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Todos fuimos Hugo Sánchez (I)


    



 Los miércoles descanso. El resto de la semana me pongo los pantalones y los calcetines verdes perico y la playera amarillo mango manila; espero a que Don Carmelo llegue con sus quince cabellos despeinados como patas de araña vieja, de Che Araña bailando tango sobre la brillante pista de su cráneo asoleado, salpicado de pecas-lunares; veo cómo, otra vez, se esculca en todas y cada una de las bolsas de su ropa, buscando el llavero en forma de sirena, el de la llave de la puerta, la cuadradita, la que abre así, cric-cric-crac. Entonces don Carmelo llega despeinado, sale del auto cargando las bolsas con naranjas, jitomates, cilantro, cebollas, limones, servilletas, llega y tengo que ayudarle con el bolserío y quedarme así, cargando el montón, mientras él busca en su chamarra, en las de su playera, en las de su pantalón, abre la bolsita en la que siempre carga calculadora y notas de remisión; nada, ahí tampoco nunca hay nada; don Carmelo comienza a bufar, no está molesto, sólo bufa. Porque con tremenda panza, calvo, desmañanado y en busca de su sempiternas llaves, las de la sirena de madera que dice Mazatlán, y yo lo veo y le digo que están pegadas en la cajuela, y eso es evidente porque la cajuela está abierta, siempre está abierta, y se puede ver el manojo de llaves pegadas en la cerradura, colgando, con la sirenita bailando en el acantilado. Entonces, cric-cric-crac.

Entonces cric-cric-crac. Llega la seño Malu cuando yo ya estoy juntando montoncitos de basura, los junto y los echo en el recogedor, los junto con la escoba y la seño Malu me dice buenos días, buenos días seño Malu, buenos días don Carmelo, buenos seño Malu, porque don Carmelo ya pica papas, puso a hervir agua, despepita los chiles, saca jugo de las piedras, desflema cebollas y garganta, pone sal, todo al mismo tiempo, con sus quince cabellos grises y largos danzando la danza de los siete velos mientras yo junto montoncitos de polvo, papelitos, cenizas, colillas. Seño Malu ya se puso el delantal y la cofia verde perico con vivos en mango manila, hace todo lo que hacía don Carmelo, pero seño Malu lo hace bien, le queda sabroso. Y así somos tres: Don Carmelo es el dueño de Hamburguesas La Curvita, seño Malu es su cocinera y yo soy vicepresidente corporativo de la empresa en funciones de mesero.

La Curvita se llama así porque se halla justo en el reborde de una curva callejera; ahí está, con su fachada verde perico y su interior mango manila; con sus mesas verde perico y sus sillas mango manila; con su baño con lavabo verde perico y escusado mango manila. Ahí está, luego-luego se ve, ni modo que no.

Cuando ya no hay más montoncitos que juntar, entonces dejo la escoba y paso un trapo húmedo por las mesas, por las sillas, por las vitrinas que al rato van estar sudorosas del vapor de los guisos de seño Malu, porque lo de las hamburguesas es sólo la especialidad, también servimos tacos, tortas, platos de deshebrada, chicharrón verde (a veces perico, a veces no), chicharrón rojo, papas guisadas, huevos revueltos, frijoles, nopales, arroz, flan napolitano, chongos zamoranos y café, todo caliente, soltando vapor, por eso de una vez paso el trapo y luego lo paso por los cristales del refrigerador y don Carmelo abre la caja registradora, quedándose así, sentado en el banquito negro, con la panza tocando la parte delantera de la caja, hasta que sea hora de cerrar, cuando vuelva a buscar a la sirena mazatleca – está vez encontrándola inmediatamente en el cajón de las llaves (¡ah!) – y seño Malu me diga buenas noches, buenas noches seño Malu, buenas noches Don Carmelo, buenas seño Malu, porque don Carmelo ya estará dando vuelta a la llave cuadrada y cerrará así crac-cric-cric.

Así: crac-cric-cric. En el camión de regreso siempre me toca el aplastadero, el arrimadero, la cámara de gases, el sudor obrero, la menstruación secretarial, los efluvios secundarinos, los hedores senectos, ni dónde sentarse, y mejor así, al que se sienta le toca su embarrada de virote, su dosis de entrepierna húmeda, su calzoneada. Algo pasa: la gente no se inmuta, la mayoría ni siquiera abre las ventanillas, las cierran, quieren ir calientitos, tibios-tibios.

Entonces me bajo del camión y camino dos cuadras, tres a veces, depende del hornazo. Camino y llego, me meto al cuarto, me quito los pantalones, los calcetines y la playera, dejo pedazos de perico desplumado y cáscaras de mango por el suelo de mi cuarto. Me meto a bañar, me tallo, salgo con toalla sujeta a la cintura, me tiro sobre la cama, busco el control remoto y enciendo la tele, las noticias. El cabello me escurre agua, gotas que a veces llegan a mis labios, y bebo, saben a jabón. Nunca sé de qué hablan en las noticias. Sí sé, pero no entiendo. Sí entiendo, pero no comprendo. Hay que estar informado, tener opiniones políticas, saber a cómo está el dólar, estar a favor o en contra de cualquier cosa, ser un ciudadano. Luego me quito la toalla y me pongo los pants verdes (botella, nada que ver) y abro la cajita de porcelana, la cajita china, (la que fue de mi abuela, en la que mi abuela guardaba nunca he sabido qué, yo nomás la agarré el día que fui a verla y vi cómo era estar muerto, la agarré de su tocador con luna redonda y estaba vacía, blanca y fría, besé la frente de mi abuela y guardé la cajita en mi pantalón), y saco una pastilla, una pastilla rosa. Me como la pastilla, la muerdo porque no sabe mal, sabe como a tierra con pedacitos de mineral, como a tierra de mina, como a suela de minero, no sabe mal. Me la como y cinco minutos después vuelo.

