Mostrando entradas con la etiqueta SomosAnimalesPrimitivosYsalvajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SomosAnimalesPrimitivosYsalvajes. Mostrar todas las entradas

miércoles, noviembre 07, 2012

De sogas, epitafios y eructos dedicados


Fotografía: Fernando Paredes, Aguascalientes, Ags. México, 2009.




Odio a mi mujer. Un odio tan profundo como el primer amor que le profesé: lento e intenso por igual. Pudiera matarla. Y digo pudiera porque quiero y no puedo. Cosas de policías, jueces y licenciados. Ella lo sabe. El día a día lo confirma minuciosamente; un gesto aquí, una pregunta sin respuesta allá, un portazo bien medido, un codazo a media noche, fingiendo dormir…

 

Antes de vivir con ella al único que podía despreciar era a mí mismo. Ahora sé que no hay delicia más tortuosa que desmenuzar los defectos, fallas e idioteces de alguien más. ¡Y las suyas son tantas! El tonito mustio de su voz, la mirada vacuna a la hora de comer, el hedor que deja en las almohadas, ese andar de pato, ese estómago blancuzco, la manía insoportable de reírse sola, sus ronquidos inhumanos, su indomable pereza, todas y cada una de sus opiniones, todas y cada una de sus prendas, sus hemorragias y cólicos mensuales (exactos, puntuales), los amigos de su infancia, las amigas que frecuenta, su total falta de malicia, las cosas que me cuenta...

 

Que me contaba. Ya no nos hablamos. Hemos vuelto a la época en que el lenguaje se conformaba de gruñidos, onomatopeyas y monosílabos. Pudiera destrozarle un hueso de mamut en la cabeza, ofrecerla en sacrificio a un dios recién inventado por mí, destazarla, asarla, comérmela y quedar insatisfecho. Y apagar cigarrillos en su vientre, hundirle los ojos, darle martillazos en los dedos de sus pies, morderle las tetas, escupir tejidos, darle puñetazos al rostro hasta dejarle un solo diente y amarrarle un hilito y jalar para que caiga juguetonamente sobre las baldosas color marrón.

 

La odio con el más antiguo de los odios, el primario e inconsciente; el auténtico furor de la bestia herida. Y no estoy herido, estoy harto. Hay momentos en los que sé que no tendré el estoico desprecio que me exigen sus ires y venires; la sola certeza de su presencia sería suficiente para enloquecer. Me invento cualquier camino para retrasar mi llegada a casa y me regodeo con fantasías mortuorias, con tajadas rapidísimas a la yugular. Imagino que ese árbol es lo suficientemente fuerte como para colgarla de la última rama o que esta avenida es muy transitada y un atropellamiento provocado pasaría por accidente lamentable o que es cosa de ahorrar tres quincenas y esa pistolita haría tan bien su primer trabajo…

 

A cada segundo que pasa es mayor el cebo que se forma en mi tráquea; más acedo y nauseabundo. ¿Cómo llegué a esto? No importa, llegué y aquí me quedo. Este odio es la única realidad que ahora poseo. Todo lo demás se ha borrado definitivamente. Me encuentro huérfano de ideas, seco de recursos, limpio de recuerdos. Todo es un ahora sobre fuego; una explosión en cámara lenta. Como la gula, como la incontinencia, como el deseo. No sé cuánto tiempo podré resistirlo. No sé porque no empaco mis cosas y simplemente me largo. El peligro ya ha encontrado otros sitios; ya también ronda mis espaldas. Se ha adueñado de mi cama, de mis libros, de mis tardes de café y revistas. No puedo andar desprevenido, fingiéndome único concesionario de esta maldición. Este espectro de humores negros y afiladas uñas, de sogas, epitafios y eructos dedicados, es la suma inclemente de sentirme acorralado.

 

Ella también me odia, no hace falta investigarlo. Sólo espero su primera invectiva, la más calculada de ellas, para atacar sin remordimientos.

miércoles, agosto 15, 2012

Los (verdaderos) motivos del lobo









Mira, matar no es el problema, ¿entiendes? Lo mismo da. Es decir, soy un profesional. Siempre exijo un detallado desglose de los motivos por los cuales me contratan. No se trata solamente de dinero, ¿entiendes?

