miércoles, abril 06, 2022

Matamoscas*


Ilustración: Zertuche Slecht Leven, Aguascalientes, Ags. México. 2012.



Iba a sentarme a escribir pero me puse a matar moscas. No es metáfora: las estoy matando con la sección financiera de un periódico enrollado en forma de báculo ministerial. Son gordas. Negras y gordas. Iba a escribir acerca de un tipo al que le gustaba ponerle limón a las almendras. En verdad no tenía idea de lo que iba a escribir. ¿Por qué escribe uno? La cosa es que se me antojó un café, me paré a la cocina para prepararlo y aquí estoy matando moscas. Cuando pienso "me voy a sentar a escribir", el siguiente pensamiento es "necesito música, café y cigarros", aún antes de pensar en hoja, pluma o historia. En verdad no necesito nada para ponerme a escribir. De hecho, no necesito ponerme a escribir.

Matar moscas es de las últimas oportunidades que nos quedan para ser los cazadores que ya no somos, que fuimos, que deseamos volver a ser. Un pedazo de instinto, de naturaleza elemental; un ejercicio de supervivencia: la postrera cacería de mamuts. El periódico y las paredes se van manchando de pequeñas gotas sanguíneas y patitas; de alas y blancuzcas entrañas. Las aplasto con puntería y precisión. Se siente bien. Es estupendo saber que algo sé hacer bien. Soy un australopitecus con pantalón de mezclilla y barba rasurada que de vez en cuando se sienta a escribir acerca de los misterios de la vida. Simio civilizado con naturales necesidades de matar.

Las moscas no son estúpidas. Saben encontrar lo que buscan. Cosa ésta suficiente para catalogarlas por encima de toda la raza humana. Son persistentes. Brutalmente persistentes. Las mato porque les tengo envidia.

A veces creo tener buenas ideas para ponerme a escribir. Me digo: "esa es buena idea", y dentro de mi cabeza se va tejiendo la historia, la veo transcurrir sin baches, la dejo ser. Pero todo cambia al decir: "me voy a sentar a escribir", porque entonces ya no pienso en la historia sino en el kit: música, café y cigarros. Una buena idea no sirve para nada si no se lleva a la acción. Y la acción siempre lleva nuevas cosas a la idea. Yo no soy un tipo de acción, y, la verdad, ni de ideas. Pero a veces creo tener algunas buenas. El problema es que nunca las he llevado a la acción.

De todas formas puse la taza de café en el microondas. Ahí estaban las moscas. Aquí siguen. Desde mi recámara llegan los pesados acordes de un Rachmaninoff digitalizado. Eso le da a mi cacería un tono señorial. He matado ya media docena y, de alguna forma, las que van quedando se percatan del peligro. Dejan de posarse sobre la mesa, las sillas o la estufa y se esconden en las esquinas superiores de la alacena, hacen gala de sus cualidades para ponerse panzarriba en el techo o de quedarse suspendidas de los eslabones que sostienen la lámpara. O esa otra de desaparecer aquí y aparecer allá, volando en zigzag, lejos del alcance de quien las busca. Mi instinto se agudiza, tomo posturas que mi dinosáurico ordena desde la noche de los siglos. Me quedo quieto, respiro pausadamente, la mirada atenta, el piano en crescendo, en suspenso, listo para atacar. Quisiera encontrar unas de esas inmorales que copulan descaradamente entre los holanes de la cortina, como si mi cocina fuera un hotel de paso o el asiento trasero de un sedán. Son las más fáciles de matar. Creo que cierran sus quinientos ojitos mientras cogen. ¿Qué se dirán? Varias veces he visto que una de ellas sobrevive; es decir, que siguen volando con su apachurrada amante a cuestas, o debajo, pegada. Es terrible. De sólo imaginar que eso pudiera pasarme a mí, que tuviera yo que huir de un asesino con los restos informes de mi pareja (una pierna, media teta, cuatro dientes, sin brazos, tripas colgando) indisolublemente pegada a mi cuerpo... Mato a la que queda por pura salud mental.

