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El Sebo (teoría y praxis de la Novela en tres minutos)

1



Tope. Vuelta. Tope. Estación Tus Ojos.

No mames. Imagínate comenzar tu Novela así: Tope. Vuelta. Tope. Estación Tus Ojos.

Jua jua jua jua…

Qué mamada.





2



Podía tocarse el hombro con las rodillas. Parado, es decir. Haciendo ejercicio tipo aerobics. Todavía podía hacerlo sin esforzarse en realidad. Pero ya no aguantaba tantas. Ahorita lo está haciendo nomás porque algo tiene que hacer. No puede Ser si no Hace.

En una novela, digo.





3



Lo más extraño era su rostro: muerto así como estaba, parecía a punto de decir algo. La forma en que sus labios se unían y apretaban hacia delante, los ojos entrecerrados, el cuello tenso y algo que sólo puede ser descrito como intención en toda la actitud del cuerpo tendido diagonalmente sobre el colchón, indicaba que murió en el justo momento de querer emitir una opinión. Y parece que estaba defendiendo lo indefendible, a punto de opinar una tontería. No. Una excusa. Eso. Lo más extraño era que parecía haber muerto en el justo momento de estar excusándose de algo de lo que, evidentemente, era culpable.

Pf.

No.





4



No sé. Un padre violento y una madre ausente. O que fue testigo de algo que lo traumó forever.

Parece que las soluciones siempre aparecen por casualidad.

Digamos que este es el capítulo prescindible.





5



Por fin aparece. Es un carácter bien definido. Coqueteándole al cliché, podríamos decir. Habrá que torcerlo, por supuesto. Es ahí donde está el arte

Pffffffffffffff





6



El auto simplemente paró. El tanque vacío la adelantó hasta un par de kilómetros de sus perseguidores. Ni siquiera peleó con el encendido del auto. Bajó, corrió y corrió y corrió. Durante todo el camino fue despidiendo el hedor nauseabundo del pánico, boqueando. No sé si rubia o con tacones o si cargaba algún maletín. O sí sabía algo que le interesara a quienes la seguían. Sólo sé eso, que la perseguían. Y que corría.





7




Úrsula.

Úrsula se quitó la pañoleta de flores amarillas para dejar ver los estragos en su cabellera. Sobre su frente cayó un mechón sedoso, pesado, de un negro que reflejaba la luz como sobre agua oscura; algo hermoso por sí mismo. Pero su efecto era terrible sobre la devastación de las partes superior y posterior del cráneo, en los que se levantaba una especie de humareda congelada en castaño; una pelusa imposible, que más parecía acumulación de polvo y filamentos, dejando visible al cuero rosáceo y diagramado por la lividez de cientos de minúsculas venas.

Giró lentamente, parada frente a la ventana, y todavía extendió un poco los brazos y sonrió, mostrando la magnitud del desastre de manera más amplia, levantando también un poco la barbilla y bajándola luego, para que el mechón fuera un péndulo, un animal fantástico, un ente maligno, un añadido fuera de toda lógica, mientras ella murmuraba una canción inventada en ese justo momento. Una canción más melancólica que alegre. Una tonada, a pesar de todo, familiar.

Se detuvo por fin y su sonrisa devino gesto.

Viéndola así, de frente, no podrías creerlo.





8




A Bobby le gustaban las malteadas de chocolate, los cigarrillos Lucky, los filetes término medio y las lociones agua marina. Papá y mamá le permitían todo. Llevó a vivir a la casa a un grupo de rebeldes igual que él, seis o siete, no recuerdo. Escuchaban rockabilly, rompían muebles, bailaban con mujeres invisibles y tomaban el auto de papá para ir a comprar un whisky barato que ponderaban como lo mejor. Bobby era el peor de todos. Su tatuaje en el hombro era un corazón con dos gotas escurriendo, atravesado por una flecha, con el nombre de su primera novia, Mabel, en letra manuscrita. El corazón representaba su definitivo rompimiento. Ahora Mabel era novia de uno de esos seis o siete, y también lo fue de algunos otros antes de Bobby. Una chica fácil. Pero Bobby se había enamorado de ella en realidad y ahora vagaba por el mundo recordándola. Él comenzaba, siempre, todas las peleas / Y era culpable, siempre, de todos los cargos. No era buen peleador. Ni su estatura o complexión eran atemorizantes. Ni siquiera se llamaba Bobby. Pero así era como le decían todos. Incluyendo a papá y mamá. Y él era el peor. Porque tenía roto el corazón.





9




- ¿Cómo podrías saberlo?
- Es fácil –respondió Luther, tocándole la cabeza cubierta con la pañoleta-, tienes las marcas de El Sebo.

Bobby sufrió un escalofrío al escucharlo. Se le oprimió el pecho, asfixiándose, y estuvo a punto de abrir la puerta del closet para ser descubierto. “¡Úrsula es el diablo!”, pensó, conteniendo apenas su gemido.





10




Devastación. La ciudad como un carbón extinguiéndose. Se escucha el crepitar, la caída o el viento cargado de veneno, todo envuelto en esa frecuencia baja, esa bolsa dura y rota que llaman silencio.





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Bobby pensó que lo más extraño era su rostro: muerta así como estaba, parecía a punto de decir algo. La forma en que sus labios se unían y apretaban hacia delante, los ojos entrecerrados, el cuello tenso y algo que sólo puede ser descrito como intención en toda la actitud del cuerpo tendido diagonalmente sobre el colchón, indicaba que había muerto en el justo momento de querer hablar. Al parecer, una excusa. Eso. Lo más extraño era que parecía haber muerto en el justo momento de estar excusándose de algo de lo que, evidentemente, era culpable.



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