La mayoría de las veces mis presas suelen ser hombres de edad avanzada, viejos a los cuales en más de una ocasión he creído hacerles un favor. El mayor de los favores, a decir verdad.Soy el instrumento que el destino toma para cumplirse en ellos, el accidente que los esperaba desde el día en que nacieron.

Por eso no guardo ninguna clase de remordimientos. ¡Estupideces! A mí nunca me han asaltado pesadillas ni ansiedades o pánicos repentinos, ni cualquiera de esos temores que dicen sentir algunos arrepentidos en medio de la resaca. Yo nací asesino como otros nacen poetas. Mi placer es el del artesano, o, mejor, el del músico que, uniendo las partes de una hermosa sinfonía, se sirve de su oficio para tener relaciones directas con el misterio creador.

¿Te suena contradictorio? No te culpo, eso pasa cuando no tienes la certeza de que la muerte no es el punto final de la vida sino el pequeño salto que nos devolverá al estado primigenio. Quienes tienen miedo a morir siempre son los que menos cosas hacen con su vida; son quienes eligen sentarse a la sombra mientras otros bailan desnudos bajo el sol. Esos son a los que mato con mayor placer: les libero del tedio de estar vivos, y sé que, en el último instante, un profundo reconocimiento hace mella en su espíritu. He podido ver gratitud en sus miradas mientras van abandonando esta existencia que tanto los atormentaba; he sentido cómo se desprenden gustosamente de su historia, de sus deberes, de sus compromisos idiotas, de sus relaciones vacías, de su personalidad anodina, sin luchar siquiera por retener los últimos segundos de luz. Van a la muerte como a los brazos de una madre cariñosa que los librará del insoportable compromiso de ser hombres y estar vivos.

Como todo, dar muerte a alguien puede ser un arte o un simple acto irreflexivo. Yo soy un artista y nunca actúo sin antes conocer a profundidad la materia con la que voy a trabajar. No se trata de que me paguen e inmediatamente hacerlo. Tengo que saber quién es aquel a quien voy a asesinar. Aun más: tengo que convertirme en él… o ella. Un laborioso trabajo de recolección, un seguimiento exhaustivo de todo aquello que lo rodea; andar sus pasos, ser la sombra de su sombra, cambiar de estatura según la suya, apropiarse de su manera de andar, su forma de hablar, su forma de agarrar la pluma, el tenedor, la mano de sus hijos, contraer sus tics nerviosos, sus manías, sus aficiones y hasta su nombre; ser el doble idéntico, el siamés separado, el gemelo ignorado, el último espejo que reflejará su rostro...

Sé que no comprendes, que no puedes comprender. Eres como la mayoría: temerosos y apocados, lleno de prejuicios y moralina utilitaria. Si te dijera que mi oficio me fue dado por Dios me creerías más loco de lo que ya me crees ¿no? Tú, como todos, piensa que la divinidad nada tiene que ver con la violencia; que Dios sería incapaz de mandar el daño sobre algo, sobre alguien.Pues entérate: yo cumplo mejor su voluntad que un sacerdote inútil o un mojigato hipócrita. Mi alma no será condenada pues ha sido fiel a su naturaleza; no ha reprimido ninguno de sus fervores, ni tampoco se ha regodeado sobre un colchón de indiferencia. Cumplo, simplemente, haciendo lo mejor que sé hacer. Hay quienes son aguas enlodadas, charcos turbios soñando con el mar, y habemos tormentas que, tomando del mismo mar su esencia, caemos sobre esos charcos para desbordarlos y hacer algo mejor de ellos.

Veo que es inútil todo cuanto diga. Tu vida ha sido un continuo obedecer reglas sin que nunca pusieras en duda su utilidad y te la has pasado resguardado tras el impecable cristal blindado de tu “personalidad”. ¿Sabes cuál es el verdadero significado de la palabra “persona”? Máscara; eso significa. Y el único momento en que no utilizamos la máscara, el instante en que deja de asfixiarnos es precisamente el de la muerte.