¿Por qué escritor? ¿Por qué no, mejor, matamoscas? Es prácticamente lo mismo. Todo es cuestión de técnica y, claro, habilidad. Yo no era tan malo para el tenis, ni para la biología, ni para las viejas. ¿Por qué escritor? Tan mal que me caen los escritores, los pintores, los conceptualizadores. Tan aburrido que me parece hablar de literatura. ¿Por qué no me pongo a vender música, café y cigarros? Cuando me preguntan qué haces y respondo "escribo", es estúpido. Estúpido. Desde ahora voy a decir la verdad: no hago nada, quisiera encontrar trabajo. Soy bueno matando moscas.

Mi sobrina ha llegado y me ayuda en la cacería, se une. He aquí a la tribu descubriendo el trabajo comunal, a dos centímetros de la organización social y los días feriados. Es buena: su estatura le permite ver lo que yo no veo. Las moscas se han apostado en los planos bajos de las cosas. "¡Ahí está!", dice mi sobrina apuntando bajo la mesa. Me agacho: ahí está. Empuño el arma, enfoco a la quieta víctima, levanto un poco el brazo y, en una fracción de segundo, le reviento el cuerpo a la desgraciada. Mi sobrina sonríe. Luego da media vuelta, gira un poco la cabeza, observa, da cinco pasos y vuelve a decir "¡Ahí está!".


¿Quién fue el imbécil que nos sacó de las cavernas?



*Publicado en su libro Matamoscas (Cuento, colección Primer libro, ICA, 2007) (Edición agotada). Y en AltavozInterna y Disculpe las Molestias (Segunda edición).

jueves, enero 09, 2020

Cuando me veas barbón y usando sweater cachemir

Ilustración: Frida Sánchez Ríos Abarca. México, D.F.




Cuando me veas barbón
y usando sweater cachemir
no te acerques
no digas nada
Ando mal.

Traigo caspa en los ojos
Lagañas en las manos
Mocos en la boca
Escurrimientos en el corazón.

Entonces soy el cerebro
cansado de pensar

El alma inservible
del viejo transistor

El perro abandonado
por la niña de labios rojos

Y soy también
todo lo idiota que puedas imaginar.

Cuando me veas caminando
y hablándole a la calle
no te acerques
no me llames
Ando mal.

Se me ocurre matar
a la señora del peinado raro
al estudiante de zapatos blancos
a la muchacha que ríe y ríe y ríe.

Se me antoja morir

a las cinco de la tarde

a las diez de la mañana

el lunes, el martes, el miércoles

y los días de guardar.

Se me olvida tu nombre
tu cara Se me olvida
lo que te dije ayer
cuando te quería.


Cuando me veas sentado
enfrente de tu casa
llama a la policía.
Saca el cuchillo cebollero
Y vigila tras la cortina.

Ando mal
y estoy pensando
en subirme a tu cuerpo
morder tu cabello
lamerte las manos
chuparte la boca
romperte el vestido
y quedarme pegado a ti,
así,
todo el día.

Llama a los vecinos
al presidente de colonia
al diputado Barraza
a los ángeles azules
a san Benito
a san Cuauhtémoc
a san Nicolás.

Llama al imbécil ese que tanto te gusta.

Ando mal
Y estoy pensando.

Cuando me veas leyendo
un libro de forros desgastados
huye despavorida:

Un cadáver exquisito
me está enseñando
a odiar al mundo
con minucia selectiva.

Me está diciendo
que todo se repite
una y otra vez
una y otra vez
una, dos, tres.

Me está poniendo en la cabeza
pájaros moribundos
asteroides destrozados
kilos de ceniza
chapopote burbujeante
y gordas cucharadas
de inanición.

Entonces soy todos los defectos
de la Historia
la garantía vencida
el mes pasado
el agujero a donde se te fue
la risa
el cumpleaños en que nadie
tocó a tu puerta
la sensación de no estar haciendo
algo bueno
con la vida.

