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lunes, diciembre 09, 2013

Todos fuimos Hugo Sánchez (I)


    



 Los miércoles descanso. El resto de la semana me pongo los pantalones y los calcetines verdes perico y la playera amarillo mango manila; espero a que Don Carmelo llegue con sus quince cabellos despeinados como patas de araña vieja, de Che Araña bailando tango sobre la brillante pista de su cráneo asoleado, salpicado de pecas-lunares; veo cómo, otra vez, se esculca en todas y cada una de las bolsas de su ropa, buscando el llavero en forma de sirena, el de la llave de la puerta, la cuadradita, la que abre así, cric-cric-crac. Entonces don Carmelo llega despeinado, sale del auto cargando las bolsas con naranjas, jitomates, cilantro, cebollas, limones, servilletas, llega y tengo que ayudarle con el bolserío y quedarme así, cargando el montón, mientras él busca en su chamarra, en las de su playera, en las de su pantalón, abre la bolsita en la que siempre carga calculadora y notas de remisión; nada, ahí tampoco nunca hay nada; don Carmelo comienza a bufar, no está molesto, sólo bufa. Porque con tremenda panza, calvo, desmañanado y en busca de su sempiternas llaves, las de la sirena de madera que dice Mazatlán, y yo lo veo y le digo que están pegadas en la cajuela, y eso es evidente porque la cajuela está abierta, siempre está abierta, y se puede ver el manojo de llaves pegadas en la cerradura, colgando, con la sirenita bailando en el acantilado. Entonces, cric-cric-crac.

Entonces cric-cric-crac. Llega la seño Malu cuando yo ya estoy juntando montoncitos de basura, los junto y los echo en el recogedor, los junto con la escoba y la seño Malu me dice buenos días, buenos días seño Malu, buenos días don Carmelo, buenos seño Malu, porque don Carmelo ya pica papas, puso a hervir agua, despepita los chiles, saca jugo de las piedras, desflema cebollas y garganta, pone sal, todo al mismo tiempo, con sus quince cabellos grises y largos danzando la danza de los siete velos mientras yo junto montoncitos de polvo, papelitos, cenizas, colillas. Seño Malu ya se puso el delantal y la cofia verde perico con vivos en mango manila, hace todo lo que hacía don Carmelo, pero seño Malu lo hace bien, le queda sabroso. Y así somos tres: Don Carmelo es el dueño de Hamburguesas La Curvita, seño Malu es su cocinera y yo soy vicepresidente corporativo de la empresa en funciones de mesero.

La Curvita se llama así porque se halla justo en el reborde de una curva callejera; ahí está, con su fachada verde perico y su interior mango manila; con sus mesas verde perico y sus sillas mango manila; con su baño con lavabo verde perico y escusado mango manila. Ahí está, luego-luego se ve, ni modo que no.

Cuando ya no hay más montoncitos que juntar, entonces dejo la escoba y paso un trapo húmedo por las mesas, por las sillas, por las vitrinas que al rato van estar sudorosas del vapor de los guisos de seño Malu, porque lo de las hamburguesas es sólo la especialidad, también servimos tacos, tortas, platos de deshebrada, chicharrón verde (a veces perico, a veces no), chicharrón rojo, papas guisadas, huevos revueltos, frijoles, nopales, arroz, flan napolitano, chongos zamoranos y café, todo caliente, soltando vapor, por eso de una vez paso el trapo y luego lo paso por los cristales del refrigerador y don Carmelo abre la caja registradora, quedándose así, sentado en el banquito negro, con la panza tocando la parte delantera de la caja, hasta que sea hora de cerrar, cuando vuelva a buscar a la sirena mazatleca – está vez encontrándola inmediatamente en el cajón de las llaves (¡ah!) – y seño Malu me diga buenas noches, buenas noches seño Malu, buenas noches Don Carmelo, buenas seño Malu, porque don Carmelo ya estará dando vuelta a la llave cuadrada y cerrará así crac-cric-cric.

Así: crac-cric-cric. En el camión de regreso siempre me toca el aplastadero, el arrimadero, la cámara de gases, el sudor obrero, la menstruación secretarial, los efluvios secundarinos, los hedores senectos, ni dónde sentarse, y mejor así, al que se sienta le toca su embarrada de virote, su dosis de entrepierna húmeda, su calzoneada. Algo pasa: la gente no se inmuta, la mayoría ni siquiera abre las ventanillas, las cierran, quieren ir calientitos, tibios-tibios.

Entonces me bajo del camión y camino dos cuadras, tres a veces, depende del hornazo. Camino y llego, me meto al cuarto, me quito los pantalones, los calcetines y la playera, dejo pedazos de perico desplumado y cáscaras de mango por el suelo de mi cuarto. Me meto a bañar, me tallo, salgo con toalla sujeta a la cintura, me tiro sobre la cama, busco el control remoto y enciendo la tele, las noticias. El cabello me escurre agua, gotas que a veces llegan a mis labios, y bebo, saben a jabón. Nunca sé de qué hablan en las noticias. Sí sé, pero no entiendo. Sí entiendo, pero no comprendo. Hay que estar informado, tener opiniones políticas, saber a cómo está el dólar, estar a favor o en contra de cualquier cosa, ser un ciudadano. Luego me quito la toalla y me pongo los pants verdes (botella, nada que ver) y abro la cajita de porcelana, la cajita china, (la que fue de mi abuela, en la que mi abuela guardaba nunca he sabido qué, yo nomás la agarré el día que fui a verla y vi cómo era estar muerto, la agarré de su tocador con luna redonda y estaba vacía, blanca y fría, besé la frente de mi abuela y guardé la cajita en mi pantalón), y saco una pastilla, una pastilla rosa. Me como la pastilla, la muerdo porque no sabe mal, sabe como a tierra con pedacitos de mineral, como a tierra de mina, como a suela de minero, no sabe mal. Me la como y cinco minutos después vuelo.

