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Palimpsesto (segunda versión)



15/03/2012




Ilustración: Carol Gómez Pelegrín. Barcelona. España, 2012.






Apagué la ficción con un chorro de humo frío y me puse los pantalones antes de que Denise trepara al último sueño. El sol pintaba de blanco las paredes verdes y en mi estómago el hambre marcaba las 10. Llené de leche y pizza fría. Salí a la calle silbando una melodía inventada por mí hacía ya muchos años, cuando era adolescente y estudiaba música. Subí al auto de Denise y esa mixtura olor a vómito y caramelo volvió a cerrar mi glotis por un instante. Pensé en eso, en Denise vomitando un caramelo rubí sobre los tapetes del auto, en alguna noche ebria muy lejos de nuestra primera mirada. Abrí las dos ventanillas y arranqué. Volví a admirar lo bonito de esa calle arbolada y esas casas de madera salidas de no sé dónde, como de película o serie televisiva. Podría acostumbrarme a vivir aquí, verme viejo con nietos enredados en las piernas, y una pipa grande, humeante, para las noches de fresco en la terraza. Paré en un autoservicio  a comprar un café americano. Eché un vistazo a los encabezados de los periódicos mientras hacía fila detrás de un par de adolescentes vestidas de enfermeras; en todos se veía la jeta del gobernador en primera plana y en uno se leía claramente: 12 mil empleos. Pagué el café y un paquete de chicles sandía-yerbabuena. Al salir de ahí, tomé un teléfono público y marqué el 912 15 23. Nadie contestó. Volví a tomar rumbo poniente y sintonicé al renacuajo que da las noticias. No tardé en saber que tenía horas deshaciéndose en halagos hacia el gobernador y que estaba recibiendo llamadas de “espontánea” adhesión a la algazara oficial. Sonreí. Son unos hijos de puta.

En una bomba de chicle sandía-yerbabuena metí la única confesión que formularía. La goma estaba impregnada ya por la sangre de mi gingivitis y lo que dije terminó por romperla justo en el acento final.  Se escaparon algunas cuantas letras hediondas que yo mismo aspiré sin ascos y luego bajé nuevamente del coche, esta vez para entrar a mi casa. Todo estaba tal cual. Pensé en cómo un acto puede cambiar hasta el ambiente de los lugares que son propios, volviéndolos opresivos y extraños. Revisé la contestadora; ninguno. Entré a mi recámara, me tiré sobre la cama y me quedé mirando fijamente al techo.

Salí de bañarme a las 13 horas en punto.  Reacomodé mis facciones según lo estipulado en el contrato. La nariz y las cejas causaron los mismos problemas de siempre y estuve a punto de dejarlas mal puestas, cansado de su mala hechura. Pero al fin quedé perfecto.  Escogí uno de los trajes negros y una de las corbatas turquesa, zapatos negros y brillantes, de un solo cruce de cintas, y discretas mancuernillas plateadas.  Frente al espejo recité mi nombre, mi fecha de nacimiento, el nombre de mis padres, mis hermanos, mi mujer y mis hijas, dije mi profesión y fingí modestia al hablar de mis logros. Luego recibí una ovación invisible, desde el espejo, y salí de ahí tranquilamente. Afuera, mi forma de andar delataba todo la mentira.

Desde mi celular marqué el 912 15 23. Nadie contestó. Confirmé la hora y decidí probar suerte. En mi camino crucé con varias personas, pero sólo una señora mayor pareció verme con curiosidad. Le hice un leve saludo con la cabeza y ella me respondió con un “Buenas tardes” más bien divertido. Sentí su mirada sorprendida en mis espaldas y luego escuché que decía mi nombre, emocionada.  Entonces algo que puedo llamar satisfacción me hizo respirar profundamente. Alcé la vista y vi al sol hecho añicos entre las hojas de una tupida arboleda. El mundo estaba, nuevamente, a mi favor. Desde ahí vi caer el bolo blancuzco de la caca de una torcaza y me detuve a tiempo, justo para verla caer, explotar entre mis pies. Una mancha blanca, beige y verdinegra; una cosa bella que me auguraba días felices. Dirigí mis pasos a la zona comercial y entré ahí  como embistiendo o como danzando o como ambas cosas, atravesando la banqueta del lado luminoso, escuchando en mi cabeza las notas limpias de un grupo de metales, trompeta, saxo y trombón, tocando algo que me recordaba otros días parecidos, luminiscentes.

