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Violentales




Una mujer sale de su oficina luego de un pesado día de trabajo. Sube a su auto, harta y fatigada, enciende el motor, arranca y abandona el estacionamiento. Al tomar la calle, casi es impactada por una camioneta negra, grande, de cristales polarizados. La trompa de ésta queda a unos centímetros del auto, y entre el claxonazo y el sobresalto, la mujer expulsa un poco de orina. Ha frenado por instinto, pero está en un punto ciego. Se le ha olvidado lo que debe hacer.

El claxon no deja de golpear, furioso, y la camioneta amenaza acelerando a fondo. La mujer no puede darse cuenta de nada. Se le han reventado los tímpanos y no escucha el estruendo de la máquina sino el escándalo del silencio. No sabe que son las cuatro de la tarde, ni recuerda que hay dos niños esperándola en casa. Rígida, sostiene el volante con una tensión que le hincha las venas de las sienes y hace que su mandíbula rechine a punto de quiebre. Hay gente que se ha detenido a ver qué es lo que pasa, tan inútiles como los postes. Los bocinazos se han hecho uno solo, largo, desesperado.

Entonces la camioneta arranca, golpea de lleno al auto, lo arrastra calle arriba, destrozándolo, hasta chocar contra un muro en la esquina. La gente reacciona, grita, se lleva las manos a la boca. Tres hombres corren hacia el auto de la mujer para intentar sacarla con vida, pero pronto se enteran de que es inútil; en la ventanilla estrellada hay mechones de cabello, pedazos de cráneo, sesos. Otro grupo avanza hacia la camioneta, dispuestos a hacer pagar al culpable; manotean contra los cristales, patean la carrocería, escupen, maldicen. Cuando logran abrir la puerta quedan petrificados. Dentro está una mujer agonizando, sangrando, con un balazo en el vientre.





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Un niño entra sigilosamente al cuarto en penumbras de sus padres. Después de largos días, su madre ha salido al fin a la terraza para recibir a una pareja amiga de la familia. Su padre se encuentra trabajando y la sirvienta atiende a las visitas. Sabe que en la habitación sólo respiran él y su hermano recién nacido: junto a la cama hay una cuna de velos blancos, y dentro de ella, una criatura de manos diminutas y piel blanca, acostada bocabajo, con la cabecita hacia un lado, profundamente dormida. En la habitación flota una mezcla de aromas a vómito, talco y leche tibia. El sol no ha entrado ahí en al menos doce días y todo invita al sueño. El niño se acerca al pequeño círculo de luz roja del radio-comunicador, toma el aparato, lo apaga delicadamente, y luego se dirige a la cuna. Después de un rato de estar observándolo fijamente, sin parpadear, el niño aprieta la nariz del crío con una mano y con la otra le tapa la boca. La reacción es inmediata y la torpeza es mucha: un alarido espantoso escapa del inocente y el niño, aterrado, presiona de tal forma que le rompe el cuello a la criatura. Un ligerísimo crac y luego el silencio.

El infante comprende lo que ha hecho. Escucha gritar a su madre llamando a la sirvienta. No tardarán en llegar. Al niño se le revuelve el estómago de pavor y comienza a respirar entrecortadamente. Lo verán si sale por la puerta. Instintivamente, atina a esconderse bajo la cama, mordiéndose los puños, aspirando el polvo viejo de la alfombra, luchando por llorar, sin lograrlo. Lo único que quiere es desaparecer.
Ve los pies de la sirvienta entrando a la habitación, y casi pegados a ellos, los de su madre y los invitados. Hay una serie de balbuceos y luego otro grito horrendo. Un momento de confusión y la cama se resiente con el cuerpo de su madre que llora y se revuelca desde un dolor inmenso. Los pies van de un lado al otro, dando voces, pegándose. El niño experimenta el ansia de los acorralados; lo van a matar. Siente que la cama le cae encima y un calor intenso le ablanda el vientre. No soportará más tiempo, y ahí una mano hiriente lo toma del tobillo, sacándolo de un tirón de su escondite. El niño comienza a llorar.






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Una mujer sale de su oficina luego de un pesado día de trabajo. Sube a su auto, harta y fatigada, enciende el motor, arranca y abandona el estacionamiento. Al tomar la calle, casi es impactada por una camioneta negra, grande, de cristales polarizados. La trompa de ésta queda a unos centímetros del auto, y entre el claxonazo y el sobresalto, la mujer expulsa un poco de orina. Ha frenado por instinto, pero está en un punto ciego. Se le ha olvidado lo que debe hacer.

El claxon no deja de golpear, furioso, y la camioneta amenaza acelerando a fondo. La mujer no puede darse cuenta de nada. Se le han reventado los tímpanos y no escucha el estruendo de la máquina sino el escándalo del silencio. No sabe que son las cuatro de la tarde, ni recuerda que hay dos niños esperándola en casa. Rígida, sostiene el volante con una tensión que le hincha las venas de las sienes y hace que su mandíbula rechine a punto de quiebre. Hay gente que se ha detenido a ver qué es lo que pasa, tan inútiles como los postes. Los bocinazos se han hecho uno solo, largo, desesperado.