Están buenas las pastillas éstas. Se las compro a Joaquincito, el hijo pintor de Don Carmelo; pintor de pincel y modelo, de los que hacen cuadros, pintor de los que se dicen artistas, el marihuano de Joaquincito; y no es que yo diga que todos los artistas – y sobre todo los pintores – sean marihuanos (el tipo más marihuano que conozco es dentista, le arregló las muelas a mi papá),  pero Joaquincito sí es muy marihuano. Cuando fui a una exposición de las suyas vi que además de marihuano es muy mal pintor. Pero bueno, cada quien. Los que estaban ahí decían que las pinturas estaban conceptualmente ligadas a los movimientos de vanguardia y reflejaban la búsqueda de un lenguaje propio sin abandonar los lineamientos de los últimos buceadores de la expresión humana o algo así decían, pero creo que también había mucho marihuano por ahí o tal vez habían masticado pastillas rosas, de las que vende Joaquincito y sólo soltaban palabras sin pensar realmente en lo que decían y así decían todo aquello que yo nomás no atinaba, no encontraba en dónde podría estar todo lo que veían en esos cuadros, ni cuando me comí yo una pastilla pude saber. Así que me comí una pastilla, la primera, en esa exposición. Joaquincito me la dio y me echó todo un sermón acerca de las posibilidades creativas y re-creativas de tan singular chocho; me lo comí y vi los cuadros más feos de mi vida.
Al otro día ya no me las quiso regalar, me dijo que costaban veinte pesos cada una, mi chavo.

Entonces abro mi cajita de porcelana y me como una pastilla. Tengo un disco que me gusta para cuando mastico pastillas rosas, uno con la portada totalmente blanca, con treinta canciones, uno de los Beatles, el que trae la de Long, long, long. Me gusta escuchar esa canción mientras mastico la pastilla y siento cómo aún no termino de secarme, la espalda pegada con agua en la sábana, lo arrugado que se ponen los dedos de mis pies, los Beatles tocan y a mí me gusta sentir cómo mi cabeza se pone pesada y el aire se pone pesado y los huesos se ponen pesados y los ojos ya no ven lo que deberían ver porque para ese entonces los ojos ven para adentro, para el lado equivocado, y  me gusta ponerme a pensar en lo que siento y sentir lo que pienso, porque pienso que no se puede estar así a todas horas, con una pastilla rosa en la sangre, y es una lástima, porque mientras el día no termina de acabarse y el uniforme y las mesas y los montoncitos de basura se acumulan silenciosamente en los rincones de siempre, no hay tiempo para pensar, no hay tiempo para ponerse un pants y tirarse a escuchar Long, long, long, no hay tiempo ni ganas, porque las ganas son también importantes. Por ejemplo: uno no siente ganas de levantarse los jueves y los viernes y los sábados y los domingos y los lunes y los martes y ponerse los pantalones verde perico y treparse a un camión atascado y ver a Don Carmelo buscarse las llaves y decirle buenos días a seño Malu y barrer y dar un trapazo y recoger platos y trapear lo que se ha caído y hacer cuentas y recibir quejas de una mesa y a veces estar nomás ahí, así, con cara de menso, ni siquiera moscas que ahuyentar, ni un papelito que barrer, ni un cliente y sus tres pesos de propina. ¿Cómo alguien va a tener ganas de hacer eso? Entonces me pongo a pensar en cómo es que todavía ando uniformándome y atendiendo mesas, cómo es que no he podido salir de eso. Porque, veamos, no está malo eso de ser mesero, se gana bien, no tengo ningún gusto caro. Pero también está malo eso de ser mesero cuando se puede ser cualquier otra cosa. Yo podría ser pintor como Joaquincito. Pero tal vez yo sería mejor pintor, porque a Joaquincito lo mantiene don Carmelo; lo del negocio de las pastillas sólo sirve para que él pueda pagar las que consume y así se pone a pintar, hacer eso que luego dicen que no se qué, no se cuánto, los otros comedores de pastillas, artistas todos y yo no tengo amigos de esos que cuando ven un cuadro mal pintado, feo, mal hecho, digan que se puede percibir un halo de pureza en las líneas y una asombrosa profundidad expresiva en la composición; entonces yo pintaría bien aunque nadie dijera nada de nada. Algo pasa: mientras tengo dinero en la cartera el mundo se detiene de una forma tediosa, ya sé en lo que se va a gastar, lo que tengo que pagar, lo que falta en la despensa o en el ropero o en la cajita de porcelana y así no tiene chiste, el dinero se va siempre por los mismos conductos y deja de tener sentido lo de la oferta y la demanda y cuando no tengo un clavo es al revés, las cosas se mueven desparpajadas, sin mapa, sin saber qué pasará o a quién se recurrirá, sin importar siquiera eso, porque al no tener ni lo del regreso no importa a dónde se vaya ni con quién se vaya ni lo que se vaya, al cabo uno no paga. Y esos pensamientos son los que, caigo en la cuenta, hacen que siga uniformándome sin importar que pudiera no hacerlo, porque a fin de cuentas no pretendo más que poder llegar a mi cuarto y bañarme, tallarme, tener algo en la cajita de mi abuela y poder escuchar Long, long, long mientras termino de secarme.

Termino de secarme sin darme cuenta, me quedo dormido, me voy y no vuelvo hasta al otro día. A veces es miércoles, pero por lo común es cualquier otro día.