Entré a una pequeña tienda de ropa femenina y la empleada me dejó ver lo grande y sucia que era su sonrisa. Calculé 35 años. Pregunté por las minifaldas y los escotes pronunciados. Le pedí que se los probara y me dejó ver lo flaco de sus piernas y las marcas de zancudos en su pecho enteco. Compré dos prendas y le dejé mi tarjeta.

Entré a una pequeña tienda de ropa femenina. La atendía una sonrisa de piernas flacas. Pregunté por las bragas y los ligueros y ella me los modeló hasta que dijo “¡Cógeme, cabrón!”  Al final le di de puntapiés y salí con las prendas puestas.

Entré a una pequeña tienda de ropa femenina. Había dos clientas y una sola empleada, que prefirió ignorarme a favor de las primeras. Se lo agradecí, quería regalarle algo a Denise y necesitaba privacidad.

No entré a ningún lugar, la calle tensaba sus extremos y de todas partes salían ritmos humanos y distintos. Me pareció estar en el lugar correcto, en el instante correcto, formar parte de un organismo tan complicado como fácil de aprehender, yo, glóbulo de sangre y oxígeno, familia de los vertebrados, comprendiendo a media tarde el secreto sencillo y profundo de la vida, del porqué y sus porqués, como una ecuación parvularia que siempre hubiera estado ahí, escrita en el dorso de mi mano y que por alguna razón hasta hoy lo recordaba.
Aligeré la marcha cuando agoté todas las posibilidades de mi dicha y quedé con la mente en blanco.
Recuperé el habla y los sentidos tendido en la cama de Denise. Le decía algo acerca de la ingenuidad de todo un pueblo al borde de la nada, mientras ella cepillaba su cabello húmedo, envuelta en una toalla, sentada en su taburete tapizado, con un cigarro sin encender colgando de sus labios. La televisión sintonizaba un noticiero, y por la ventana, detrás de él, se perfilaban los primeros rayos del sol. Denise se levantó y dijo que se lo tenían merecido por apáticos; buscó, luego, en el cajón superior de su tocador y sacó unas bragas anaranjadas. Dándome la espalda, se quitó la toalla y la pasó por sus piernas y la pelusa castaña de su sexo; se puso las bragas y del mismo cajón sacó un brasier blanco que se puso en un santiamén. Giró buscando algo y encontró mi sonrisa desmañanada. Me la devolvió sin malicia y caminó hacia el otro lado de la cama. Ahí encontró, tirado, su vestido; se inclinó y le di una nalgada imaginaria, porque estaba muy lejos; se puso el vestido y volvió a encontrar mi sonrisa, esta vez más grande, y ella sonrió otra vez, entrecerrando los ojos. Subió a gatas a la cama y al llegar junto mí pasó por encima una de sus piernas, presionando mi costillar con sus muslos fríos. Se agachó, me cercó con sus manos, tocó mi entrecejo con la punta del cigarro y me pidió que le subiera el zipper.  Así lo hice. Luego le quité el cigarro y nos dimos uno de esos besos estáticos, que detienen el tiempo. Salió del cuarto dejando su aroma a champú y un regusto dulzón en mi paladar.
Minutos después la escuché salir de la casa y arrancar su auto. Dormité otro rato mientras escuchaba el pronóstico del tiempo en el televisor y trataba de crear un plan, una agenda o una guía mínima para aquel día. Me sentía dispuesto a todo, incluido el homicidio. Recordé aquella novela de Dumas que leí en mi juventud, donde Catalina de Medici hacía gala de una imaginación deliciosa para asesinar a sus rivales: cartas rociadas con veneno, lámparas que expelían  gases mortíferos al encenderse,  y cosas así, que evadían lo burdo, lo elemental del asesinato.
El gobernador sería mi víctima. Me las arreglaría para dejar en uno de sus bolsillos una carta explicando todo el embuste detrás de aquella transacción millonaria en la que se sacrificaba una vez más el futuro de mucha gente a favor de unos poquísimos bastardos. La firmaría Sansón Sánchez, héroe popular. 
