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El nombre que mata




El nombre que mata salió disparado de tu garganta, explotó en tu boca y en un segundo partió en dos al aire, al muro de tu casa, la tranquilidad del vecindario, con sus letras en combustión, dejándote seca por dentro, rotos los labios.
Lo presentí, sentado en mi recámara, antes de que su vibración tomara por asalto a la ciudad. Algo en la luz cambió, algo en mi sangre tornose pesado y lento. Todo cuanto fue tocado por el nombre se perdió en la sombra, cayó al suelo, dejó. La perpendicular de su destino trazó un raíl de minúsculos cadáveres y objetos repentinamente envejecidos; una suerte de rastro apenas perceptible, como dejado por un trépano invisible y veloz.
Supe lo que habías hecho (que lo habías hecho) y pude verte consumida en cenizas, desapareciendo milímetro a milímetro, desde dentro. Ni siquiera intenté escapar; ambos sabíamos que una vez liberado, una vez dicho, su final era el nuestro. Y sentí miedo; dejé de ver y oír, como encerrado de pronto en una cápsula de compresión. Luego, me abandoné sin defensas. Pensé en los distintos colores de tu cabello, en el gesto de tu rostro, y asentí gravemente, comprendiéndolo todo. Un último y profundo suspiro, mirando nada, con la mueca del que sabe que ya nada más habrá de saber, repentinamente iluminado.

Aquí viene ya.

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Tal cual

Yo soy el marihuano que te lleva serenata,
Acompañado de borrachos,
Policías
Y un coro de ranas,
A las cinco de la tarde
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Con los ojos vendados,
En traje de astronauta.

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A la estación cumbanchera
Y pide esa cancioncita
Que te alegra la mañana.

Me gusta
Que te guste
Lo que busco;
Me busca
Que te encuentre
Y haga bizcos.
Me visto
Que te pones
Lo que uso;
Me uso
Que te pase
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Sin pies.
Sin cogito, sin sum, sin ergo,
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Soy el malagradecido
Hijo de puta
Bastardo y cariñoso,
Tonto y orgulloso,
Limpio y apestoso,
Que siempre te da las gracias.

El respetuoso,
El c…

Fernando Paredes

Epítetos, poesías, pituitarias

2007-02-26






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Corazón,


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