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domingo, mayo 13, 2012

Todos fuimos Hugo Sánchez (II)





Seño Malu platica que el sábado son los quince años de su hija, lo platica haciendo tortillas a mano, lo platica para los dos, para don Carmelo y para mí, nos dice que estamos invitados, gracias seño Malu, gracias seño Malu, y llega Joaquincito con lentes negros para pintar una sirena en la pared del fondo y también está invitado a los quince años y Joaquincito pregunta que si puede llevar unos amigos a la fiesta y Don Carmelo bufa y seño Malu dice que no importa y yo me río, porque los amigos de Joaquincito encontrarán que el ambiente kitsch sigue permeando las tradiciones ceremoniales de nuestra cultura popular o algo así dirán mientras todos en el salón bailamos al compás del Venado y brindamos con los desconocidos que acabamos de conocer e intentamos meter mano a la suegra del hermano del novio de la quinceañera, y ahí estaremos seño Malu, borrachos y contentos de que su hija haya llegado al fin a la edad de las madres solteras sin, por supuesto, ella serlo. A seño Malu se le nota lo contenta que la hace la fiesta de su hija. ¿Usted va a cocinar, seño Malu? Claro, pozole.

Pozole el que me comí anoche, dice Joaquincito sacando una hoja de una de las bolsas traseras del pantalón, desarrugando su boceto y mostrándoselo a Don Carmelo para que éste bufe otra vez y yo le pueda ver que nomás no le gusta lo que sus ojos ven y no puedo decir qué ven los de Joaquincito, porque con lentes negros nunca se sabe, pero él sonríe, le hace marcas con un lápiz al boceto por aquí y por allá, y le dice a su papá que los colores son los indicados para aprovechar al máximo la luz natural que se filtra a La Curvita y así lograr un efecto claroscuro perfecto en los meses en que el sol cae perpendicular sobre la ventana del fondo, y Don Carmelo, mazatleco de cepa, nomás no agarra la onda, no sabe dónde está la sirena que pidió, no la encuentra, dice ¿dónde está?, y yo me asomo para ver si puedo decirle por dónde se vaya, darle pistas, pero me asomo y yo tampoco encuentro la sirena, digo ¿dónde anda?, las sirenas no andan, dice Joaquincito que se basó en el mito de Ulises y que él no pinta sirenitas disneylandizadas, que no forma parte de las jóvenes promesas de la cultura nacional para ponerse a pintar tatuajes de marineros trasnochados en las paredes de cualquier lonchería, y eso sí que no, dice don Carmelo, que por más lonchería que sea le da de comer al marihuano de Joaquincito, y los marihuanos, es bien sabido, comen como cosacos, y que si no pinta una sirena con todas las de la ley nomás no pinta nada y que mejor vaya buscando trabajo porque se le está acabando su tiempo de gracia dentro de la casa, dice Don Carmelo, y Joaquincito repara, se pone serio, agacha la cabeza y explica que lo que él quiere pintar es el canto de las sirenas, pintar lo que siente un ser mitológico a la hora de poner en práctica toda su magia y no nomás dibujar una vieja con cola de pescado, tetona y sonrientota, que le diera chance de expresarse y seño Malu se asoma para ver el boceto y pregunta: ¿no iba a ser una sirena?

Entonces llega Joaquincito para pintar una sirena en la pared del fondo y le pregunto que si no trae pastillas rosas que vender, y sí, sí trae, dame cinco, toma cien y me cuenta que ayer estuvo con una gorda que conoció en la presentación de un libro y terminaron en el cuarto de la casa de ella y que lo mejor de todo es que nunca más la volverá a ver, porque imagínate, dice Joaquincito que me lo imagine con una más gorda que su madre, y pienso en la madre de Joaquincito que está hecha una puerca y me lo imagino y él dice ¡imagínate! y seño Malu dice que estamos invitados, gracias seño Malu, y Don Carmelo pregunta ¿dónde está?, y Joaquincito dice qué pozole el que se comió anoche.

Así que pinta una sirena o no pinta nada. Yo ya no le sigo porque llega gente, se sientan, leen la carta, los precios, piden, anoto, dejo la nota blanca junto a la caja registradora, a la vista de don Carmelo, pego la nota rosa en la barra de guisados, a la vista de seño Malu, recibo lo que pido, doy lo que ordenaron, espero a que pidan más o pidan la nota blanca, los palillos y ahí voy con pantalones verde perico y playera mango manila, esperando que Don Carmelo ponga monedas chicas, de las que hacen bulto, de las que estorban o dan pena a la hora de caminar por cualquier lado y mejor se las dejamos al chavo, al mesero, a sus órdenes.

Así son los días (menos los miércoles) todos los días; así son los días para que luego vengan con eso de “sorpresas da la vida” y ni pasa nada, ni cambia nada y todos los días lo mismo. Porque a veces, cuando la llave cuadrada hace así: cric-cric-crac, me voy a la cantina de Charly y pido una cerveza, me siento y bebo mi cerveza, y le platico a Charly que los días nomás no cambian, que vengo del trabajo y nomás no sucede algo interesante, y dice Charly que si no hay nada interesante que contar a él no le importa, que está viendo un partido de futbol y que lo demás se puede ir al carajo; esas son cosas que se agradecen, que existan personas así, como Charly, a las que les da lo mismo si eres o no eres, si trabajas o te aburres, si te aburres en el trabajo, si penetras o te penetran, si eres feliz o desgraciado, porque desde su trinchera espirituosa Charly ve al mundo pasar del llanto a la carcajada y viceversa en cuestión de tres vasos y un plato de cacahuates rancios; Charly sabe que no hay nadie que pueda hacer algo por alguien, que todos van a parar al mismo hoyo, más lento o más rápido, que todos somos sordos gritones y lo que sufre uno es lo que al otro hace sonreír. Así que también con Charly no pasa nada, lo mismo de siempre, una cerveza y ya, eso es todo.