Preparé unos huevos con jamón. Mientras se cocían me comí un plátano. A las 13 horas en punto meneaba una taza de café. Entré al estudio, abrí mi cuaderno y revisé las cosas que había escrito la noche anterior. No recordaba varias partes y el párrafo final me resultó completamente  ajeno. ¿Cuándo había escrito aquello?  Estaba muy bien. Incluso, la caligrafía se volvía ahí más segura y elegante. Usaba palabras como desflore, palimpsesto, amateur y purpurado. Sonaba muy bien en voz alta, respiraba y retumbaba  como el último movimiento de una sinfonía. En el punto final no había más que asombro, se abría un vacío de luz intensa y el gozo y la inquietud mezclaban sus salivas en el paladar. Luego el dolor.
Un retortijón me dobló como un gancho al hígado y gemí, buscando apoyo contra la pared. Me asusté como siempre, porque, como siempre, esta vez era más fuerte, más sádico que el anterior. Pensé en mi madre y aquella advertencia suya cada vez que me veía sufrir. Boqueé, sacudido, y caí al piso, temblando. Todo se volvió amarillo, como siempre, distintos tonos de amarillo, y comenzó el derretimiento.
Cuando el aguijón me ataca, todas las cosas se derriten como cera bajo flama, con gruesos goterones de materia y un burbujeo crepitante, prueba de su combustión. Mis fosas se atascaron con el hedor a huevo revuelto que salía de mi boca, de mis poros. Pronto entré a ese espacio sordo y presurizado,  anuncio del último ataque antes de quedar libre de todo mal. Así, contemplé el escurrir alucinado de los objetos, mientras vomitaba sin esfuerzo ni sensación de asco.
Escaldado de la lengua, mordiéndola, trapeé mis jugos gástricos y apachurré los trocitos de carne blanca que aún se movían.  Procuré aromar el aire con un incienso de coco. Luego me lavé los dientes y salí a caminar por el vecindario.
El amarillo aún teñía algunas cosas, o mejor dicho, teñía la justa mitad de mi campo de visón, la parte baja, como un charco residual de orina o una mancha de humedad entre dos hojas transparentes. El hedor era ya el golpe fragante a copal que exhalo siempre que paso por uno de esos trances. Comencé a trotar. Sabía de la inevitable llegada de un júbilo exacerbado, como siguiente síntoma del malestar. Había un recodo entre dos casas escondidas al fondo de uno de los caminos cercanos que iban a dar al disecado lecho de un río, margen del vecindario idílico, sembrado de árboles altísimos y matorrales de hojas carnosas, al que Denise me había llevado alguna noche para fumarnos un porro y caminar entre la espesura. Ahí quería llegar antes de que el acceso de gritos y aullidos me hiciera su presa.  Entré a la vereda un minuto antes de la explosión. Todavía pude asombrarme de lo distinto que era el sitio a aquellas horas del mediodía, despojado de su latir nocturno, como si se tratase de dos planetas distintos. Me abalancé contra el tronco de un fresno y lo abracé con todas mis fuerzas. Grité y seguí gritando y grité y seguí gritando.
Tardé un ratito en saber que iba sentado en el auto de Denise, con Denise manejado y diciéndome Otra de tus pesadillas, como si dijera Son las cuatro y media de la tarde y mira el tráfico que hay, nunca vamos a llegar a tiempo, o nunca llegaremos a ningún lugar, o, simplemente, no nos movemos y el calor es insoportable. Y decir también:
Asientos de mierda, pantaletas, cigarros, hermosura, piel,
elasticidad, juventud, llaves, casa, zapatos, sopa de arroz,
agüita de limón, primeros auxilios, madre, loca, hermana,
chingada, nunca más, óyelo, nunca más, insoportable,
vestido, dinero, está loca si cree que me voy a quedar con
los brazos cruzados, si cree, silencio, si se piensa, nada,
si por algún motivo

