.

Juntó las dos falanges y nos anudó con un listón púrpura. Después tomó un cuchillo, lo bañó con aquel líquido de antes, recitó un listado innumerable de santos y bendiciones y de un solo movimiento nos cortó la punta del dedo amarrado, presionándolas heridas. Julia y yo nos vimos a los ojos más sorprendidos que divertidos, hasta que la bruja por fin nos liberó del amarre y puso sus palmas abiertas sobre la cabeza de cada uno. Abrió los ojos, nos palmeó como a perritos y nos felicitó.

- Son una buena pareja – dijo como final a su representación.

Regresamos con el abuelo milagrosamente recuperado y gotitas de sangre manchándonos los dedos. Éramos marido y mujer. Paramos en una florería para que el abuelo comprara dos docenas de rosas. Nos regaló una a cada quien y después de dejarlo en la puerta de su casa, nosotros fuimos a la nuestra para consumar la unión y armar rompecabezas hasta la media noche.

*

Habían pasado ya muchos días desde la última vez que recolectamos limosnas. Aquella tarde era especialmente tediosa, el calor llevaba a nuestras bocas pequeñas gotas saladas y el silencio, anteriormente gratificante, era una bruma enrarecida ocultándonos a los dos. Julia resoplaba, sentada sobre la alfombra del cuarto y su mirada divagaba sobre la imagen de Judith, perdida, buscando nada. Yo volví a poner sobre mi rostro las hojas de una revista abierta, buscando algo de frescor. El zumbar de una mosca moribunda venía desde algún resquicio de la ventana y un cielo espeso exhalaba lentas bocanadas de sol. El limbo olía a polvo amontonado.

Así pasa ¿no? Un día estás bien y al otro ya no estás. De forma sutil los escenarios van perdiendo color ante los ojos de quienes los frecuentan, hasta que un día no son más que un montón de tablas húmedas por el rastro de todas las horas exprimidas sobre ellas. Las semanas transcurrían sin muchos cambios en sus eslabones y de pronto nos encontramos rehuyendo la compañía del otro...

- ¿Sabes qué me gustaría hacer?- dijo Julia de repente.
- ¿Qué? – pregunté yo más por reacción que por interés.
- Largarme de aquí, de esta ciudad, de esta gente.
- ¿Y a dónde irías? – le pregunté de nuevo más para seguir una lógica que para compartir un deseo.
- No sé, cualquier lugar es mejor que esto.

Creo que ahí fue cuando todo acabó. La idea de largarse a cualquier lugar nos asalta a todos de vez en cuando, pero el tono del “esto” en la última frase de Julia… Sí, yo también pensaba que cualquier cosa sería mejor que eso.

Ahora, después de tantos años, sé que lo que Julia y yo hacíamos en realidad en ese entonces era aprender. Aprender a mezclar las dudas con las certezas, los hechos con las promesas, los silencios con las carcajadas, el amor con la costumbre; aprendíamos a soportar el reflejo de nuestras carencias en los ojos de otro.

Entonces salimos de la casa con rumbo directo a la catedral. Ni en el camino, ni dentro del templo nos dirigimos la palabra. Tomamos las charolas y lo hicimos por última vez.

Al salir de nuevo, nos quedamos suspendidos en un gesto.

- Adiós, Julia – le dije entregándole mi charola.
- Adiós – contestó ella entregándome la suya y se dirigió lentamente hacia el automóvil.

La vi dar vuelta en una esquina. El calor era insoportable y me quedé largo rato a la sombra de un árbol en un parque sin nadie.

*

Hoy que volví a verla es que recuerdo todo esto. Tiempo después de aquello supe que Julia se había ido a vivir a otra ciudad donde estudiaba algo relacionado con el arte. A su hermano me la encontraba de vez en cuando en distintos lugares pero jamás crucé más de tres palabras con él; los golpes, sus sinrazones, me seguían doliendo. De vez en cuando algún amigo me decía que la había visto en un restaurante, en una galería, en un bar, en cualquier parte y yo disimulaba un tono de indiferencia al preguntarles el cómo se veía, qué les había dicho, con quién iba. Pensaba en ella como se piensa en la vida: poco y por momentos muy breves.

Luego acabé la escuela, mi carrera, conseguí trabajo, conocí a mi mujer y ahora mi hija aprendía a leer. Como todos los domingos la llevé conmigo a hacer las compras de la semana. Volví a tardarme más de lo necesario en el pasillo de productos de limpieza y pasamos por el cereal antes que por las frutas, la carne o las verduras. Ya formados en la fila de una caja registradora, mientras hojeaba un folleto, alcé la vista y reconocí de inmediato a Julia formada unos pasos adelante, en una de las cajas a mi lado. Mantenía esa indefinible presencia, ese halo de serenidad y firmeza en sus movimientos, esa mirada honda y hundida al mismo tiempo. La vi colocarse el pelo tras la oreja y una sonrisa me atravesó el rostro. Estuvimos unos minutos a la par, separados por pequeños refrigeradores y anaqueles. Yo no podía más que seguir observándola, intuyendo su aroma.

Cuando al fin de muchos años, personas, lugares, derrotas, canciones, películas y accidentes, cuando después de pasar de todo lo que tiene que pasar ella volteó y nos volvimos a ver, Julia y yo le dimos nuevamente al silencio su función traductora. Ella puso sus cosas sobre la banda móvil, pagó y tomó sus bolsas. Yo hice lo propio y al salir del autoservicio, con mi hija sentada dentro del carrito, Julia se acercó sonriendo con una caja entre las manos.

- Dile a tú papá que te ayude, es bueno con estas cosas – le dijo, le entregó la caja, me sonrió, asentí y nuevamente se marchó.

El rompecabezas es de tres mil piezas.


*Publicado en su libro Matamoscas (Cuento, colección Primer libro, ICA, 2007) (Reeditado por Disculpe las molestia).

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