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Una crisis de hoja en blanco al buen estilo aristidemiano




La crisis de la hoja en blanco siempre ha sido una constante para mí. No porque no tenga nada que decir, no porque no quiera decir nada; sino porque cuando quiero decir no es lo que quiero y las palabras, el lenguaje y toda la falsedad de la supuesta expresión no siempre lo dicen todo.  Es tal vez una mera repetición de ideas lo que estoy a punto de hacer –que ya empecé- y que como siempre, es más difícil encontrarle pies, cabeza, sentido o cualquier incoherencia que dentro de la lógica tenga coherencia. No bastan las palabras carnalito, siempre quedó más que claro, y nunca fue suficiente.

La crisis de la hoja en blanco se debería llamar esta parrafada, la crisis de querer decir tantas cosas y que todas se queden atragantadas en los dedos, en las uñas. La crisis de querer expresar algo que de cualquier forma es o reprochable o desdecible por cualquier otra parte. Me siento, tratando de tomar una taza de café a sorbos largos, tratando de entender lo que sigue, pero después de unos segundos, minutos no hay nada, nada más que el ruido de fondo, las imágenes inconexas que se repiten una a otra, las ideas que se machacan entre sí queriendo salir una, otra y otra para dejar de la principal y convertirse un híbrido extraño, una amalgama entre palabra-sensación-incoherencia, que cuando me doy cuenta, la asquerosa hoja está ahí, tratando de ser cubierta por algo que simplemente es nada, que es simplemente lo simple, la otra vida, la simple.

Luego trato de poner un poco de orden a la idea principal, un poco de coherencia y sentido y –recuerdo- esperar que lo que sigue empiece a tomar forma. Como cuando se quiere crear una historia a partir del absurdo, hay que partir desde él mismo y luego reconstruirlo para hacerlo entendible. No sé cuántas cosas tengan que sentirse para que escribir sea algo que vale la pena, vos lo entendiste hace mucho, años, vidas enteras; escribir es nada más exorcizarse los propios demonios, escribir siempre fue la exculpación de todo aquello que creemos que no se puede decir y que es necesario transcribir, pero siempre el pudor era más fuerte. El pudor de pensar que qué dirá equis o ye sobre lo que pienso, si se me empezará a juzgar o a tratar de descifrar. También está la tonta teoría de que simplemente nos gusta el baile de máscaras y nos acostumbramos a andar en él que cuando salimos a la calle –y nos vemos envueltos en humo, entre ruido y miles de extraños- queremos fingir, yendo de allá para acá, de un lado a otro, idas y venidas, todas en casi la misma dirección para encontrar lo que no hay en ningún lado.

La muerte tenía algo de hipocresía desde que se mostró que a nadie le importa. Es una oración desde la cual puede partir mucho, pero no hay razón para hacerlo, porque desde mucho tiempo atrás viene importando poco el qué dirán, el qué harán, el cómo funcionará la cosa; desde tiempo atrás solo van sombras, manchas absurdas en papel que se intentan hilvanar, transgredir y desdecirse al mismo tiempo, ¿pero para qué?, me lo vengo preguntando desde hace tiempo. También te lo preguntaste de más de una forma porque estar cuestionando el absurdo es la mejor forma de perder el tiempo, de ver las agujas del reloj caminar hasta repetirse, hasta darse cuenta –uno, el otro, cualquiera- que es el único círculo vicioso que no dejamos escapar. La muerte siempre ha tenido el patetismo suficiente –como para que te dé risa o como para que te burlés como si no hubiese sido suficiente reírte en mi cara.

Luego me pongo a recordar que habían tantas frases sueltas, más que frases sueltas un montón de palabras sin lugar, sin ubicación. Luego, también había la necedad de experimentar con colocarlas aquí, allá, al revés, al derecho. Luego de nuevo la circularidad de tener la manía absurda de borrar, como se borra una mancha en el espejo, y de vuelta. La puta hoja en blanco que repite la idiotez de pensar que seguramente lo que esté escrito ya estuvo escrito y seguramente alguien lo va repetir.

O simplemente el lloriqueo de tratar de desentenderme de todos los demás y preguntarme tantas cosas como se preguntan tantos, -la manía chismosa de querer saber lo que no me incumbe- que a esta altura no tiene sentido. Porque si tuviera sentido, si las palabras volvieran a convertirse en frases, en gestos leídos, en dislocamientos o en absurdos in extremis, sí, si las palabras volvieran una vez más, seguro la puta hoja con manchas estaría ahí, preguntándose lo que todos se preguntan y que con respuesta o sin ella ¿quién escribirá ahora en ella?

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El respetuoso,
El c…

Fernando Paredes

Epítetos, poesías, pituitarias

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