No sé si me guste tanto olvido entre nosotros. Ella parece quererme y, por lo que me entero, yo la quiero a ella de manera muy especial. Soy, dice la vocecita, algo muy importante en su vida. Parece provocarme sólo cosas buenas o cosas calientes o ambas y yo siento que todo está bien cuando ella es Denise conduciendo el auto y la escucho decir cosas que a nadie importan, con la pasión distendida de las confesiones terminales o los grandes discursos, porque Denise es, ante todo, palabras, voz que no cesa de formular y nombrar y conjurar estupideces, incontinente, como forma primera de marcar su espacio vital en el mundo, como si las palabras se le hicieran hojas girando en torno a su voz que es un alambre de púas, a veces, un listón de seda, a veces, un cordel de estambre, a veces más, y uno tuviera que retirarse, hacerse a un lado, previniendo el embate del tornado protector que aleja y esconde a Denise y eso mismo, dice la vocecita, me atrae, me la presenta loca y divertida como si dijera guapa y millonaria, porque la veo y me gusta lo que veo en su cara y sus gestos y su cuerpo y sus maneras, pero también sé (o presiento) que me puede gustar menos que muchas otras que me han gustado tanto, aunque Denise y su cabellera de esponja marina se ve tan bien a contraluz esta tarde a la que reclama no sé cuántas cosas acerca de la vida, su vida pequeñita para la que soy tan importante, como si la tarde –que degrada al negro en tantos grises–   lastimara a alguien con su belleza o inundara el mundo con frases tan trilladas.
La imposibilidad de nuestra historia reside en la mutua negativa a caminar las bien pavimentadas calles del cliché:
Recibí muchas llamadas ese día, pero no respondí a ninguna. No supe que él había sido uno de tantos. Teníamos mucho tiempo sin vernos y, la verdad, yo ya no quería verlo otra vez. De sólo recordar el último invierno juntos se me congelaba el pecho. Nunca he vivido nada peor. Todo cambió para mí desde entonces. Aquella casa me representaba  el arquetipo de la zozobra, y él era esa casa, sus ojos eran esas ventanas por las que nunca entraba el sol y su aspecto era el de aquel  oscuro pasillo ineludible, de una habitación desolada a otra igual, en el que tantas veces sentí miedo y me eché a llorar. Hasta el mismo olor a axila y tierra húmeda, perenne.
Después de aquello nos volvimos a ver muchas veces, manteníamos los mismos amigos (o como se le pueda llamar a toda esa gente) y yo tardé casi dos en abandonar el rumbo. Fue curioso, porque recién nos separamos y ambos nos veíamos con gusto, como si todo el daño desapareciera de repente, por el simple hecho de no vernos la cara todo el día todos los días, y sólo cosas buenas  quedaran entre nosotros.
Ahora que lo digo he sentido un nudo en la garganta. Espera.
Al pasar el tiempo, fui resintiendo lo profundo de las heridas que dejó. Me despertaba por las noches sintiendo su presencia y, muchas veces, sus frases llenas de odio irrumpían en mi cabeza, a media charla con alguien más o estando a solas en mi departamento, con nitidez electrizante. Entré en una depresión mortal y creí volverme loca. Etcétera.