Soy algo informe
que te informa
de lo que nunca te querías enterar.



Pero si un día me ves esperando
a que pase un taxi
cerca de la madrugada
y respondo a tu saludo
detente
abre la puerta
invítame a subir
llévame a casa
y platícame sin prisas
cómo es que te va.

Pasaremos un buen rato
recordando aquella vez en que...

viernes, mayo 19, 2017

domingo, diciembre 04, 2016

Julia*

Ilustración: Carol Gómez Pelegrín. Barcelona. España, 2012.
¿Que por qué lo hacíamos? Bueno, ¿por qué siempre tiene que haber un porqué? No sé. Por diversión, supongo. Era fácil, rápido y sin violencia. No robábamos en el sentido estricto del término, era dinero aportado voluntariamente por las personas. Es decir, se daba por perdido, sin aflicción ni quejas, de antemano. Julia y yo tomábamos cada quien una canastilla al momento de las limosnas y pasábamos a lo largo y ancho de la iglesia recogiendo lo que los fieles depositaban siguiendo los dictados de su conciencia. Lo hicimos tres o cuatro veces. Mientras todo mundo fingía inspeccionar los resquicios cochambrosos de su alma y algún jubilado interpretaba alabanzas en un órgano electrónico, nosotros, con Jesucristo resucitado como único testigo al tanto del asunto, retrocedíamos silenciosamente hasta el acceso principal, nos dirigíamos al auto estacionado estratégicamente cerca y un minuto después nos hallábamos con dirección a un centro comercial.

¿Que a quien robábamos era a la iglesia? Puede ser. Pero la iglesia ha bien vivido de limosnas durante más de dos mil años. Nada le pasa por tres o cuatro misas provincianas sin sus billetitos. Aún así, me puedo imaginar al sacerdote en turno que con rostro extrañado, al darse cuenta, preguntara a su rebaño “¿Alguien sabe qué carajos pasó con las limosnas?”

Para entonces nosotros ya estaríamos recorriendo pasillos y anaqueles obscenamente atiborrados de productos útiles, no tan útiles y francamente ridículos. Nos gustaban los almacenes principales, el ambiente artificial de la luz blanca, el orden multicolor (a mí me sigue gustando caminar por entre los pasillos de productos de limpieza; ir despacio y aspirar los aromas mezclados de detergentes, jabones, ceras para pisos, aceites para muebles, pastillas para retretes y abrillantadores de azulejos). Teníamos puntos obligatorios: el mío era la zona de abarrotes donde se encontraban las cajas de cereal inflado y de ahí enfilábamos al segundo punto obligatorio: la sección de juguetería.
Julia era aficionada a los rompecabezas. Le gustaban los de mil o más piezas. Durante el tiempo que estuvimos juntos armó varios de ellos, y ya desde antes, en la sala de su casa, en cada una de las recámaras, colgaban marcos conteniendo el minucioso trabajo de Julia reflejado en figuras estriadas de paisajes, mapas antiguos y pinturas famosas. Tenía esa serenidad, esa mirada fija que no incomodaba porque, acostumbrada, percibía un todo en el mínimo detalle, abarcaba con un gesto las posibilidades de armado de cualquiera, pero sin frialdad, como velada por una luz difusa, atenta y perdida al mismo tiempo.

¿Necesidad? No, no era por necesidad. Ambos vivíamos bien. Ella mejor que yo y yo no me podía quejar de mi vida regalada de hijo de buena familia. El auto en que nos movíamos era del papá de Julia. Ella contaba con tarjeta de crédito para sacar dinero en el momento que se le antojara y yo con la paternal donación de uno o dos billetes, suficientes para los gastos de un par de pubertos de dieciséis años un día martes cualquiera. Lo de las limosnas se nos ocurrió así nomás. Un domingo nos estacionamos frente al atrio de una iglesia a comprar hot dogs y, mientras comíamos, vimos a un señor chaparrito que dentro del templo iba sosteniendo una charola llena de monedas y billetes.