Me explico: todo está bien así, no me quejo, no me ayudaría en nada que sorpresas me diera la vida, no importa, porque están aquellos que quieren ser sorprendidos constantemente, hasta que la sorpresa se les transforma en rutina y después andan asombrados de lo que dejaron de apreciar por andar de exploradores del interminable espectáculo de lo que sorprende a quienes piensan que hay que buscar algo que haga que no sea la vida tan monótona y acaban con la sorpresa de no encontrar nada. Esos pobres.

Están los tiempos en que todos fuimos jugadores que querían ganar; todos fuimos Hugo Sánchez y goleamos al equipo del futuro y dimos maromas para festejar que había más tiempo que vida, hasta encontrarnos ahora con que en la vida no hay tiempos extras y los penaltis son siempre en contra. ¿A poco uno se va a poner triste por eso?

Por eso no me atribula mi padre con aquello de qué harás con tu vida y pone cómo ejemplo al dentista de mi edad, al dentista que fue mi compañero en la secundaria, el que le arregló las muelas para que dejara de masticar como ratón, el dentista más marihuano que conozco; mi padre, al que sólo veo los miércoles, cuando voy a comer a su casa que antes fue mi casa, que sigue siendo mi casa pero que ya no siento como mi casa, porque mi casa está en otro lado, lo suficientemente retirada de la casa de mi padre a la que voy a comer los miércoles y siempre la sopa de fideos, el agua de limón y la carne asada; escucho a mi padre quejarse de que desde que murió tu madre todo sabe a tierra, y yo me pregunto si mi padre sabrá que las pastillas rosas saben a tierra, que con ellas él podría ponerse a pensar tranquilamente en su tristeza y se daría cuenta de que no hay tristeza que valga la pena de andar penando por lo irremediable; he pensado en pulverizar pastillas y ponérselas en la sopa de fideos o en el agua de limón o como sazonador de carnes y ver cómo mi padre se dice a sí mismo que, a fin de cuentas, la tierra no sabe mal.

Todos fuimos Hugo Sánchez (III)





    
     A Álvaro, el dentista, y a Joaquincito, el pintor, los conozco desde la secundaria. En esos entonces de salón, lista y tareas, no eran Álvaro y Joaquincito, no; se llamaban, mejor dicho, les decían El Jujuy y El Bugui. Llegaba el Jujuy todos los días en motocicleta, escupiendo smog a la entrada de la escuela, sin casco y los padres de familia ponían quejas en la dirección del motociclista ese que se les metía a lo bruto a la hora de la entrada, a la salida, que hicieran algo, que le prohibieran conducir, que quiénes eran los padres, que sólo conocían a la madre porque estaban divorciados y que con razón, y que con razón qué, preguntaba el Bugui y el Jujuy le decía que qué onda con su cabeza, que si era idiota o medio abortado o qué, y el Bugui le pedía la moto, un ratito nomás, doy la vuelta a la cuadra y ya, y el Jujuy decía estás medio abortado, eso es, no se alcanzó a formar tu cerebro, nomás el cascarón, y el Bugui decía entonces qué, nomás una vuelta a la cuadra, no me tardo, y el Jujuy le golpeaba con los nudillos en el cráneo y decía que nomás el puro cascarón.

Yo nunca vi al Bugui montado en la moto del Jujuy, quién sabe, porque el Jujuy decía que el Bugui era medio idiota y no fuera a ser, no fuera a embarrarse, ya ves cómo está de imbécil, y más bien era que el Jujuy traía de encargo al Bugui, porque el Bugui no era idiota, nomás era que quería conducir la moto un rato, una vuelta a la cuadra nomás, porque de idiota tal vez la cara, pero leía y leía y leía y el Jujuy decía que estaba medio idiota de tanto leer, de tantas letritas, que para qué leía y leía y leía si a la hora del examen puros ceros se sacaba, y era cierto, el Bugui era famoso por asno a la hora de las calificaciones, y decía que lo que él leía no tenía nada que ver con lo que se supone que debería de leer; al Bugui le gustaba leer otros libros y lo único que hacía en clases era dibujar y dibujar, dibujaba a todos los alumnos, a los maestros, y nadie sabía en dónde estaba el parecido de los dibujos con lo que supuestamente retrataban, y el Bugui decía mira aquí está la narizota o mira acá está la papada o si te fijas esos son los dientes o por acá se ven las orejas y no había quién diera con todos esos detalles para adivinar de quién se trataba y el Jujuy decía que el Bugui era sietemesino hijo de hermanos gemelos.

Entonces me juntaba con ellos; porque a pesar de todo eran inseparables, uña y mugre, taco y salsa, nariz y moco, perro y pulga, y así nos íbamos a cualquier lado, nos íbamos a los campos de futbol; el Jujuy era malísimo y el Bugui la movía bien, y ahí sí que el Jujuy no decía nada acerca de la genealogía del Bugui porque tremendos zapatazos que metía, directos al ángulo, chanfleados, desde fuera del área grande, pero el Jujuy fingía demencia y me decía que ese Bugui había aprendido a tirar así porque él le había dicho cómo se debía de acomodar el pie de apoyo para que el empeine embonara parejito en la parte baja-media del balón en cuestión, que así cualquiera, y entonces por qué tú no Jujuy, por qué eres tan matalote para el fut, ah, decía el Jujuy, es que a mí lo que me gusta es el basket.




