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Rescatando al Pablo





- ¡Salud! – brindé por décima vez levantando mi vaso hacia el póster de Salma y tragué el último residuo de mezcal. El aguardiente ya no quemaba; pasó como agüita directo al torrente sanguíneo, dejando un regusto a carne y raíz en el paladar. Un sábado recién nacido se asomaba negro por la ventana de la cocina, a varias horas de llegar el sol. ¿Qué era lo que sonaba en la radio? ¿Y cómo era posible que sonara si yo no tenía radio? El sonsonete llegaba de alguna de las casas vecinas; una voz plañidera, guitarras, tal vez un acordeón. Odiaba las rancheras. Busqué un cigarrillo en la cajetilla. Nada. Eso estaba muy mal. Muy muy muy mal. Metí los dedos al cenicero y rescaté tres colillas arrugadas. A lo mucho alcanzaría para media docena de caladas. Las yemas quedaron pestilentes; chupé hasta limpiarlas de ceniza. Prendí la primera colilla y solté un grito de dolor. Me quemé la punta de la nariz. Un olor a bigote chamuscado, su sonido, confirmó mi idiotez. El dolor explotó. Rápido mojé una servilleta en el fregadero y hasta entonces tomé conciencia de lo patético de mi situación. Estuve a punto de llorar, pero una vez más me ganó la risa. Apachurré la servilleta contra mis labios.

El sábado era ya un adulto deprimido para cuando desperté. Quise hacerle segunda, pero el ardor del labio no lo permitió. Sabía a sangre y dolía como el carajo. En el espejo del baño comprobé una vez más que la lengua siempre lo exagera todo; la hinchazón que sentía era apenas un rozón colorado. Lo del bigote sí era notorio, tres cuartos del lado izquierdo estaban achicharrados. Apestaba. No tenía rastrillo y la cosa estaba así: o rastrillo o cervezas para la cruda. Lo sopesé un par de minutos.

- Cuatro oscuras y un clamato, don – dije entregándole el monto exacto a don Carón, mi abarrotero de confianza. Se me quedó viendo a la zona del bigote pero no hizo ningún comentario. Así es él, silencioso e indiferente.

Salí muy contento de la tiendita, con mis cervezas tintineando, y de inmediato reconocí a Felipe que venía en dirección contraria dentro de su auto. Quise ocultarme, dar media vuelta, amarrarme las cintas de mis huaraches sin cintas, pasar de largo; pero él frenó, tocó el claxon, me saludó.

- Quihubo cabrón, qué pedo, a dónde tan solito.
- Qué pachó, culei. A mi casa, ¿tú?
- Súbete.
- No. Estoy cerquitas, gracias.
- Tú súbete.

¿Por qué siempre termino haciendo lo contrario a lo que deseo? Es un defecto insoportable, una absoluta falta de personalidad. Yo sabía que Felipe no iba a darle para mi casa; sabía además que lo último que se me antojaba era soportar la existencia de Felipe; sabía que si me trepaba, fuera como fuera, me la pasaría mal.

Arrancó y destapé dos cervezas.

- Jarjarjar. ¿Te quemaste el bigote?

Después de explicarle el cómo y escuchar una anécdota en dónde él no sólo se quemó el bigote sino la barba entera (“Desde entonces ando siempre rasurado porque me sale chueca”), nos detuvimos a comprar dos six de cervezas y cigarros. Yo no podía beber de la botella sin sentir molestia y pedí un popote.

- ¿A dónde vamos? – le pregunté cuando arrancamos nuevamente.
- ¡A rescatar al Pablo! – contestó Felipe levantado el puño en señal de fuerza.
- Ja, esa estuvo buena. ¿Vamos a visitarlo?
- Ni madres, ¡vamos a sacarlo de ahí! Nomás pasamos por Bety, tú nos vas a ayudar.

No bromeaba. El semáforo se puso en rojo y en ese instante quise salir del auto, pintarle dedo a Felipe y dejar al Pablo cumplir su estancia en el psiquiátrico. Después de las golpizas que le propinó a su madre, un par de meses en el maniquiur eran poca cosa. Bety era su novia y estaba igual de chiflada. Ambos fumaban base como chimeneas industriales, pero el Pablo había terminado por reventar antes que ella. Bety era un monstruo; a su lado Pablo parecía niño de teta, no obstante su metro ochenta de estatura, sus más de cien kilos y esa cara de sapo tasajeado, empedrado por el acné. Ella era más alta, más gorda y más fea.