- ¿Crees en Dios? – me preguntó Julia.
- Yo sí – contesté - . Lo malo es que él no cree en mí.
- ¿Cómo cuánto dinero sacarán al día?- preguntó nuevamente.
- Supongo que hoy ganan lo de los restantes seis días. No sé. También depende de dónde esté ubicada la iglesia.

Julia me vio con esa mirada fija, recorrió mis contornos en un sólo movimiento. Y así fue. Nos quedamos en silencio pensando la misma cosa.
Una hora después pasamos frente a una capilla del centro de la ciudad y lo hicimos.

*

Puedo decir que la conocí porque era hermana de un amigo de la infancia al cual, después de varios años sin verlo, volví a tratar; que un día fui a su casa invitado a comer por él y que vi por primera vez a Julia, arrodillada en la espaciosa tranquilidad de su habitación, con una pieza de cartón azul entre sus dedos. Frente a ella, en el piso, un rompecabezas de dos metros de largo que iba mostrando los detalles de un paisaje boscoso; que la luz de la ventana besaba el perfil de Julia descalza; que se acomodó el pelo tras la oreja, suspiró, y su trozo de cartón azul embonó naturalmente en el cielo. Puedo decir que lancé miradas furtivas hacia ella durante toda la comida; que ella permaneció en silencio, al tanto de mi insistencia; que en algún momento sentí la sobrecogedora liviandad de su mirada y eso me hizo tartamudear al responder no recuerdo qué. Puedo decir cualquier cosa; Julia y yo teníamos que conocernos de cualquier forma. Ese día estuve esperando el momento en que su hermano se desentendiera un rato de mi presencia y me dirigí sigilosamente hacía donde la vi por primera vez. El rompecabezas descansaba sobre el piso y ella también.

- Hola.

Además de Berta, la señora que les ayudaba, rara era la vez que había más gente en su casa. Y Berta parecía tener siempre mucho quehacer dentro de su cuarto en la parte trasera. Nos pasamos tardes completas echados sobre los muebles de la sala, armando nuevas imágenes o fumando en el jardín o besándonos en todas las recámaras. Nos gustaba la misma música y podíamos recorrer las horas desde The Cure hasta Tchaikovski. Nos preparábamos sándwiches que nunca nos terminábamos o sacábamos botellas de coñac de la cava de su padre; nos íbamos en auto hasta una carretera a orillas de la ciudad y bebíamos el coñac con refrescos tibios en vasos desechables. Todo el tiempo reíamos, todo el tiempo peleábamos, todo el tiempo nos reconciliábamos y podíamos estar en silencio absoluto durante ratos muy prolongados, sin incomodarnos, viendo crecer a la ciudad allá abajo, mientras la noche caía.

Pero siempre hubo algo que me dejaba intranquilo: Julia tenía continuamente golpeadas partes de su cuerpo; los brazos y la espalda eran una sucesión de moretones y costras, al igual que las piernas y los tobillos. Las primeras veces que nos acostamos (en una casa que antaño pertenecía a mi familia y que por esos días permanecía inhabitada), ella trataba de ocultar aquellas marcas abrazándome con fuerza, impidiendo moverme. Cuando ya no pudo ocultarlo más, le pregunté cómo se había hecho aquello. Inventó una caída desde las ramas de un árbol en el jardín de su casa. Le pregunté que qué tenía que hacer ella sobre las ramas de aquel árbol y Julia aseguró que siempre le había gustado subirse a las ramas de los árboles. Le pregunté que si había rebotado de espaldas y luego había caído de frente, porque tenía ambas partes del cuerpo lastimadas; fingió enfadarse y dijo que no era nada, que no importaba. No insistí, pero cuando nuevamente hallé partes de su cuerpo golpeadas ya no hubo árbol imaginario que la sostuviera en sus ramas.