¡Ja!, aquí yo dice y dice cosas y no digo todavía ni cómo me llamo, no doy datos concretos, no saben ni quién les platica esto y aquello, como una voz en el radio que se confiesa ante quién sabe quién y esos que escuchan le ponen atención sin saber nada de nada y la voz le sigue a la confesión o a la receta de cocina o a la queja pública o a lo que depara el destino para todos los Géminis, y yo les digo entonces que me llamo Claudio, aunque no me llamo Claudio, pero todos me dicen Claudio desde que a Joaquincito y a Álvaro les decían el Bugui y el Jujuy, porque a mí eso del cambio de voz me duró como diez años y decían que hablaba en tirolés, que hablaba como el Gallo Claudio y la gente que ahora me saluda (¡Hola Claudio!) no saben que no me llamo así, que lo de Claudio es sólo un apodo, pero está bien, no importa, mejor así, así nadie sabe, así paso como Claudio por la vida, como Claudio por su casa y ni quién diga que sospecha que escuchó que tal vez ese Claudio ni se llama así, ese se llama Reinaldo, hijo de don Raymundo, el de Telas El Rey, ¿no te acuerdas de él?

Sólo los miércoles soy, otra vez, Reinaldo. Mi padre dice: Reinaldo pásame la sal, Reinaldo apaga la estufa, Reinaldo pásame el periódico, Reinaldo ¿qué va ser de tu vida?, pero la falta de costumbre hace que Claudio no sepa bien a quién le hablan; pero Reinaldo se acuerda – porque ésta fue una vez su casa – de que ahí jugó tardes enteras y ahí está la despensa en que se escondía todo lo que debía de esconderse para que el curso de las cosas no cambiara, allá la puerta de su recámara, y Reinaldo tenía la costumbre de salirse por la ventana, la costumbre de tirarse a ver televisión todos los domingos, la de acompañar a su madre a comprar verduras y frutas y carne y la costumbre del olor, del juego de sombras en las paredes, la costumbre de los ruidos de la calle, del refrigerador, de la gente que pasaba de un lado para otro, de las regaderas abiertas y le pasa la sal a su padre y le apaga a la estufa y dice que no sabe dónde quedó la sección deportiva, y Claudio está bien así, siendo Reinaldo sólo cuando debe de serlo; porque no esperen que yo les cuente aquí: el nací dónde, el crecí cómo, el quiero esto y el no tengo aquello. Sólo digo que me llamo Claudio para que sepan que sí me llamo de algún modo, que hasta tengo dos nombres, que me gusta pasar como Claudio por la vida, aunque por la vida no pase nada.


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Todos fuimos Hugo Sánchez (IV)



 

Sábado, entonces. Además del uniforme me llevo en una mochila un cambio de ropa, ropa para la fiesta, para los quince años de… ¿cómo se llama su hija, seño Malu?, Angélica, de Angélica; un cambio de ropa, un traje, corbata, el saco en un gancho, ahí voy con mi saco en un gancho dentro del camión; don Carmelo encuentra más dedos en mis manos para que le ayude a cargar el bolserío mientras busca el llavero de la sirena. Seño Malu pidió permiso de salir más temprano hoy para estar en la iglesia, recibir a los invitados, esperar al fotógrafo, calentar el pozole, ver a su hija salir con su vestido acompañada por los pajes y llegar a tiempo al salón.