Es demasiado tarde, no acostumbro hacer esto. Si me he detenido contigo es porque nos conocemos desde niños y me gusta mirar a los ojos a quienes voy a mandar a su velorio. Una vez me dijiste que preferirías una muerte rápida a una angustiosa agonía.Pues bien, es un favor que te voy hacer con todo gusto.

miércoles, julio 11, 2012

Antropología del fan


 07.18.2011




Tengo problemas con los fans. Creo que en una hipotética escala de evolución humana, el fan ocupa uno de los escalones más bajos. O el más bajo. Porque en la categoría de fanático caben desde los militares que obedecen y matan sin pensar, hasta las adolescentes que se desgañitan por el cantante pop de moda.
Incluidos los fanáticos religiosos, todos los fans se distinguen por intolerantes y por la falta de sentido común respecto del tema o persona al que son adictos. Porque eso son los fans: adictos capaces de todo con tal de conseguir un jalón (un disco, una bendición, una misión) de eso que los vuelve tarados y felices.
No lo digo sólo por decir, sino porque (y aquí viene la penosa confesión) yo fui un fan y sé que en ese entonces era feliz y tarado.  Fui fan del sonido gronch (hazme el fabrón cavor) y compré revistas y me aprendí discos y usé playeras con los nombres de las bandas y hablaba de sus vidas como si fueran mis hijos y, como mamá cuervo, les perdonaba sus desplantes y sus traiciones mercantilistas y los defendía de toda esa runfla de ignorantes que no sabían que Billy Mulligan había conocido a Johnny Ripper mientras hacían fila en la misma caja de un supermercado al cual habían ido los dos a comprar una ganzúa, lo cual les pareció muy curioso, y que en la conversación que esto ocasionó se enteraron de que uno tocaba la guitarra y el otro escribía letras de canciones, pero así nomás, cantadas, porque no sabía ni tocar el pandero y que quedaron de verse a los pocos días en la casa de Johnny, a la cual llegó Billy con Terry Thompson, un baterista amigo suyo que acababa de llegar de Londres y que primero se llamaron Ocus Pocus Sea Resort, pero al poco tiempo se lo cambiaron por el actual y ya legendario Membrana, banda-maestra portadora de la neta redonda y cuyos seguidores sabemos del poder de liberación ultraterrena y demencial que hay en cada una de sus rolas, etcétera.

Un reverendo tarado, les digo.

Afortunadamente la vida me trató mal y con los golpes se me fue quitando lo inocente. Dejé de ser fan cuando vi que gritar en un concierto de Metallica y gritar en un concierto de Alejandro Fernández era exactamente lo mismo. De entre las cosas de las que me deshice, con tan esclarecedora revelación, fueron los estoperoles y  las señas tribales las primeras en irse. A los fans los delata siempre la uniformización en el vestir: los emos se visten así y asá, los hipsters se visten así y asá, los nazis se visten así y asá, las beatas así y asá. Todos siguen ciertos patrones de conducta que los identifica; todos creen estar en el bando correcto; todos desprecian y hasta odian a los de otros bandos (¡Ah! Los fanáticos al futbol que son capaces de matarse unos a otros son como una carcajada ante el argumento del raciocinio humano); y todos, a fin de cuentas, son lo que los marketineros llaman públicos meta, islas de consumo-tipo bien definidas. La más radical de las aficiones conlleva ya un estilo de ropa y de música y de “espíritu” que la estandariza y la acomoda en estanterías ad hoc,  con lo cual hasta el más fanático de los vegetarianos (Hare Hare Krishna) acaba pagando su dinerito a alguna industria contaminante que lo tiene a él como cliente cautivo. Los fans son producidos por el mismo ente al cual alimentan, lo cual los define como caca y fermento de sí mismos, de su sub-especie, que ha estado ahí desde los inicios de la cultura humana, como una muestra de lo que somos y de lo poco que nos preocupa solucionarlo.

domingo, diciembre 05, 2010

El Sebo (teoría y praxis de la Novela en tres minutos)

1



Tope. Vuelta. Tope. Estación Tus Ojos.

No mames. Imagínate comenzar tu Novela así: Tope. Vuelta. Tope. Estación Tus Ojos.

Jua jua jua jua…

Qué mamada.





2



Podía tocarse el hombro con las rodillas. Parado, es decir. Haciendo ejercicio tipo aerobics. Todavía podía hacerlo sin esforzarse en realidad. Pero ya no aguantaba tantas. Ahorita lo está haciendo nomás porque algo tiene que hacer. No puede Ser si no Hace.

En una novela, digo.





3



Lo más extraño era su rostro: muerto así como estaba, parecía a punto de decir algo. La forma en que sus labios se unían y apretaban hacia delante, los ojos entrecerrados, el cuello tenso y algo que sólo puede ser descrito como intención en toda la actitud del cuerpo tendido diagonalmente sobre el colchón, indicaba que murió en el justo momento de querer emitir una opinión. Y parece que estaba defendiendo lo indefendible, a punto de opinar una tontería. No. Una excusa. Eso. Lo más extraño era que parecía haber muerto en el justo momento de estar excusándose de algo de lo que, evidentemente, era culpable.

