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De sogas, epitafios y eructos dedicados


Fotografía: Fernando Paredes, Aguascalientes, Ags. México, 2009.




Odio a mi mujer. Un odio tan profundo como el primer amor que le profesé: lento e intenso por igual. Pudiera matarla. Y digo pudiera porque quiero y no puedo. Cosas de policías, jueces y licenciados. Ella lo sabe. El día a día lo confirma minuciosamente; un gesto aquí, una pregunta sin respuesta allá, un portazo bien medido, un codazo a media noche, fingiendo dormir…

 

Antes de vivir con ella al único que podía despreciar era a mí mismo. Ahora sé que no hay delicia más tortuosa que desmenuzar los defectos, fallas e idioteces de alguien más. ¡Y las suyas son tantas! El tonito mustio de su voz, la mirada vacuna a la hora de comer, el hedor que deja en las almohadas, ese andar de pato, ese estómago blancuzco, la manía insoportable de reírse sola, sus ronquidos inhumanos, su indomable pereza, todas y cada una de sus opiniones, todas y cada una de sus prendas, sus hemorragias y cólicos mensuales (exactos, puntuales), los amigos de su infancia, las amigas que frecuenta, su total falta de malicia, las cosas que me cuenta...

 

Que me contaba. Ya no nos hablamos. Hemos vuelto a la época en que el lenguaje se conformaba de gruñidos, onomatopeyas y monosílabos. Pudiera destrozarle un hueso de mamut en la cabeza, ofrecerla en sacrificio a un dios recién inventado por mí, destazarla, asarla, comérmela y quedar insatisfecho. Y apagar cigarrillos en su vientre, hundirle los ojos, darle martillazos en los dedos de sus pies, morderle las tetas, escupir tejidos, darle puñetazos al rostro hasta dejarle un solo diente y amarrarle un hilito y jalar para que caiga juguetonamente sobre las baldosas color marrón.

 

La odio con el más antiguo de los odios, el primario e inconsciente; el auténtico furor de la bestia herida. Y no estoy herido, estoy harto. Hay momentos en los que sé que no tendré el estoico desprecio que me exigen sus ires y venires; la sola certeza de su presencia sería suficiente para enloquecer. Me invento cualquier camino para retrasar mi llegada a casa y me regodeo con fantasías mortuorias, con tajadas rapidísimas a la yugular. Imagino que ese árbol es lo suficientemente fuerte como para colgarla de la última rama o que esta avenida es muy transitada y un atropellamiento provocado pasaría por accidente lamentable o que es cosa de ahorrar tres quincenas y esa pistolita haría tan bien su primer trabajo…

 

A cada segundo que pasa es mayor el cebo que se forma en mi tráquea; más acedo y nauseabundo. ¿Cómo llegué a esto? No importa, llegué y aquí me quedo. Este odio es la única realidad que ahora poseo. Todo lo demás se ha borrado definitivamente. Me encuentro huérfano de ideas, seco de recursos, limpio de recuerdos. Todo es un ahora sobre fuego; una explosión en cámara lenta. Como la gula, como la incontinencia, como el deseo. No sé cuánto tiempo podré resistirlo. No sé porque no empaco mis cosas y simplemente me largo. El peligro ya ha encontrado otros sitios; ya también ronda mis espaldas. Se ha adueñado de mi cama, de mis libros, de mis tardes de café y revistas. No puedo andar desprevenido, fingiéndome único concesionario de esta maldición. Este espectro de humores negros y afiladas uñas, de sogas, epitafios y eructos dedicados, es la suma inclemente de sentirme acorralado.

 

Ella también me odia, no hace falta investigarlo. Sólo espero su primera invectiva, la más calculada de ellas, para atacar sin remordimientos.

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