En la pared del fondo se ha comenzado a formar una bahía, se ven los azules de un mar idílico, siluetas de palmeras y gaviotas, Joaquincito se quedó sin trabajo; el rotulador se llama Fulgencio y maneja la brocha gorda y la pistola de aire y ni sabe nada de Klimt, ni de Klee, ni de Miró y ese sí sabe lo que es una sirena, agarró la onda rápido, escuchó los deseos pictóricos de don Carmelo y pa pronto le dibujó una rubia con cola verde, chapeteada, boca roja, pezón rosado, cinturita, recargada sobre una roca con estrellitas marinas y conchitas nacaradas, y usted sí sabe Fulgencio, eso quiero. Y Joaquincito disimula no darse cuenta de tremendo mural costeño y llega a La Curvita con tres comedores de pastillas rosas, dos del sexo femenino y uno del sexo indefinido, y Joaquincito sirve cuatro tazas de café de olla, de café con canela y piloncillo, y los cuatro hablan de las capacidades expresivas de la informática llevada al campo del arte conceptual y fuman Delicados. Así que seño Malu se va, allá nos espera, deja todo hecho, tiene que ir al banco a sacar un dinerito, y ándele pues seño Malu, allá estaremos, gracias, gracias, gracias. Un dinerito para la fiesta, el ahorro de muchas hamburguesas, el dinero guardado para que Angélica baile el vals, se ponga su vestido, la carguen los pajes, salga retratada en el periódico, brinden por ella y todos contentos, ándele pues seño Malu. Entonces me fijo en una de las acompañantes de Joaquincito, una que habla y habla, y fuma y fuma, y me fijo en sus piernas, buenas piernas, piernudota y se me hace que es de las que no se limpian después de ir al baño, y eso nadie lo sabe, o quién sabe, a lo mejor Joaquincito sabe, porque no creo que el otro sepa, y sería bueno saber si la piernudota va a ir a la fiesta y entonces le hablo a Joaquincito y le pregunto que si trae pastillas y que no, no trae, no importa, y que si la piernudota va ir a la fiesta, y que sí, sí va, bueno, ¿cómo se llama?, Patricia, bueno, ¿se limpia después de ir al baño?, que quién sabe, dice Joaquincito que la acaba de conocer, que la suya es la otra y que esa otra vino con la suya, ah bueno, entonces nada más quería saber. Y Fulgencio platica entre brochazo y brochazo con don Carmelo, le dice que él es de Tamaulipas y que las sirenas las pinta desde que tenía tres años de edad, y don Carmelo le platica que a los tres años de edad él ya andaba en barcos camaroneros, y Fulgencio dice que se vino para acá porque por allá la chamba está muy mal pagada, y don Carmelo dice que se vino para acá porque su mujer es de acá, que quiere regresar a Mazatlán pero no sabe qué esperar: si cumplir los sesenta o la muerte de su mujer, porque su mujer nomás no se muere, se enferma de todo, a cada rato, pero no se muere. Hipocondríaca. Que dice su mujer que el aire de la costa la pone mal, que el olor a pescado la enferma, que con ese sol nadie puede vivir, y Fulgencio pinta el aire de la costa, pescados saltarines entre las olas y un sol amarillo caliente, y sí, eso es lo que quiero, dice don Carmelo.
Yo con pantalones verde perico y camisa amarillo mango manila tal vez no tenga oportunidad de acercarme a la piernudota, sí tengo, pero sólo para ver si quiere más café, para cambiar el cenicero, para echarle un ojo desde una perspectiva panorámica a su escote, que no hay mucho que enseñe su escote, pero yo me conformo, no soy  exigente, y con el uniforme no se puede hacer más, todo es cuestión de ponerme el traje, aunque la piernudota no es de las que salen con trajeados, eso parece, parece que ella diseña su ropa, su ropa de colores brillantes que está arrugada, que así es como las artistas andan, las artistas de a de veras, las que no se preocupan por cómo se ven sino lo que expresan con su ropa, y yo ya me sé todo eso de la facha intelectual y reviso en mi mochila y me aseguro de que haya pastillas rosas y ahí tengo mi pase, mi atajo hacia la avenida carnosa de esas piernas, Patricia se llama y habla y habla y fuma y fuma, y Joaquincito ya le dijo algo, estoy seguro, porque Patricia voltea hacia mi con disgusto, con burla, con sorna, y no importa, todo es cuestión de trajearme y darle pastillas rosas.

Sábado, entonces le pregunto a don Carmelo que si mañana abrimos La Curvita, que claro, dice que los domingos se vende muy bien, que sí, pero que mañana todos estaremos muy cansados, muy desvelados, muy crudos, y que eso no tiene que ver, dice don Carmelo, que negocios son negocios, y yo ya pienso en faltar mañana, a ver qué pasa. Pero no pasará nada, me correrá, me dará tres días de salario y me dirá adiós Claudio, y quién sabe, a mi no me molestaría no volverme a vestir de verde y amarillo, no volver a encontrar las llaves, no volver a subirme a un camión repleto de hedores asalariados, no volver. Se me antoja ponerme muy borracho, muy empastillado, muy querendón, hocicón, bailador y todo lo que tenga que ser, me despido mentalmente del changarro, de los guisos de seño Malu, de las mesas verdes perico y las sillas mango manila, de las tortillas hechas a mano, de las tardes en que no hay más que hacer que no hacer nada, de la sirena que aun no llega a su puesto en la pared, a su roca, a su pedazo de arrecife, se puede ir al carajo, la pueden pescar los japoneses y rebanarle en lonjas la cola y venderla en salmuera como producto afrodisíaco. ¿Qué harás con tu vida, Reinaldo?, preguntará mi papá cuando le pase la sal, pero ¿qué se puede hacer con la vida?, nos hace y deshace y nos vuelve a formar, a formar en la cola del cine, en la cola de pagos, en la cola de las tortillas, en la cola del perro aburrimiento que ladra y no muerde, que se pierde en las calles y recibe patadas de niños futbolistas, no, no haré nada con mi vida, hoy voy a emborracharme.

Y llega seño Malu toda llorosa, toda moqueada, toda temblor, toda deshecha y don Carmelo dice qué pasó seño Malu, y yo qué pasó seño Malu, y Joaquincito no dice nada y seño Malu toda sufriente, gimiente, nos dice que la acaban de robar, que sacó su dinerito, que salió del banco, que llegaron dos, un señor y una señora, y que le dijeron no se qué de un premio que tenían que cobrar, que allí tenían el boleto ganador, que se lo dejaban como garantía, además de un fajo de billetes, que ese fajo ella lo vio clarito, vio clarito cómo el señor lo envolvió en un pañuelo, que era un fajo grande, y que ella les dio su dinerito, porque ellos dijeron que sólo lo necesitaban para sacar un cheque, que tomara el fajo y el boleto, y que seño Malu dijo bueno, está bien, nomás córranle, porque tengo los quince años de mi hija y que ahí se quedó con el boleto y el pañuelo y que aquellos otros no llegaron y que entonces abrió el pañuelo, y nada, sólo papelitos blancos, papelitos sin chiste, y de su dinerito nada, ni un cinco, ni un clavo, ni un tostón, nada de nada, y que qué hacía, que le dijo a un policía, que el policía dijo que ella tenía la culpa, que cómo eran aquellos, y que así y asá, y ponga su demanda, vaya a la procuraduría, y no tengo ni un peso, dijo seño Malu que el policía dijo que ni modo, que buscara alguien que la ayudara, y don Carmelo ya cálmese seño Malu, todo va a salir bien, ¿cuánto le robaron?, ochenta y cinco mil pesos, y don Carmelo dice ah caray, es mucho, a poco todo eso era para la fiesta de su hija, y seño Malu dice que no, que también era dinero para otras cosas, ochenta y cinco mil pesos, y don Carmelo piensa en cómo haría seño Malu para tener tanto dinero guardado, y todos nos quedamos mudos,  nos quedamos sin fiesta. Pobre seño Malu, pobre Angélica, pobres, pobres, ni tanto.