Me vi saliendo del auto, caminando rumbo oriente, fumando un cigarro, silbando, y mientras me veía, el semáforo cambió a verde.

- Mira cabrón – le dije a Felipe-, estás pendejo. Yo no voy a sacar a nadie, ando crudísimo. Además, el Pablito necesita estar guardado...
- No seas puto. ¿A poco vas a dejar que a tu amigo lo tengan todo jodido en ese lugar de mierda?
- Ya estaba jodido de todos modos, en donde fuera...
- ¿Pero es que no sabes cómo los tratan ahí? Les dan de madrazos, los dejan sin tragar, los ponen en cuclillas durante noches enteras. Si tú fueras el enjaulado, Pablo sería el primero en querer sacarte de ahí.
- Esa es una mamada.

Felipe dio el volantazo y frenó violentamente a un lado de la avenida. Casi me trago el popote y comencé a dar de toses. En medio del espasmo vi a Felipe señalarme una y otra vez con el dedo, esperando a que se me pasara la tos para reprenderme. Pero el ahogo creció y comencé a boquear desesperado. Entonces Felipe bajó del auto y en dos segundos me sacó a horcajadas. Me sostuvo un rato así, repitiendo la palabra respira, hasta que lo hice, trabajosa pero definitivamente.

- Te acabo de salvar la vida, cabrón – pronunció heroicamente -. Ahora tú me vas a ayudar a salvar la del Pablo.
- Vete a la chingada – dije, sintiendo que cada letra me rasgaba la garganta.

Camino a la casa de Bety, Felipe me detalló el plan: “Bety llega a la clínica, pide ver al Pablo, le informan que ya no es hora de visita, se pone colérica, grita, menta madres, le da un chingadazo al guardia, se arma la trifulca, llegan más culeros, confusión, desmadre, tirar a la Bety está difícil, entonces yo aprovecho y brinco la reja, me meto hasta donde está el Pablo, le doy la sorpresota, tú nos esperas en el auto y ya estás que te vas rumbo a Tepa en cuanto nos trepemos de nuevo. Lixto”.

- ¿En serio, ese es tu plan?
- Simple, directo y rápido.
- Es una pendejada. ¿Qué va a pasar con Bety?
- Eso es lo que vamos a discutir ahorita.

Una tontería de las grandes y yo seguí el juego sabiendo que de juego sólo tenía lo superficial. Era claro que cometeríamos un delito del que no nos libraría el pago de una multa administrativa o la noche de rigor enjaulados. Yo tenía un trabajo, una casa y una llamada pendiente que hacer a la morena de relaciones públicas. Estaba de vacaciones y hasta ese día había cumplido mi promesa de no ver a ninguno de mis amigos, a ningún familiar, a nadie que no fuera don Carón y sus cigarros y cervezas. Pero, la verdad, me sedujo la idea de liberar al Pablo, aun con lo tarado de la situación. Era un buen amigo. Atascado hasta la chingada, pero un buen amigo. Cuando Felipe me preguntó disgustado que si a mí se me ocurría un plan mejor, le dije que sí, que mejor yo me brincaba, que estaba más flaco y era más rápido, nomás dime en qué zona está el Pablito, cuál es su número de habitación.

- Los tienen a todos guardados en un bodegón, amontonados en unas camas pinchurrientas, al fondo del patio.
- Pero ha de estar cerrado con llave.
- Sí, es muy probable.
- Supongo que debo tirarla a patadas.
- Como sea.

Felipe marcó desde su celular y nadie contestó su llamada. Maldijo una vez. Volvió a marcar y lo mismo.

- ¡Maldita gorda!
- Ya se echó pa’tras.
- ¡Ella fue quien planeó todo!
- Con razón... ¿Y cómo que todo? Si no me hubieras encontrado no tendrían quien los esperara en el auto.
- Te encontré porque te estaba buscando. Me iba a estacionar para llegar a tu casa.

Me disgustó que diera por hecho el que yo aceptaría. Otra vez me reprendí por anodino. Entonces sonó su celular. “¡Dónde andas!... ¿Dónde?... ¡Y qué haces con ese hijo de puta!... ¡Ah!... ¡Perfecto!... ¿Dónde nos vemos?... ¡En veinte minutos, máximo!... Oquéi. Nos vemos”.