Pf.

No.





4



No sé. Un padre violento y una madre ausente. O que fue testigo de algo que lo traumó forever.

Parece que las soluciones siempre aparecen por casualidad.

Digamos que este es el capítulo prescindible.





5



Por fin aparece. Es un carácter bien definido. Coqueteándole al cliché, podríamos decir. Habrá que torcerlo, por supuesto. Es ahí donde está el arte

Pffffffffffffff





6



El auto simplemente paró. El tanque vacío la adelantó hasta un par de kilómetros de sus perseguidores. Ni siquiera peleó con el encendido del auto. Bajó, corrió y corrió y corrió. Durante todo el camino fue despidiendo el hedor nauseabundo del pánico, boqueando. No sé si rubia o con tacones o si cargaba algún maletín. O sí sabía algo que le interesara a quienes la seguían. Sólo sé eso, que la perseguían. Y que corría.





7




Úrsula.

Úrsula se quitó la pañoleta de flores amarillas para dejar ver los estragos en su cabellera. Sobre su frente cayó un mechón sedoso, pesado, de un negro que reflejaba la luz como sobre agua oscura; algo hermoso por sí mismo. Pero su efecto era terrible sobre la devastación de las partes superior y posterior del cráneo, en los que se levantaba una especie de humareda congelada en castaño; una pelusa imposible, que más parecía acumulación de polvo y filamentos, dejando visible al cuero rosáceo y diagramado por la lividez de cientos de minúsculas venas.

Giró lentamente, parada frente a la ventana, y todavía extendió un poco los brazos y sonrió, mostrando la magnitud del desastre de manera más amplia, levantando también un poco la barbilla y bajándola luego, para que el mechón fuera un péndulo, un animal fantástico, un ente maligno, un añadido fuera de toda lógica, mientras ella murmuraba una canción inventada en ese justo momento. Una canción más melancólica que alegre. Una tonada, a pesar de todo, familiar.

Se detuvo por fin y su sonrisa devino gesto.

Viéndola así, de frente, no podrías creerlo.





8




A Bobby le gustaban las malteadas de chocolate, los cigarrillos Lucky, los filetes término medio y las lociones agua marina. Papá y mamá le permitían todo. Llevó a vivir a la casa a un grupo de rebeldes igual que él, seis o siete, no recuerdo. Escuchaban rockabilly, rompían muebles, bailaban con mujeres invisibles y tomaban el auto de papá para ir a comprar un whisky barato que ponderaban como lo mejor. Bobby era el peor de todos. Su tatuaje en el hombro era un corazón con dos gotas escurriendo, atravesado por una flecha, con el nombre de su primera novia, Mabel, en letra manuscrita. El corazón representaba su definitivo rompimiento. Ahora Mabel era novia de uno de esos seis o siete, y también lo fue de algunos otros antes de Bobby. Una chica fácil. Pero Bobby se había enamorado de ella en realidad y ahora vagaba por el mundo recordándola. Él comenzaba, siempre, todas las peleas / Y era culpable, siempre, de todos los cargos. No era buen peleador. Ni su estatura o complexión eran atemorizantes. Ni siquiera se llamaba Bobby. Pero así era como le decían todos. Incluyendo a papá y mamá. Y él era el peor. Porque tenía roto el corazón.





9




- ¿Cómo podrías saberlo?
- Es fácil –respondió Luther, tocándole la cabeza cubierta con la pañoleta-, tienes las marcas de El Sebo.

Bobby sufrió un escalofrío al escucharlo. Se le oprimió el pecho, asfixiándose, y estuvo a punto de abrir la puerta del closet para ser descubierto. “¡Úrsula es el diablo!”, pensó, conteniendo apenas su gemido.





10




Devastación. La ciudad como un carbón extinguiéndose. Se escucha el crepitar, la caída o el viento cargado de veneno, todo envuelto en esa frecuencia baja, esa bolsa dura y rota que llaman silencio.





