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El rastro de nuestros días

A Edna.
























Camino al aeropuerto metí una mano bajo tu falda. El taxista debió de percatarse pues carraspeó tres o cuatro veces innecesariamente. Los cristales empañados, blancos de frío, hicieron del paisaje una larga serie de cuadros impresionistas. Hasta que salimos de la ciudad no pude dejar de pensar en la dicotomía existente entre las temperaturas del exterior y la de tu entrepierna. Un rato de esos en los que lo normal se descubre extraordinario.

- Dejé la llave junto al librito de Marx – rompiste el silencio y trazaste una diagonal en la ventanilla con tu dedo.
- ¿Cuál?
- El de Miseria de la Filosofía, a la entrada.
- No, cuál llave.
- La de la casa, ¿cuál otra?

Llevabas el vestido de lunares verdes, el pelo sujeto con liga gruesa, la cara lavada, los labios secos. Nunca me pareciste hermosa, pero me gustabas tanto. Estuve a punto de acobardarme, de decirte que no valía la pena, que regresáramos y comenzáramos todo de una vez. Triste, nervioso y repentinamente lúcido, todo aquello me abrumó hasta el punto del ahogo. No volvería a verte y aún así me fue difícil posar la mirada en tu rostro. Lo único que supe hacer fue frotar hasta percibir la humedad en la tela de las bragas; despedirme con la mano, como un amigo.

A medio kilómetro antes de llegar al aeropuerto, una caravana de cuatro camionetas cubiertas, negras de vidrios polarizados, escoltadas por otros cuatro motociclistas federales, hicieron al taxista reducir la velocidad. Uno de los oficiales le señaló rebasar por la izquierda y por un momento estuvimos a la par de la tercera camioneta de atrás hacia delante, en la que ondeaba una pequeña bandera a ambos lados del cofre. “Es el Presidente”, dijo el chofer, curioso. “Ha de ir también para allá”. Los rebasó cuando nos los indicaron y continuamos desechando posibilidades en silencio.

Cuando entramos al aeropuerto entendí que éramos instrumentos en manos de alguien más; voluntades fuera de la propia voluntad. Supe que me dijiste que ibas al baño no porque te escuchara sino porque te alejaste y te vi entrar. Me dirigí a la cafetería para no sentir que el edificio entero se me desplomaba encima. Pedí un americano del cual solamente bebí mi reflejo circular, absorto, náufrago de cada segundo. Era el fin.

Fue como una vibración la que provocó la caravana presidencial al llegar. El personal del aeropuerto se acicaló coreográficamente y un tufo a eficiencia emanó de los uniformes. La escolta rodeó la construcción y quedó oculta tras uno de sus muros. Volvió aparecer tras la cristalera, en los accesos hacia las pistas, cuando tú saliste del baño con el pelo suelto y un poco de bilé en los labios. La cámara y el gafete colgaban de tu cuello, listos para abordar. Por enésima vez aquella fotografía era tan injusta con tus facciones.

- ¿Todo está bien? – te pregunté.
- Sí, todo está bien, no te preocupes.
- Todavía podemos cambiar…
- No, es tarde para eso – cortaste.

Me pareciste inmensa de repente, absolutamente desconocida. Las largas noches de sudor, palabras y recelo; los cigarros humeantes de la carcajada, el vino y los domingos; las certezas derribadas y vueltas a levantar a base de saliva, papel, zapatos y silencio; el permanente sentimiento de cargar esas cosas que uno se traga de vez en diario, gramos corrosivos de duda y arrepentimiento… Todo eso huyó y se hizo nada frente a tu presencia, temblando de espanto.

Entonces me diste una sección doblada del periódico con algunas líneas remarcadas de amarillo.

- ¿Qué es? – pregunté viendo ya de lo que se trataba.
- Mi horóscopo.

Leí:

LEO. Esa oportunidad que tanto has deseado está por tocar a tu puerta. Mantente alerta y prepárate para un cambio radical en tu vida. Los beneficios serán a costa de grandes sacrificios y es necesaria toda tu entrega. Tu color, el verde. Tu número, el tres.

Sonreí sin alegría, recordando las ocasiones en que me burlé de ese otro lado tuyo tan contrario a tu afán de concreción; ese perfil fascinado ante la posibilidad de lo increíble. Tantas guerras encendidas en tu boca y esas otras nubes silenciosas y benévolas en tu mente. Y esas líneas, ahora, eran el colofón exacto para nuestros días.

- Sigo creyendo que los escribe la empleada de limpieza del periódico – dije, repitiendo el viejo chiste.
- Pues es muy buena – remataste con un gesto.

Te abracé como un autómata. Ni siquiera levantaste los brazos. Cuando me separé, nada cambió en tu mirada; los huecos de cañón que se habían formado desde nuestra salida, continuaban fríos y profundos. Ambos vimos al cortejo presidencial descender de los autos; un montón de trajes grises y distintas estaturas encaminándose al avión oficial. Siete en punto de la mañana.

- Me tengo que ir – rompiste en medio de aquel silencio artificial.
- Te quiero – acabé, presionándote un brazo.
- Yo también te quiero.
Entonces un último roce de labios, la mirada al suelo, el filo de los dedos, sus huellas.

Depositaste tu bolso sobre la banda y atravesaste el portal de seguridad. Apresuraste el paso hasta donde el grupo de periodistas asignados avanzaba en orden hacia la nave presidencial, tu cabello bamboleando sobre los hombros. Después de un breve careo con el oficial a cargo subiste despacio la escalinata. Fuiste la última. La escotilla se cerró detrás de ti.

Subí al primer piso, desde donde podía ver la maniobra completa de despegue, de pie frente al amanecer. La nave tardó minutos eternos en moverse y luego hizo todo sin interrupciones. Levantó el vuelo casi milagrosamente, como un proyectil perezoso. Un cielo sin nubes sostuvo todo aquello tranquilamente. En tierra quedaron los motociclistas, las camionetas, los empleados, yo.

Dejé de respirar hasta que el instinto hizo llevarme la mano a la nariz. Así me quedé un rato, viendo hacerse cada vez más chico al avión. Luego cerré los ojos y aspiré profundamente el rastro de tu sexo.

Como lo planeado, hiciste clic a las siete y treinta en punto. El avión explotó y se quedó así, estático, como una roseta de humo denso. La gente en tierra no supo qué cara era la que se debía poner ante aquel espectáculo siniestro. Aspiré nuevamente. Estaba sucediendo al fin y yo aún te llevaba entre los dedos.

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