- Ya tenemos con qué abrir la puerta – dijo Felipe con esa cara que ponía a los diecisiete años y estaba a punto de hacer lo que nadie se atrevía a hacer.

***

Bety nos presentó al Germán. El Germán traía un maletín. El maletín tenía tres pistolas dentro. El Germán nos dijo que escogiéramos cada quien la suya. Experimenté los síntomas de una repentina diarrea. Fui el último. Me dejaron un revólver pequeño, plateado, con mango de madera y seis tiros.

- Esa tira chueco – me advirtió el Germán -, pero la cosa es nomás para que se caguen pa’dentro, ¿no? Apunta siempre hacia arriba.
- ¿Y ora tú? – me dijo la Bety - ¿Por qué andas con un solo bigote?
- N-o s-é.

Yo temblaba. Dentro de mi cabeza se escuchaban coros polifónicos cantando un réquiem de speed metal.

- Tranquilo mi chavo – dijo Bety, entonces, con tono consolador, percibiendo mi nerviosismo -, con éstas ya se pone fácil la cosa – sentí su inmenso brazo sobre mis hombros, volviéndome pequeñito, miserable -, ¿cuándo se van a imaginar esos güeyes que les vamos a caer empistolados? ¡Puro factor sorpresa! En menos de diez minutos estamos rumbo a Tepa, con mi Pablito liberado.

Sonó tan confiada y era tan embriagador el aroma de su cuerpo que, de alguna forma, empaté aún más con el Pablo.

- A mí me gustaría acompañarlos – dijo de pronto el Germán -. El Pablo es un compadre de los buenos. Diosito sabe que le debo más de una a ese carnal. Pero hoy es la primera comunión de mi morrita y se me hace muy ojete no ir con a la misa, ¿no? La neta me gustaría acompañarlos...
- No te preocupes – respondió Bety -. Yo le voy a decir al Pablo cómo nos ayudaste.
- Gracias. Ya me voy. ¡Suerte! ¡Acaben con esos cabrones! – alentó Germán subiéndose a su auto - ¡Hasta la victoria siempre! – y arrancó con escándalo.

- Pinche Germán – murmuró Bety -, la primera comunión de su hija y ni hija tiene.
- Mejor así – repuso Felipe -. Con nosotros basta.

Me senté en el asiento trasero, efectivamente asustado. Bety destapó una cerveza para cada uno. Yo no pude ni llevármela a la boca. En cambio ella bebió la primera de un trago y destapó una segunda botella, dio otro largo trago y finalmente eructó.

- ¡Cambio de planes! – dijo luego de pasarse la mano por las comisuras – Nos vamos a evitar todo el showcito de la hora de visita. Vamos a llegar los tres con las fuscas desenfundadas, los hincamos a todos, les decimos que ni se les ocurra parpadear, que nos lleven hasta donde tienen a los internos. ¡Ya verán esos hijos de perra lo que es meterse con el hombre de la Bety! Uno de ustedes se queda cuidando la entrada y a los que por ahí anden; el otro y yo nos jalamos en friega al guardia con las llaves y vamos hasta donde tope. No puede fallar, los guardias son un par de vejetes y un chavillo como de veintitantos.
- Bueno – dijo Felipe - ¿y el Pablo está informado de todo esto?
- Nel – respondió la Bety -, la última vez que me dejaron verlo estaba todo sedado. ¡Por eso te llamé! ¡No soporto saber que lo tienen así! Son chingaderas. A mí me pueden decir lo que sea, pero que no me salgan con que ahí lo están curando. Lo van a dejar todo turulato a mi Pablito, porque esa es la única forma en que logran que dejen los vicios: medio matándolos. ¿Ya para qué te quieres dar un pase o un jalón si ya andas perdido en el espacio? El Pablo sí es muy loco y muy atrabancado, pero ¿y qué? ¿A poco es el único? No lo conocen, es un güey con un corazón así de grande, de los que se rompen la madre nomás por hacerte un favor. ¡Y me cae que no se vale, hijos de su puta madre! Eso de que se madreó a su jefa fue porque ya teníamos como cuatro días pegados al bote y se siente reculero cuando te llega el torzón. Traíamos los labios todos ampollados, sin un clavo, y necesitábamos varo para comprar otra piedra. Llegamos primero a mi casa, pero no había nadie y no hayamos ni centavo; entonces nos lanzamos a la casa del Pablo, y al principio estuvo bien porque no había nadie y encontramos como seis mil pesos en un cajoncito. Lo malo fue cuando llegó su hermano y empezó a hacerla de pedo. Se empezaron a agarrar a madrazos, pero gacho. Y luego llegó la jefa. Me corrió la pinche viejilla y yo andaba tan mal y luego me puse tan paranoica que ya ni supe cómo es que llegué a mi casa. La cosa es que sí le puso sus cates a la doña, pero porque entre los dos comenzaron a sorrajarlo. Tampoco iba a dejar que se lo putearan ¿no?