- ¿Te golpean en tu casa? – le pregunté al ver la ambarina silueta de unos nudillos dibujados en su espalda.
- No, ¿por qué piensas eso?
- Julia – dije revisando las marcas -, estos son golpes de alguien más. No podías habértelos hecho tú sola. Dime, ¿quién te golpea?
- Nadie .
- Es tu papá, ¿verdad?
- ¡Claro que no! – gritó exaltada.
- ¿Tu mamá? ¿Tu hermano?

Ella quedó en silencio. Me abrazó y recargó su cabeza en mi pecho, como si quisiera escuchar claramente mis latidos. No lloraba; respiraba tan pausada y hondamente que creí que se estaba quedando dormida. La separé un poco y la interrogué con un gesto.

- Los dos – contestó casi en un susurro.
- Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué dejas tú que lo hagan?
- No sé –dijo-, siempre me han pegado.

Imaginé aquella casa residencial con jardín, alberca y cinco autos en la cochera; aquella casa en donde vivía Julia con su hermosa familia, que guardaba demonios en el closet y era bienvenida en casas de otras bellísimas familias con roperos endemoniados.

No me dejó volver a interrogarla, ni hacer algo al respecto. A mi se me ocurría ir a levantar una demanda, pero primero romperle la cara al imbécil de su hermano y dejar muy asustada a la infame vieja. Nunca hice nada. Julia me convencía de que sería peor, porque lo único que conseguiría era que la mandaran de nueva cuenta a un albergue fuera de la ciudad y que yo me metiera en problemas con su familia.

- ¿Cuándo estuviste en un albergue?
- Hace unos años.
- ¿Por qué?

Ya no me preguntes. No quiero hablar de eso.

*

Nunca lo volvimos a hacer en domingo. Las siguientes veces fueron en días de entre-semana. Las iglesias estaban menos llenas y la gente más atenta a lo que ocurría en el altar. A veces fallaba, porque en algunos templos los encargados de recoger limosna eran los mismos capellanes o gente que se la vivía en olor a santidad y no permitían que nadie les usurpara su función litúrgica. Procurábamos encontrar lugar en las bancas cercanas al púlpito y escuchábamos con devoción casi mística la palabra de Dios. Al momento preciso nos ofrecíamos para levantar la colecta; estábamos al tanto del organista y nos apresurábamos a terminar el recorrido antes de que él llegara a los últimos compases de la salmodia. Podíamos escuchar el correr de la sangre del otro cuando, con una sola mirada, indicábamos el momento de la retirada y de un instante al otro nos hallábamos en un exterior sin santos que vigilaran las conciencias.

La casa deshabitada se fue llenando de objetos que compramos con el dinero episcopal. Además de cajas de cereal y rompecabezas extendidos por el suelo, había miniaturas de ranas jugando póker, almohadas y cojines de todos los tamaños, mantas estampadas, ceniceros de madera, un colchón usado y bastante cómodo, botellas, canicas, un ejército de animales inverosímiles hechos de plastilina, revistas, gorros, lentes, vasos y platos de plástico, velas (la casa no contaba con luz eléctrica), palillos chinos, una ouija, lápices y cuadernos llenos de dibujos y frases. Compramos una reproducción de la Judith de Klimt y la colgamos en la recámara en la que pasábamos más tiempo…

¡Nos casamos con ese dinero! El abuelo de Julia padecía de una punzada en el pecho que lo atormentaba desde tiempo atrás, haciéndole incómodo hasta el respirar. Era un señor bajito y moreno, de bigotitos blancos, que hablaba muy lento y mantenía una mueca que a veces parecía de alegría y a veces de dolor. La única vez que lo vi fue aquella en que Julia y yo lo acompañamos con una curandera de un pueblo cercano a la ciudad. El abuelo ya había recorrido consultorios médicos, salas de espera, estudios sanguíneos, auscultaciones minuciosas, honorarios estratosféricos y resultados nulos. Ahora decidía recurrir a los conocimientos rústicos de una yerbera que nos recibió en su propia casa, fresca y oscura, en la que colgaban de las paredes cuadros religiosos, rosarios, crucifijos y un aroma indefinible que cubría toda la estancia, haciendo más profunda la impresión de entrar a un sitio en el que el tiempo había hallado un remanso en el cual no transcurrir.