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Todos fuimos Hugo Sánchez (V)








   Así que se fueron, acompáñanos Fulgencio dijo don Carmelo que arrancó con seño Malu para poner la demanda, para poner el grito en el cielo, para dar por perdido lo perdido, porque, seamos realistas, esos dos que robaron ya no aparecerán, ya nomás no, así que cierras el negocio, te lo encargo Claudio, no dejes que Joaquincito se acerque a la caja y adiós papá, dice Joaquincito que si nomás hay eso en la caja, que dónde está lo de la caja chica, ah ya lo vi, entonces qué mi Claudio, dónde venden cerveza por aquí cerca, pues con Charly, ah de veras, traite unas seis ¿no?, ¿traite?, le digo, no me digas, ve tú, yo aquí te espero mi Bugui, no me digas Bugui dice Joaquincito, que eso ya fue, que ya no le gusta que le digan así, que ya sé, que ya me dijo, y sí, ya sé, ya me dijiste, entonces qué, qué de qué Joaquincito, vas o no vas, dice, no, pues no voy, digo, por qué mejor no vamos todos para allá, propongo, vamos todos con Charly, al cabo a él no le importa, que para eso tiene una cantina, y órale pues, dice Joaquincito allá te esperamos, barres y acomodas todo antes de cerrar, lo dice viendo a Patricia, y cálmate mi Bugui, que al cabo ya no voy a venir acá, en todo caso nomás me cambio de ropa y sanseacabó.
Entonces se van con Charly y después de cambiarme me como una pastilla rosa y saco el llavero de la sirena y cierro así cric-cric-crac.
Que no le dijera Bugui, dice Joaquincito que Patricia acaba de llegar de Antofagasta, que ella es de allá, y que dónde queda eso le pregunto a ella, en Chile dice, ah, y qué andas haciendo por acá, dice Patricia que vino hace unos meses como curadora de una exposición de pintores chilenos, que si no fui a verla, y que no, no fui, ni enterado, ah, bueno, dice Patricia, vine hace unos meses para eso y me ofrecieron dar clases de curaduría aquí en la casa de la cultura, ¿sabes dónde?, me pregunta y que sí, eso sí sé, ah bueno, pues ahí, que si me gusta la pintura, de quién, le pregunto, en general, dice Patricia que si me gusta la pintura en general, y bueno yo podría ser pintor, Joaquincito ríe, claro, dice, todos podemos ser pintores, sí, le respondo, pero no todos podemos pintar sirenas, y Joaquincito ya no ríe. Entonces Patricia es de Antofagasta, eso está en Chile, entonces es chilena, una chilenita. Lo que me gusta de las pastillas es que uno comienza a asociar los términos, los adjetivos, las situaciones dadas, comienza a darse cuenta de que hay una extraña relación en todo, con todo, porque así como de niño, en los campos de fut, nunca pude, nunca me salió una chilenita, ahora una chilenita me sale con que si no me gusta la pintura, porque ella dará clases, y bueno, ya renuncié a La Curvita, todo depende de mi situación financiera. Así que, Charly, sírvete otra ronda.
Entonces Charly se mueve perezosamente, entonces me fijo en la acompañante de Joaquincito, entonces me fijo también en el otro acompañante y me doy cuenta de que esto ya lo había hecho antes, ya había estado aquí, con estas mismas personas, no sé cuándo, pero yo ya hice esto que ahora estoy haciendo, escuchando lo mismo, diciendo lo mismo, sentado en el mismo lugar, observando como hipnotizado ese mismo par de piernas que llegaban hasta Sudamérica, oliendo el mismo perfume que de alguna forma brota a su alrededor. Esto ya lo viví, porque cuando Charly llega con otra ronda de cervezas, sé que Joaquincito le dirá que le encarga la cuenta, y yo preguntaré que a dónde iremos, y la pareja de Joaquincito dirá que iremos a su casa, a la de ella, y el otro acompañante preguntará por un tal Gilberto, que si también irá Gilberto, y que cuál Gilberto preguntará la chilenita, el que te platiqué, dirá el acompañante que espera al Gilberto que le platicó, y yo digo que si ese Gilberto quiere algo con la de Antofagasta que mejor ni vaya, y Patricia dice cálmate, yo a ti ni te conozco, y tendrá razón, pero es que hay cosas en las que uno como que presiente que le irá bien ¿no?, y  Joaquincito dice que ese Gilberto es escultor, pero que en sus últimos trabajos se ha ido más por los caminos de la instalación, con una propuesta minimalista sardónica, y ya decía yo, digo yo, ya decía yo que ese Gilberto nomás no me cae bien, y entonces entrará alguien más a la cantina, alguien que se dirige a nuestra mesa, alguien que nos saluda, pero no es Gilberto el esperado, no es el escultor post modernista, no exhibe sus empastillados conceptos en la primer galería que se deje, este no es así, este lo conozco desde hace tiempo, éste es dentista, Álvaro, al que le decíamos el Jujuy. Entonces Joaquincito le pide la cuenta a Charly y sucede todo lo que acabo de platicar.