Seguí escuchando a la Bety. Me di cuenta de que andaba bajo los efectos de la base; se le desviaba un ojo y miraba constantemente por el espejo lateral. El labio comenzó a arderme, a quemarme, literalmente. No podía estar en situación más horrenda. Solté gemidos ahogados, con los lagrimales listos. Tragué saliva y mi garganta era una lija. Los de adelante no se daban cuenta de nada. Bety continuaba hablando, perdida. Felipe inflaba los cachetes.

- ¡Párate! – grité a punto de quebrarme.
- ¿Qué pasa? – preguntaron los dos al mismo tiempo, sobresaltados.
- ¡Párate, con una chingada! ¡Me vale verga el pinche Pablo y ustedes dos también! ¡Aquí me bajo!

Bety me miró como si no pudiera creer lo que estaba diciendo.

- ¿Otra vez, cabrón? – me reprendió Felipe, sin desacelerar siquiera.
- ¡Hijo de tu reputísma madre! ¡El labio me está matando! ¡Detente!
- ¡Espera! – dijo entonces la Bety. Ni siquiera vi de dónde sacó el botecito con que me roció a quemarropa en la boca.
- ¡¡AAAAAAAAAAHHHHHH!!
- ¡Aguanta, güey!

Tragué mililitros de la sustancia, vi lucecitas, la cabeza me explotó, solté a llorar. Me fui sobre la Bety, ahorcándola.

- ¡Es xilocaína, pendejo! – gritó, al tiempo que me atenazaba los brazos, inhabilitándome – ¡En un rato vas a estar mejor! Es lo que uso para el dolor de las ampollas. Eso es lo que traes ¿no?

No tardó en decirlo, cuando percibí una total mejora.

- Tú te quedas en el auto – gruñó Felipe –. Ya no te puedes rajar, ya llegamos.

La fachada del psiquiátrico estaba frente a nosotros, con su escalinata, sus barrotes y sus puertas blancas. Quise mandar de nuevo a la chingada a Felipe pero de mi boca sólo brotó una larga onomatopeya salivosa.

- Ah, sí – dijo Bety –, no vas a poder hablar en un rato. Te duerme todo.

La Clínica de Neuropsiquiatría del Estado, mejor conocida como la Granja, tenía sus instalaciones en el límite suroeste de la ciudad, cercana a los pocos campos de cultivo que aún subsistían; alfalfa, chileras, lunares de maizal. Estaba mal iluminada por reflectores parpadeantes y era claro que todo el edificio requería de una ingeniería urgente. De los campos llegaba el sonido de los grillos y la noche era calma, tibia, ideal para tomar mezcal en silencio y brindar con Salma. La xilocaína me había atontado de tal manera que ya no sentía toda una mitad del rostro. Las voces gritonas de Felipe y la Bety me fueron tan ininteligibles como la mía propia. No estoy seguro, pero creo que los vi besarse antes de que descendieran del auto. Era como si una telita porosa se formara en mis ojos y todo estuviese delineado por un aura amarillenta. Quise decirles el cómo me sentía, que me era imposible conducir en esas condiciones.

- Espgdenn... nebros debla... ilgertnensss... pfffrtro.

Felipe contestó:

- ¿Ek doooope?

Respondí:

- ¡No dolple ducriiisrt... pfffrtro!

Bety remató:

- ¡Nánánáná! Ars longa homine lupus c’est amén... ¡lacra!

Y eso fue todo.

Los siguientes minutos fueron espantosos. Sentí palpitar mi estómago y las ganas de cagar fueron insoportables. No pude bajar del auto porque en mi cabeza un canto gregoriano me ordenaba quedarme quieto, con el auto acelerando y el freno puesto. Un regusto metálico me hizo salivar. La puta madre de Dios me llevaba entre las patas. El colmo de mi languidez era éste. Me juré a mí mismo no volver a ser tan campechano, tan dejado y valedor; no volver a frecuentar a ninguno de estos animales, ni hablarles siquiera. Acabado esto se acababa todo.