Ahora decido el color de los ojos de Denise que se prueba un lente de color distinto en cada uno, verde y violeta, azul y miel, y Así no puedo, le digo, amarillo y blanco, terrorífico, y la muchacha que nos atiende se ríe, y dice que Los verdes siempre se ven muy bien, y no sé por qué encuentro una clase de vulgaridad risible que me aleja de la situación y me da cuenta de  Denise en shorts y ojos bicolores, y una morenita de sonrisa fantástica, yo entre las dos, sonriendo también, tarde luminosa, en un sitio donde todos los que pasean son extras de películas entrañables y Denise dice que me veo más guapo si se pone los azules y que me veo más viejo si se pone los castaños y que parezco nórdico si se pone los violáceos y que le gustaría que me llamara Olaf y fuera dueño de varios perros flacos, perros altos, de pelo largo, ¿cómo se llaman?, perros lindos de gente adinerada que parecen muñequitas, que fuera dueño de tres y saliera a pasearlos por un bosquecito todos los días, con mi aspecto pensativo que tanto le atraería desde una banca del prado al que ella iba a leer, y claro que ya me habría dado cuenta, inducido en más de una forma a solicitar acceso, pero me escondía tras mis perros y fingía que no veía a quien me veía con ojos que hacían ver los míos de un transparente esmeralda, hasta que un día, por cualquier cosa, nos encontramos en una tienda de esas  y ella diría algo así como Te ves más alto sin tus perritos o algo así como ¿Dónde dejaste a las niñas? o algo así y yo mostraría sorpresa ante la bella irrupción y diría algo así como ¿Disculpa?  o ¿Es a mí? o ¿Ah? y tú dirías tu nombre y yo diría Olaf.
Pensé en mi escritura, en lo mucho que aún tenía que aprender. Uno toma cosas de la vida e intenta hacerlas parecer extrañas por medio de las letras, intenta profundizar en donde no hay nada y divertirse con lo más manido de la historia. Aproveché que Denise se entretenía viendo todo nuevo con sus ojos violetas y marqué el 912 15 23 desde un teléfono público junto a los baños del centro comercial.
-          ¿Bueno?
Colgué, asustado. Esa voz no era en absoluto la que supuestamente debería de contestar. Esa voz tenía otro sexo y parecía llegar desde un sitio tan grande como vacío. Era la voz de alguien que no sabía nada de lo que yo sabía de esa otra voz que no me contestó y que ahora dudaba en recordar bien, como si todo el tiempo hubiera marcado un número que sólo me había gustado por cómo sonaba al nombrar  la secuencia numérica nuevedoce quince veintitrés sin que supiera a dónde o a quién podría pertenecer y como si la voz que suponía debía de contestarme se hubiera introducido en mi cabeza por obra de alguna enfermedad mental en proceso o por la ilusión de escuchar nuevamente a alguien que hace mucho no escuchaba, un viejo amor, un lejano hermano, una referencia de mi existencia antes de todo esto.
(Una bala en la frente mientras da uno de sus discursos –una de esas tonterías retóricas que luego aplauden como tarados todos los tarados que siempre llenan esas congregaciones. Aunque lo que me gustaría más sería matarlo con saña, verlo de cerca, a los ojos, y hacerle saber el listado pormenorizado de razones por las que el castigo no cesaría hasta el último espasmo;  ver al hombre poderoso hecho una piltrafa ululante, un amasijo de quejas y lloros)
¿Cómo podría saber quién era yo en realidad?
Mi celular timbró con el sonsonete del canon de Pachelbel. 912 15 23 llamando. Denise hablando en sueco con una pareja de adolescentes vestidos completamente de negro. La tarde sin orillas, desparramando luz como agua tibia. Contesté:
-          ¿Bueno?
-          Tienes que hacerlo hoy por la noche – dijo la voz.
-          Sí – contesté y noté el cambio en mi piel y en mi estatura.


 

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