Entonces la camioneta arranca, golpea de lleno al auto, lo arrastra calle arriba, destrozándolo, hasta chocar contra un muro en la esquina. La gente reacciona, grita, se lleva las manos a la boca. Tres hombres corren hacia el auto de la mujer para intentar sacarla con vida, pero pronto se enteran de que es inútil; en la ventanilla estrellada hay mechones de cabello, pedazos de cráneo, sesos. Otro grupo avanza hacia la camioneta, dispuestos a hacer pagar al culpable; manotean contra los cristales, patean la carrocería, escupen, maldicen. Cuando logran abrir la puerta quedan petrificados. Dentro está una mujer agonizando, sangrando, con un balazo en el vientre.





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Camino a su casa, un borracho es sorprendido por los alaridos de una mujer. Pasa de la medianoche y la vereda está en descampado, a medio kilómetro del pueblo. El hombre lleva la mano a su machete, alerta. Su ebriedad ha menguado de pronto. Sabe que por ahí no vive nadie, que nadie pasa a esas horas, que nada bueno ocurre.
Una nueva serie de gritos. La mujer suplica, pide piedad a alguien más. Hay sonidos de hojarasca, de pies que se arrastran, de forcejeo. El hombre deja de dudar y se interna con dirección al ruido, fuera del camino. Cede al impulso hasta divisar una arboleda seca en la que distingue a dos cuerpos en lucha: una mujer está doblada, bocabajo sobre el suelo, vencida por el peso de un tipo robusto sentado sobre ella; él está bufando y la violación es inminente. El hombre del machete quiere largarse de ahí y algo no lo deja. Los espasmos de la mujer se han vuelto casi inaudibles, lejanos. Su atacante se agacha y pareciera que le dice cosas al oído; luego le da un manotazo brutal en la cabeza. Se incorpora, gira el cuerpo de la mujer, le rompe la botonadura de los pantalones, y en su desesperación por quitárselos, aún la arrastra algunos metros. Vuelve a echarse sobre ella. Hay un gemido agudo, roedor, y algunas vocales agónicas. El violador embiste rápido, jode, gruñe, golpea y termina todo en un momento de silencio perfecto. Su ignorado espectador tiembla, le observa mientras se reincorpora, se sacude el polvo de las manos, busca y encuentra un sombrero, le dice algo ininteligible a la mujer y luego se adentra en la arboleda. Un minuto después se encienden los faros de un automóvil, arranca un motor, del lado opuesto a la vereda. Hacia allá avanza, convirtiéndose en un haz de polvo. El hombre se apresura entonces y encuentra una joven con el rostro hinchado, rota sobre el pastizal, quien parece verlo desde las rendijas abultadas en que se han convertido sus ojos. Él voltea hacia todos lados, temblando todavía. Se deshace por fin del machete y toma a la muchacha por debajo, acomodándola sobre un cúmulo de hojas; se hinca, afloja sus pantalones y, después de varios intentos, la penetra.

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Tal cual

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Acompañado de borrachos,
Policías
Y un coro de ranas,
A las cinco de la tarde
De un martes de diciembre,
Con los ojos vendados,
En traje de astronauta.

Yo soy el drogadicto que todos los días llama
A la estación cumbanchera
Y pide esa cancioncita
Que te alegra la mañana.

Me gusta
Que te guste
Lo que busco;
Me busca
Que te encuentre
Y haga bizcos.
Me visto
Que te pones
Lo que uso;
Me uso
Que te pase
Lo que pasa.

Yo soy el borrachito que se pone terco
Alegando tus silencios,
Blandiendo poses,
Roncando como puerco,
Y despierta enfadado
Y Perdido.
Sin pies.
Sin cogito, sin sum, sin ergo,
Para después perderse
En la más triste de las farsas,
En las faldas
De la esperanza que aun albergo
De un día verte feliz en la terraza.

Soy el buenoparanada
Que te hace de comer
Como nunca has comido
Ni volverás a hacer.
Soy el malagradecido
Hijo de puta
Bastardo y cariñoso,
Tonto y orgulloso,
Limpio y apestoso,
Que siempre te da las gracias.

El respetuoso,
El c…

Fernando Paredes

Epítetos, poesías, pituitarias

2007-02-26






Hey,


Corazón,


Tengo dos manos ansiosas por escribirte lo mucho que te quieren escribir, pero nomás no saben cómo, no se ponen de acuerdo en el qué, el matiz, el tono, la figura, el aliento, el sentido concreto de esto que aparece de vez en cuando en la mirada, de vez en cuando en mis oídos, como un algo que no sé qué pedo, algo que eres tú sin serlo, cosas raras que traen pegada tu forma de andar, tus ojos quietos, tu cuerpo largo, a Hendrix, a Isabel y Lucrecia, y tus bracitos de agua, y tus nalguitas de niño nalgón, y tu voz clara, liviana, hipnotizante, floja, floja, floja, tirada en la cama, sonriendo, desnuda, hermosa, vamos a comer gorditas de chicharrón, abramos las persianas que de todas formas están abiertas, bailemos en cada semáforo rojo, tiremos la hueva al compás de una fuente dominguera, la marcha de Zacatecas, el centro de la nación, chocos de fresa, esquites subtitulados, Bill Whithers canta ain’t no sunshine wen she’s gone, y la pila de libros inútiles me ac…