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Agüitas

   2011-11-15 


Fotografía: Fernando Paredes, Aguascalientes, Ags. México.



En Aguascalientes los negocios abren tarde y cierran temprano. Pue´que todavía a las 10 de la mañana no hayan abierto y dalo por seguro que cierran a las 2 para ir a comer. Luego vuelven a abrir a las 4 y apenas dando las 8 y media están poniendo ya los candados a las cortinas metálicas -casi siempre blancas, casi siempre sucias-  y para eso de las 10 de la noche aquello parece 1980 de lo tranquilo que está.

     En 1980 los taxis eran verdes y su marca era Datsun. Aguascalientes era pequeñito, ni al cuarto de millón llegaba. Había mucho descampado por todas partes, pero también había agua y se podía sembrar y tomar de la llave, con la cosa de que todos tenían los dientes cagados por el sarro, pero no pasaba de eso, no te enfermabas ni nada. Ora no hay agua. O eso dicen, que ya no hay y que vayamos pensando en cambiarle de nombre al estado. O como tantos que ya cambiaron de país y de vida, porque la verdad es que el polvo se adueña de cada vez más centímetros cuadrados y no sólo de pan vive el hombre y menos de pura tortilla. El pródigo valle desapareció tiempo ha y sólo nos queda un sol pasado de lanza y un otoño-invierno de fríos martirizantes al que nadie se acostumbra nunca. La ciudad pasó de cabecera municipal grandota a urbe semimoderna, semiturística y semicaótica en un cuarto de siglo. Ha logrado mantener la compostura, pero no tanto así las apariencias; hay zonas en las que el ciudadano común podría preguntarse en dónde se encuentra, pues tanto ricos como pobres han extremado sus distancias y remarcado lo grotesco de sus símbolos externos. Las páginas de sociales y de nota roja han engrosado sus secciones en lo diarios, lo mismo que el número de carriles en las vialidades o los índices en las tasas de desempleo. Lo que fue un ambiente de sereno devenir devino tensa convivencia entre pares que ya no se reconocen.

     Todavía hace poco a mis paisanos les daba por decir que la Plaza de Armas era el mero centro del país, justo donde la exedra enarbola su aguilota, y que los atardeceres de Aguascalientes eran los “segundos más hermosos del mundo”, sin que nadie pudiera fijar la dirección de la Comisión Mundial Certificadora de Espectáculos Naturales, ni suscribir los nombres del primer y tercero lugares en la lista, ni demostrar con el respectivo diploma la veracidad de tal afirmación. Ambas presunciones han desaparecido junto a la ingenuidad y las señoras que por las noches sacaban las sillas del comedor a la banqueta de sus casas, para conversar largo y tendido con sus vecinas, acerca de la vida y milagros de cualquier ausente.

     Aún así, continúa siendo la planicie cuyas distancias se cubren con prontitud, donde se impone el tránsito sereno del atardecer -su noche de desierto, su amanecer de campo-, al carácter displicente con el que sus habitantes ven pasar las cosas y en el que aún quedan rastros de una cordialidad apenas secuestrada.

     Es una ciudad que se presenta sin ínfulas de nada. Rodeada de otras que son “joyas coloniales”, “capitales industriosas”, “escenarios históricos”, “cunas” desto y lotro, Aguascalientes no presume ni fama ni prosapia y se conforma con ser la sede de una feria ebria y excesiva, en la que pobres y ricos se igualan porque borrachos todos somos lo mismo, y que una vez terminada, su recuerdo se va de inmediato al cajón de Lo Muy Lejano o al bote de Lo Que Sería Mejor Olvidar, funcionando como el subconsciente de un lugar en el que todos dicen que no hay nada, que no pasa nada, que qué aburrido, que la chingada, pero en cuya fiesta mayor todos hemos sido iniciados en alguna mala arte, y a la que todos volvemos año tras año con el mismo nervio desquiciado de la primera vez, para con-fundirnos en la masa humana y perder los márgenes cotidianos, empujados por una estridencia salpicada de rostros y curvas y choques y duelos instantáneos, en donde todos bailan y todos gritan y todos presienten que el desastre ocurrirá de pronto, hasta el día (el año) en que simplemente nos repele y comenzamos a hablar de ella como de una novia con la que nos divertimos mucho pero que nunca cambiará y con la que es cansado continuar fingiendo adolescencia, y no nos duele saber que miles de weyes la están pisando, la están orinando y guacareando, porque sabemos que le encanta ser tratada así y estará revolcándose de alegría, la muy puta.

     A estas alturas es insuficiente el glosario de términos entonados en Re-huevón (el ira, el haiga, el saaabe, el dese sobre la desa) o el itinerario de las doñas beatas (de misa al mercado a la casa y de nuevo a la iglesia) o las señas particulares de los señores bajitos, de carne prieta y ojillos negros -con bigote recortado, sombrero vaquero y botines color miel-, para describir apenas nada de este llano con vialidades bien trazadas en la periferia y un laberinto absurdo en las calles del centro, en donde las referencias para ubicar una dirección cualquiera son los templos que se levantan demasiado cerca uno del otro, porque de otra manera sería imposible hacer entender la trama y las vueltas a quien pregunta cómo llegar a la casa donde se celebrará la fiesta.

Chaskas que son esquites, bolsas de papitas con cueritos nadando en salsa, semillas de calabaza, jicaletas con chamoy, gorditas de lengua y deshebrada, tacos al pastor, tortas de lechón, birria y menudo para la cruda, carne asada con cebollitas y choriqueso, porque aquí comienza el norte y la cerveza se hizo para este clima de canciones rancheras y este cielo azul espeso por donde el sol resbala lentamente.

Las morras de las escuelas usan las falditas al borde de lo ecuánime y los vatos se relacionan a base de golpes y carrilla pesada; un "chingas a tu madre", acá, es un buenas tardes, y "pendejo" es el mote de nuestro mejor amigo. Tan chiras las morrilas, bañadas y maquilladas desde tempra, saturando los camiones con el frutal aroma de sus rutinas, prendiendo el boiler sin meterse a bañar, parando el tráfico sin cruzar la calle, nomás porque les encanta ser remiradas y fingir demencia.

Al orgullo del individuo no lo conforma otra cosa que su propia lucha. No requiere -porque no la tiene- una historia colectiva o una arquitectura emblemática que la encuadre. Es una especie de desarraigo, un no deberle a nadie ni el saludo -aunque la franqueza siempre sea autocensurada-, lo que hacen del hidrocálido, el aguascalentense, el aquicalidense y el hidrotermapolitano, un huérfano entre tanta madre, incapaz de identificar en sí mismo la añoranza de tiempos mejores, siempre dispuesto a mejor carcajearse de sí mismo, antes que defender alguna tradición dizque propia.

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