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Obsoleto






Obsoleto. La palabra brinca para indicar el punto exacto en mi cassetera. Obsoleto suena a boleto para el concierto de antier. Obsoleto suena a panfleto comunista, a pañal de tela, a panal sin cera, a himno checoslovaco. Obsoleto suena bien; suena a secundaria, maquinitas y rocanrol. 

Lo obsoleto es necesario para volver a creer… en lo que sea.
 

Escuchar un cassette es obsoletamente indispensable para recordar que antes fuimos otros que no esperaban nada de este que ahora somos, de esto. (Escuchar un LP es aun más antropológicamente obsoleto. Es hacer en el año 2005 lo mismo que hizo quien sea en el 1905, con idéntica intención de sentarse a escuchar lo que fuera).
 

Un cassette puede ser crisálida seca, cofre secreto, memoria fresca, compañero del alma, caída recurrente, cronista de recuerdos, soundtrack del sueño aquel de seguir soñando. Presionar stop/eject, la tapita se desliza, introducir la cinta, cerrar la tapita, apachurrar el play, escuchar la canción a media frase, en medio del requinto reconocible al instante y saber que ésa no es la que queremos escuchar AHORA, apretar el FF, contar hasta diecisiete, otra vez play, escuchar que aun nos falta canción tres cuartos para llegar a esa que es tan drogadictamente necesaria escuchar AHORA, FF, contar hasta veintiuno, play, ya llegamos pero nos pasamos por dos estrofas, meter REW, play de nuez, y… ¡já!, en el meritito fade off. Ahora sí, AHORA SÍ…
Obsoleta adicción de retroceder el tiempo.

Pero los oídos recogen (todo el tiempo) cosas innecesarias. Y así como escuchar porquerías es totalmente evitable, decirlas es completamente gozoso. Porque el sonido que más escuchamos en la vida es el de nuestra propia voz. Y ahí las traiciones son rutinarias: si el que fuimos antes nos escuchara hablar ahora, lo más seguro fuera que ese pasado se levantara cuchillo en mano con todita la intención de cortarnos la garganta; y si el que seremos dentro de algunos mañanas pudiera oír esto que estamos diciendo ahora, lo más probable es que se sintiera un poco tristón por haber perdido tan confortable suficiencia. ¿Cuánta mierda es dulce de cajeta en boca propia? ¿Quién escupió más caca sobre nuestras tardes en calma? ¿Quién defecó tantos epítetos y sentencias lapidarias nomás para venir a zurrarnos la existencia? ¿Por qué es tan satisfactorio hacer cagada a una persona a base de sonoros sujeto, verbo y predicado?


Porque si hay algo a lo que haga falta una continua atención quirúrgica eso son las trompas de Eustaquio que no pueden ser tan selectivas como las de Falopio en lo que entrar en ellas puede. Porque no hay nada que pese, duela y atormente más que la frase aquella que tanto nos dolió, pesó y atormentó escuchar hace tantos años, ayer, ésta mañana, AHORA. De palabras se vale el pensamiento para alfilerarnos cual chinches mariposas, para escupirnos cual gargajo chocolatoso en la calle transitada por demonios. Los mismos que viven en la boca, justo en la garganta y que se afanan en tensar las cuerdas vocales al compás de una deyección impostergable.


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Sin cogito, sin sum, sin ergo,
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En las faldas
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Soy el malagradecido
Hijo de puta
Bastardo y cariñoso,
Tonto y orgulloso,
Limpio y apestoso,
Que siempre te da las gracias.

El respetuoso,
El c…

Fernando Paredes

Epítetos, poesías, pituitarias

2007-02-26






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