11




Bobby pensó que lo más extraño era su rostro: muerta así como estaba, parecía a punto de decir algo. La forma en que sus labios se unían y apretaban hacia delante, los ojos entrecerrados, el cuello tenso y algo que sólo puede ser descrito como intención en toda la actitud del cuerpo tendido diagonalmente sobre el colchón, indicaba que había muerto en el justo momento de querer hablar. Al parecer, una excusa. Eso. Lo más extraño era que parecía haber muerto en el justo momento de estar excusándose de algo de lo que, evidentemente, era culpable.



Violentales




Una mujer sale de su oficina luego de un pesado día de trabajo. Sube a su auto, harta y fatigada, enciende el motor, arranca y abandona el estacionamiento. Al tomar la calle, casi es impactada por una camioneta negra, grande, de cristales polarizados. La trompa de ésta queda a unos centímetros del auto, y entre el claxonazo y el sobresalto, la mujer expulsa un poco de orina. Ha frenado por instinto, pero está en un punto ciego. Se le ha olvidado lo que debe hacer.

El claxon no deja de golpear, furioso, y la camioneta amenaza acelerando a fondo. La mujer no puede darse cuenta de nada. Se le han reventado los tímpanos y no escucha el estruendo de la máquina sino el escándalo del silencio. No sabe que son las cuatro de la tarde, ni recuerda que hay dos niños esperándola en casa. Rígida, sostiene el volante con una tensión que le hincha las venas de las sienes y hace que su mandíbula rechine a punto de quiebre. Hay gente que se ha detenido a ver qué es lo que pasa, tan inútiles como los postes. Los bocinazos se han hecho uno solo, largo, desesperado.

Entonces la camioneta arranca, golpea de lleno al auto, lo arrastra calle arriba, destrozándolo, hasta chocar contra un muro en la esquina. La gente reacciona, grita, se lleva las manos a la boca. Tres hombres corren hacia el auto de la mujer para intentar sacarla con vida, pero pronto se enteran de que es inútil; en la ventanilla estrellada hay mechones de cabello, pedazos de cráneo, sesos. Otro grupo avanza hacia la camioneta, dispuestos a hacer pagar al culpable; manotean contra los cristales, patean la carrocería, escupen, maldicen. Cuando logran abrir la puerta quedan petrificados. Dentro está una mujer agonizando, sangrando, con un balazo en el vientre.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&




Un niño entra sigilosamente al cuarto en penumbras de sus padres. Después de largos días, su madre ha salido al fin a la terraza para recibir a una pareja amiga de la familia. Su padre se encuentra trabajando y la sirvienta atiende a las visitas. Sabe que en la habitación sólo respiran él y su hermano recién nacido: junto a la cama hay una cuna de velos blancos, y dentro de ella, una criatura de manos diminutas y piel blanca, acostada bocabajo, con la cabecita hacia un lado, profundamente dormida. En la habitación flota una mezcla de aromas a vómito, talco y leche tibia. El sol no ha entrado ahí en al menos doce días y todo invita al sueño. El niño se acerca al pequeño círculo de luz roja del radio-comunicador, toma el aparato, lo apaga delicadamente, y luego se dirige a la cuna. Después de un rato de estar observándolo fijamente, sin parpadear, el niño aprieta la nariz del crío con una mano y con la otra le tapa la boca. La reacción es inmediata y la torpeza es mucha: un alarido espantoso escapa del inocente y el niño, aterrado, presiona de tal forma que le rompe el cuello a la criatura. Un ligerísimo crac y luego el silencio.

El infante comprende lo que ha hecho. Escucha gritar a su madre llamando a la sirvienta. No tardarán en llegar. Al niño se le revuelve el estómago de pavor y comienza a respirar entrecortadamente. Lo verán si sale por la puerta. Instintivamente, atina a esconderse bajo la cama, mordiéndose los puños, aspirando el polvo viejo de la alfombra, luchando por llorar, sin lograrlo. Lo único que quiere es desaparecer.
Ve los pies de la sirvienta entrando a la habitación, y casi pegados a ellos, los de su madre y los invitados. Hay una serie de balbuceos y luego otro grito horrendo. Un momento de confusión y la cama se resiente con el cuerpo de su madre que llora y se revuelca desde un dolor inmenso. Los pies van de un lado al otro, dando voces, pegándose. El niño experimenta el ansia de los acorralados; lo van a matar. Siente que la cama le cae encima y un calor intenso le ablanda el vientre. No soportará más tiempo, y ahí una mano hiriente lo toma del tobillo, sacándolo de un tirón de su escondite. El niño comienza a llorar.