Entonces sonó el primer disparo.

La Granja se iluminó por dentro y las voces de alerta callaron a los grillos. Un segundo, un tercero, un cuarto y un quinto disparos me expulsaron del auto. Me cagué sin poder evitarlo; una pasta acuosa y picante corrió dentro de las perneras del pantalón. Tuve que sostenerme de uno de los barrotes, viendo a las escalinatas hacerse cada vez más largas y lejanas. Me lancé, ciego, jadeante, alterado, hacia lo que creí el lado opuesto a la entrada de la Granja. Dejaría a su suerte a ese trío de idiotas.

Pero mi sentido de orientación era un mal chiste que me llevó directo hacia el acceso principal del psiquiátrico. Sólo me di cuenta de ello hasta que estuve caminando dentro de la sala de espera. Quise devolver mis pasos, pero ya era demasiado tarde; Felipe apareció por la puerta interior con la playera empapada en sangre. Llevaba de la mano al Pablo que parecía un zombi de lo flaco y verdoso que estaba.

- ¡Corre! – escuché claramente a Felipe que jalaba a un Pablo totalmente dopado.

Detrás de ellos apareció un grupo de internos en condiciones iguales. Seis o siete esperpentos enjutos y babeantes que se empujaban grotescamente. La más espantosa era una mujeruca que lloraba como niña y caminaba en todas direcciones con lo brazos abiertos.

- ¡Corre!
- ¡Bety! – logré articular - ¡¿onne sstá Bbety?!
- ¡Muerta! ¡Corre!

Éramos como insectos rociados tratando de hallar un resquicio por el cual escaparnos. Quedé sordo con el eco de otro par de balazos dentro del salón. Vi a la mujeruca caer pesadamente, con la sangre saliendo de donde antes tuviera un ojo. Su llanto terminó. El otro proyectil fue a incrustarse en el costado de Felipe. En medio de mi aturdimiento todo fue tan claro; la pistola se materializó en mi mano – pues hasta entonces tomé conciencia de que la traía – y la vacié apuntando al joven oficial. Cayeron, uno tras otro, tres de aquellos internos. Luego, al tiempo que Felipe, espasmódico, soltaba al Pablo, yo me hice con él y salimos rumbo al auto. Pablo estaba helado y carecía de peso. Creo que debí de atinarle al guardia porque ya no hubo disparos tras de nosotros. El furor hizo que el mareo cediera; arranqué y conduje sin problemas.

***

Ya se ven las luces de Tepa. Durante todo el camino Pablo ha ido sentado como un niño ejemplar, silencioso y con los brazos cruzados. Lo han dejado para el arrastre; medio muerto, como dijo Bety. No puedo reconocer en él a mi camarada. No es posible. Pienso en la putizas que debieron de surtirle para dejarlo así; a él, al Pablito, que en más de una ocasión rompió madres a diestra y siniestra y era atemorizante verlo encabronado. Éste era un pobre loquito con la mirada blanca y expresión idiota. Le he dicho un par de cosas, pero él está en otro lado, lejos, no sé dónde. Felipe y Bety tenían razón, no podíamos dejarlo.

No cargo ni un peso. Llegando a Tepa me dirijo a la alameda; conozco el sitio, ahí nunca hay nadie. Me estaciono entre los árboles, apago el auto y, luego de explicarle, echo hacia atrás el asiento del Pablo. Él parece comprender y cierra lo ojos. Hago lo mismo, pero yo no puedo cerrarlos así de fácil. Caigo vencido hasta que el Pablo comienza a roncar como cerdo, igualito que siempre.

Despierto sobresaltado. Soñé que Felipe, Bety y yo rescatábamos al Pablo; que había una balacera en la que ellos dos habían muerto y que yo salía de ahí con el Pablo hecho una piltrafa. Había una mujeruca llorando pero no sé quién era o porqué lloraba. De la cuenca de uno de sus ojos manaba un chorro de sangre…

Pablo duerme a mi lado. Es de mañana y las hojas de los álamos se mueven lentamente. Las piernas me arden, con las heces secas pegadas. El auto apesta a mierda. Salgo de ahí, nervioso. No lo pienso mucho; sólo espero que el Pablo amanezca en mejores condiciones. Yo me largo.


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