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Trust



Revienta tu cara de alegría y George Bush aparece en la tele para decir algo completamente idiota. No le hacemos caso; la carne en el horno ya despide su fantasma de sabor y la anécdota de los perros siberianos se acerca a su final.
Una carcajada más. Otra.
Creo que nunca he visto ojos como los tuyos; creo que no había visto nada hasta encontrarme con tus ojos; creo. Tus pies son feos, romos, duros, amarillos. Me gustan.

Pasamos al comedor y me siento a verte servir la cena. ¿De dónde vienes? ¿Qué comen en ese planeta? ¿Es carne de res? Pink Floyd no es lo mismo sin Waters, pero funciona. La gata se frota contra mi pierna mientras, no sé porqué, pienso en tu marido. ¿Tanta confianza te tiene? Qué bien estaría quitarte la ropa. Yo no podría irme así, dejarte sola, hablarte por teléfono para saber cómo te va. Yo te amarraría a mi brazo izquierdo y te haría firmar con sangre un acuerdo post mortem para que nos pudriéramos juntos.

¿Cómo está él?, te pregunto y dices que bien; que todo bien. Todo.

Claro, somos amigos. Pero, sabes, los hombres no somos amigos de las mujeres. Al menos yo no puedo dejar de pensar en cómo te verías dormida a mi lado; en cómo despertarías, estirándote un poco, metiendo un brazo bajo la almohada. Soy tu amigo, claro, pero no puedo dejar de pensar.

Vino tinto, sal, pan y jitomate. La noche en las ventanas, los mosquitos, y te escucho nuevamente contar algo acerca de tu vida peregrina. El mundo es pequeño en tu memoria. Lo mismo da un callejón parisino que una iglesia oaxaqueña; una luna neoyorquina o una estepa africana; un novio vikingo a otro cumbanchero. ¿Para qué viajar teniéndote a ti? Hasta ahora me conformaba con libros; pero ya ni eso necesito. Estaba equivocado: la vida comenzó en tus labios... ¿a qué sabrán?

Quizá es sólo que me gusta aferrarme a lo improbable. Siempre he sido así, un tonto muy estúpido. De niño me enamoré de varias de las mamás de mis amigos y nunca supe decirle a mi tía lo mucho que me gustaba. Aun ahora no sé cómo hacerlo. A veces me da por sincerarme y lo echo todo a perder. He aprendido a ser paciente, a dejar que el anzuelo flote sin carnada: cuando el pez tiene hambre, eso es lo de menos.

Hay movimientos, sabes, que no deberían ser controlados; dejarlos ser, hacer, llegar. Lucho contra mi cuello, contra los músculos y huesos que llevarían mi rostro cerca del tuyo. Me sostengo del cuchillo y el tenedor para no saltar hasta tu cuerpo. Tontísimo, imbécil registrado en la lista de incurables, me arrepiento de no hacer algo de lo que después pueda arrepentirme.

Terminamos, encendemos un cigarro, tomamos una copa más. Salud por ti, por lo bueno que es conocerte, oírte, tocarte por segundos. En verdad no entiendo tanta confianza. Seamos sinceros: eres hermosa. Seamos conscientes: eres hermosa. Seamos dos personas adultas, bien definidas, cuidadosas, respetuosas: eres hermosa. Yo no podría dejarte a merced del pensamiento que germina en la distancia; sería el tirano de tus ganas, tus días, tu respiración; sería un perro guardián, un radar atómico, un soldado en guardia eterna contra el siempre probable invasor detrás de las cortinas, bajo la cama, en la cocina, reflejado en el retrovisor.

Por eso no inicio, no propongo. Soy adicto y te fumaría hasta morir, en un ataque de espasmos guturales y sangre intestina, terriblemente asustado.

De alguna forma, la luz de la lámpara hace de tu cabello un paisaje, un campo sembrado de trigo y cebada; o la tersa pelambre de un felino recostado al sol. No hay arte después de ti, sólo un Dios eternamente contento.

Y después de tus labios, tus pies y tu cabello; más allá de ese mismo Dios, te esperaría sentado a que terminaras de arreglarte un poco, te escucharía andar sobre la alfombra y eructar de vez en cuando, te llevaría flores, cazaría jabalíes, mataría a todos y cada uno de los mosquitos que se atrevieran a rozarte, detendría tormentas, las traería de vuelta, compraría los hijos que no pudiera darte, los colores que soñaste anoche, la vida que extrañas los domingos por la mañana, cuando, sola y pequeña, aromas de montañas boscosas se cuelan a tu sala y tus ojos comienzan a irritarse, tus labios a temblar, tus pies a encogerse y tu cabello a crecer. Todo con tal de seguir hundido bajo el caribe de tu mirada.

¿Qué significa cursi?, preguntas con tu acento de turista.
Pues... ¿cómo se dice en inglés?... déjame recordar.
¿Es malo?
No. De hecho es inevitable.

Mientras trato de recordar la palabra, veo nuevamente tus pies y de repente caigo en la cuenta de que tu marido no confía en ti. Es peor aún: tú confías en él. Así no tiene caso.

Cheezy, digo, se dice cheezy.
Ah... eso.
No, bueno... Es que el inglés no es romántico.

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