Álvaro se ve bien, está cachetón, con los dedos estrangulados con anillos, quihúbole mi Bugui, que pasó mi Claudio, hola señoritas, que tal caballero, hace tiempo que no los veía, qué andan haciendo, a poco sigues pintando tus jaquecas al óleo, a poco sigues de mesero, no les digo, yo siempre supe que al Bugui se lo iba a cargar la tiznada, pero a ti Claudio yo te veía en la tienda de tu papá, sacando tela y metiendo tela, y miren nomás, a ver cantinero, traiga una botella de brandy, salud por ustedes, por las señoritas y también por el caballero. Oye Jujuy, dice el Bugui que ya no se le puede decir Bugui, que eso ya pasó, que él es Joaquincito, oye Claudio, a mi tampoco me gusta que me digas Jujuy, dice Álvaro, úquela, puro adulto contemporáneo, digo yo, y que no es cierto dice carcajeante el Jujuy, que le importa un bledo cómo le digan, que si al Bugui ya no le gusta que le digan Bugui es porque al Bugui ya se le subió eso de ser… ¿pues qué eres mi Bugui?, ya dime la verdad, sincérate, cuéntame, a ver, ¿ya por fin vendiste tu primer cuadro?, y Joaquincito dice que con qué cree el Jujuy que está pagando lo de todos los presentes, con lo de la caja chica, digo que con el dinero de La Curvita y entonces sí que el Bugui me quiere patear como balón de los que pateaba tan bien, chanfleados y al ángulo, porque su pareja, la chilenita y el otro no han podido contener la risa.
Y sí, sigo de mesero, ya no, acabo de renunciar, tú sabes Jujuy, de acá para allá, lo mismo siempre, y tú siempre con lo de lo mismo siempre, dice Álvaro que yo siempre con lo mismo, pero que está bien, que a él qué le importa, y eso digo yo, digo yo al Jujuy, entonces te presento a Patricia, hola Patricia, mucho gusto, y a ellos que te los presente Joaquincito, porque ni yo sé cómo se llaman, pues ella es Camila, dice el Bugui, este es Pedro, hola Pedro, y bueno qué tienen pensado hacer después de estar aquí, dice Camila que estábamos a punto de irnos a su casa, que Álvaro puede acompañarnos si quiere, sí quiere, pues vayámonos retirando, me llevo la botella.
Yo sigo con las piernas de Patricia, espero que no se aparezca Gilberto.
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Gilberto no aparece, y la casa de Camila es un dechado de artísticas concepciones, nos sentamos en una sala con sillones en forma de animales, Patricia en una gallina, Álvaro en un perro, Joaquincito comparte asiento con Camila sobre un pez de escamas de algodón, y yo sobre un puerco y Pedro se queda sin asiento, traite una silla de la cocina, de una vez traite los vasos y hielo, no te preocupes, Gilberto no ha de tardar. Y que por qué tanta urgencia por ese Gilberto, pregunto yo, y que porque es su pareja, dice Camila, y ah, con razón, entonces no hay de qué preocuparse de las intenciones gilbertinas hacia mi chilenita. Oye chilenita, así que curadora ¿eh?, eso mismo, ¿y tú no pintas?, sí, claro, pero sólo por relajación, me relaja, me pone en blanco la mente mientras pongo color en la tela, me cura, una curadora curada, le digo que si cree que yo podría entrar a sus clases, y Antofagasta dice que sí, por supuesto, y que si también podría entrar en su ropa, le pregunto y ella me dice que claro, que tiene muchos amigos gays a los que les presta de vez en cuando su ropa, y no, no, no soy puto, digo que si crees que podré meter  mano bajo tu ropa en el momento en que la lleves puesta, y oye, dice Patricia que con respeto nos podremos entender mejor, y yo, está bien, ¿te gustan las pastillas rosas?, ¿qué cosa?, pregunta, las pastillas rosas, digo, ¿las que saben a tierra?, pregunta, esas mismas, bueno, hace tiempo que no como de esas, estoy en tiempos de claridad y coherencia, y eso para qué sirve, pregunto, y ella dice que sirve para dejar que el mundo haga ver sus maravillas sin velos soporíferos que se interpongan.
Así dice Patricia, mientras el Bugui algo muerde cerca de los oídos de Camila que se ríe de la mordida y el Jujuy bebe y pregunta que si puede poner algo de música y que claro, dice Camila que puede poner lo que quiera en el stereo, y el pobre Pedro espera a su Gilberto, ya le hablé, dice, como cinco veces y nadie me contesta ni en su casa ni por su celular, algo le pasó, estoy seguro, él no es así, siempre me llama, ¡ay!, ¿qué le habrá pasado?, y el Jujuy pone música electrónica.
Oye Pedro, no te apures, dice el Bugui. Sí, Pedro, no te apures, dice Patricia. Claro, Pedro, no hay pedo, digo yo,  y Álvaro le pregunta que cuánto llevan de pareja y el atribulado Pedrito dice que siete meses, y ah, dice Álvaro, no es mucho, y tú qué haces Pedro, pregunto, soy contador, dice que es contador de una fábrica de tamales, ¿de tamales?, pregunta el Jujuy, sí, de tamales, ¿Qué son tamales?, pregunta Patricia, son bolos de masa de maíz rellenos con distintos guisos envueltos en hojas de plátano o maíz también, le informo, ¿se comen?, comienzo a pensar que la chilena es medio estúpida, y sí, se comen, ¿a poco hay fábrica de tamales?, pregunta Joaquincito, y que claro que hay fábrica, si no dónde trabajo entonces, dice un Pedro molesto, ya hombre, ya, tómate un brandy, dice Jujuy, y está bien, me lo tomo. Salud.

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Matamoscas*

Ilustración: Zertuche Slecht Leven, Aguascalientes, Ags. México. 2012. Iba a sentarme a escribir pero me puse a matar moscas. No ...