&&&&&&&&&&&&&&&&&&





Una mujer sale de su oficina luego de un pesado día de trabajo. Sube a su auto, harta y fatigada, enciende el motor, arranca y abandona el estacionamiento. Al tomar la calle, casi es impactada por una camioneta negra, grande, de cristales polarizados. La trompa de ésta queda a unos centímetros del auto, y entre el claxonazo y el sobresalto, la mujer expulsa un poco de orina. Ha frenado por instinto, pero está en un punto ciego. Se le ha olvidado lo que debe hacer.

El claxon no deja de golpear, furioso, y la camioneta amenaza acelerando a fondo. La mujer no puede darse cuenta de nada. Se le han reventado los tímpanos y no escucha el estruendo de la máquina sino el escándalo del silencio. No sabe que son las cuatro de la tarde, ni recuerda que hay dos niños esperándola en casa. Rígida, sostiene el volante con una tensión que le hincha las venas de las sienes y hace que su mandíbula rechine a punto de quiebre. Hay gente que se ha detenido a ver qué es lo que pasa, tan inútiles como los postes. Los bocinazos se han hecho uno solo, largo, desesperado.

Entonces la camioneta arranca, golpea de lleno al auto, lo arrastra calle arriba, destrozándolo, hasta chocar contra un muro en la esquina. La gente reacciona, grita, se lleva las manos a la boca. Tres hombres corren hacia el auto de la mujer para intentar sacarla con vida, pero pronto se enteran de que es inútil; en la ventanilla estrellada hay mechones de cabello, pedazos de cráneo, sesos. Otro grupo avanza hacia la camioneta, dispuestos a hacer pagar al culpable; manotean contra los cristales, patean la carrocería, escupen, maldicen. Cuando logran abrir la puerta quedan petrificados. Dentro está una mujer agonizando, sangrando, con un balazo en el vientre.





&&&&&&&&&&&&&&&&&&







Camino a su casa, un borracho es sorprendido por los alaridos de una mujer. Pasa de la medianoche y la vereda está en descampado, a medio kilómetro del pueblo. El hombre lleva la mano a su machete, alerta. Su ebriedad ha menguado de pronto. Sabe que por ahí no vive nadie, que nadie pasa a esas horas, que nada bueno ocurre.
Una nueva serie de gritos. La mujer suplica, pide piedad a alguien más. Hay sonidos de hojarasca, de pies que se arrastran, de forcejeo. El hombre deja de dudar y se interna con dirección al ruido, fuera del camino. Cede al impulso hasta divisar una arboleda seca en la que distingue a dos cuerpos en lucha: una mujer está doblada, bocabajo sobre el suelo, vencida por el peso de un tipo robusto sentado sobre ella; él está bufando y la violación es inminente. El hombre del machete quiere largarse de ahí y algo no lo deja. Los espasmos de la mujer se han vuelto casi inaudibles, lejanos. Su atacante se agacha y pareciera que le dice cosas al oído; luego le da un manotazo brutal en la cabeza. Se incorpora, gira el cuerpo de la mujer, le rompe la botonadura de los pantalones, y en su desesperación por quitárselos, aún la arrastra algunos metros. Vuelve a echarse sobre ella. Hay un gemido agudo, roedor, y algunas vocales agónicas. El violador embiste rápido, jode, gruñe, golpea y termina todo en un momento de silencio perfecto. Su ignorado espectador tiembla, le observa mientras se reincorpora, se sacude el polvo de las manos, busca y encuentra un sombrero, le dice algo ininteligible a la mujer y luego se adentra en la arboleda. Un minuto después se encienden los faros de un automóvil, arranca un motor, del lado opuesto a la vereda. Hacia allá avanza, convirtiéndose en un haz de polvo. El hombre se apresura entonces y encuentra una joven con el rostro hinchado, rota sobre el pastizal, quien parece verlo desde las rendijas abultadas en que se han convertido sus ojos. Él voltea hacia todos lados, temblando todavía. Se deshace por fin del machete y toma a la muchacha por debajo, acomodándola sobre un cúmulo de hojas; se hinca, afloja sus pantalones y, después de varios intentos, la penetra.

Matamoscas*

Ilustración: Zertuche Slecht Leven, Aguascalientes, Ags. México. 2012. Iba a sentarme a escribir pero me puse a matar moscas. No ...