Están buenas las pastillas éstas. Se las compro a Joaquincito, el hijo pintor de Don Carmelo; pintor de pincel y modelo, de los que hacen cuadros, pintor de los que se dicen artistas, el marihuano de Joaquincito; y no es que yo diga que todos los artistas – y sobre todo los pintores – sean marihuanos (el tipo más marihuano que conozco es dentista, le arregló las muelas a mi papá),  pero Joaquincito sí es muy marihuano. Cuando fui a una exposición de las suyas vi que además de marihuano es muy mal pintor. Pero bueno, cada quien. Los que estaban ahí decían que las pinturas estaban conceptualmente ligadas a los movimientos de vanguardia y reflejaban la búsqueda de un lenguaje propio sin abandonar los lineamientos de los últimos buceadores de la expresión humana o algo así decían, pero creo que también había mucho marihuano por ahí o tal vez habían masticado pastillas rosas, de las que vende Joaquincito y sólo soltaban palabras sin pensar realmente en lo que decían y así decían todo aquello que yo nomás no atinaba, no encontraba en dónde podría estar todo lo que veían en esos cuadros, ni cuando me comí yo una pastilla pude saber. Así que me comí una pastilla, la primera, en esa exposición. Joaquincito me la dio y me echó todo un sermón acerca de las posibilidades creativas y re-creativas de tan singular chocho; me lo comí y vi los cuadros más feos de mi vida.
Al otro día ya no me las quiso regalar, me dijo que costaban veinte pesos cada una, mi chavo.

Entonces abro mi cajita de porcelana y me como una pastilla. Tengo un disco que me gusta para cuando mastico pastillas rosas, uno con la portada totalmente blanca, con treinta canciones, uno de los Beatles, el que trae la de Long, long, long. Me gusta escuchar esa canción mientras mastico la pastilla y siento cómo aún no termino de secarme, la espalda pegada con agua en la sábana, lo arrugado que se ponen los dedos de mis pies, los Beatles tocan y a mí me gusta sentir cómo mi cabeza se pone pesada y el aire se pone pesado y los huesos se ponen pesados y los ojos ya no ven lo que deberían ver porque para ese entonces los ojos ven para adentro, para el lado equivocado, y  me gusta ponerme a pensar en lo que siento y sentir lo que pienso, porque pienso que no se puede estar así a todas horas, con una pastilla rosa en la sangre, y es una lástima, porque mientras el día no termina de acabarse y el uniforme y las mesas y los montoncitos de basura se acumulan silenciosamente en los rincones de siempre, no hay tiempo para pensar, no hay tiempo para ponerse un pants y tirarse a escuchar Long, long, long, no hay tiempo ni ganas, porque las ganas son también importantes. Por ejemplo: uno no siente ganas de levantarse los jueves y los viernes y los sábados y los domingos y los lunes y los martes y ponerse los pantalones verde perico y treparse a un camión atascado y ver a Don Carmelo buscarse las llaves y decirle buenos días a seño Malu y barrer y dar un trapazo y recoger platos y trapear lo que se ha caído y hacer cuentas y recibir quejas de una mesa y a veces estar nomás ahí, así, con cara de menso, ni siquiera moscas que ahuyentar, ni un papelito que barrer, ni un cliente y sus tres pesos de propina. ¿Cómo alguien va a tener ganas de hacer eso? Entonces me pongo a pensar en cómo es que todavía ando uniformándome y atendiendo mesas, cómo es que no he podido salir de eso. Porque, veamos, no está malo eso de ser mesero, se gana bien, no tengo ningún gusto caro. Pero también está malo eso de ser mesero cuando se puede ser cualquier otra cosa. Yo podría ser pintor como Joaquincito. Pero tal vez yo sería mejor pintor, porque a Joaquincito lo mantiene don Carmelo; lo del negocio de las pastillas sólo sirve para que él pueda pagar las que consume y así se pone a pintar, hacer eso que luego dicen que no se qué, no se cuánto, los otros comedores de pastillas, artistas todos y yo no tengo amigos de esos que cuando ven un cuadro mal pintado, feo, mal hecho, digan que se puede percibir un halo de pureza en las líneas y una asombrosa profundidad expresiva en la composición; entonces yo pintaría bien aunque nadie dijera nada de nada. Algo pasa: mientras tengo dinero en la cartera el mundo se detiene de una forma tediosa, ya sé en lo que se va a gastar, lo que tengo que pagar, lo que falta en la despensa o en el ropero o en la cajita de porcelana y así no tiene chiste, el dinero se va siempre por los mismos conductos y deja de tener sentido lo de la oferta y la demanda y cuando no tengo un clavo es al revés, las cosas se mueven desparpajadas, sin mapa, sin saber qué pasará o a quién se recurrirá, sin importar siquiera eso, porque al no tener ni lo del regreso no importa a dónde se vaya ni con quién se vaya ni lo que se vaya, al cabo uno no paga. Y esos pensamientos son los que, caigo en la cuenta, hacen que siga uniformándome sin importar que pudiera no hacerlo, porque a fin de cuentas no pretendo más que poder llegar a mi cuarto y bañarme, tallarme, tener algo en la cajita de mi abuela y poder escuchar Long, long, long mientras termino de secarme.

Termino de secarme sin darme cuenta, me quedo dormido, me voy y no vuelvo hasta al otro día. A veces es miércoles, pero por lo común es cualquier otro día.


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