La mujer tenía unos cuarenta años y una niña, tal vez su hija, le ayudaba en todo el ritual de sanación. Vimos cómo la curandera pasaba un huevo por todo el cuerpo del abuelo mientras rezaba padrenuestros y regaba un líquido hecho a base de alcohol por toda la casa con un bote atomizador. Después balbució unas cuantas frases mientras acariciaba el rostro del abuelo, y por fin rompió el huevo dentro de un vaso transparente que nos enseñó a todos para que viéramos el ojo negro que había salido revuelto con la yema.

- Mal de ojo – dijo con autoridad -. Alguien te está lastimando, alguien que te envidia. Te voy a dar una limpia y vas a tener que regalarle una rosa blanca a toda la gente que conozcas. Después vienes otra vez y me invitas a comer al restaurante más caro que encontremos.

Cuando hubo terminado de decir sus últimos rezos, ordenó a la niña llevar al abuelo a un cuarto aparte. Luego, se dirigió hacia nosotros y nos vio con una especie de simpatía mercantil.

- ¿Son esposos?- nos preguntó casi ingenuamente.

Reímos de la ocurrencia y la sacamos de dudas.

- No, no somos esposos.
- Si quieren los caso – propuso con un brillo en la mirada.

El abuelo estaba recibiendo los vapores de un montón de hierbas y la idea de un matrimonio como aquel nos gustó de inmediato a los dos.

- ¿Qué se necesita? – preguntó Julia.
- Sólo un macho y una hembra – contestó la mujer sonriendo.
- Está bien – dije -. ¿Cuánto cuesta?
- Eso depende de lo mucho que se quieran – respondió la bruja.

Un día antes habíamos visitado la capilla del Perpetuo Socorro y nos quedaban cerca de cuatrocientos pesos.

- Denme sus dedos gordos – ordenó la mujer.

Juntó las dos falanges y nos anudó con un listón púrpura. Después tomó un cuchillo, lo bañó con aquel líquido de antes, recitó un listado innumerable de santos y bendiciones y de un solo movimiento nos cortó la punta del dedo amarrado, presionándolas heridas. Julia y yo nos vimos a los ojos más sorprendidos que divertidos, hasta que la bruja por fin nos liberó del amarre y puso sus palmas abiertas sobre la cabeza de cada uno. Abrió los ojos, nos palmeó como a perritos y nos felicitó.

- Son una buena pareja – dijo como final a su representación.

Regresamos con el abuelo milagrosamente recuperado y gotitas de sangre manchándonos los dedos. Éramos marido y mujer. Paramos en una florería para que el abuelo comprara dos docenas de rosas. Nos regaló una a cada quien y después de dejarlo en la puerta de su casa, nosotros fuimos a la nuestra para consumar la unión y armar rompecabezas hasta la media noche.

*

Habían pasado ya muchos días desde la última vez que recolectamos limosnas. Aquella tarde era especialmente tediosa, el calor llevaba a nuestras bocas pequeñas gotas saladas y el silencio, anteriormente gratificante, era una bruma enrarecida ocultándonos a los dos. Julia resoplaba, sentada sobre la alfombra del cuarto y su mirada divagaba sobre la imagen de Judith, perdida, buscando nada. Yo volví a poner sobre mi rostro las hojas de una revista abierta, buscando algo de frescor. El zumbar de una mosca moribunda venía desde algún resquicio de la ventana y un cielo espeso exhalaba lentas bocanadas de sol. El limbo olía a polvo amontonado.

Así pasa ¿no? Un día estás bien y al otro ya no estás. De forma sutil los escenarios van perdiendo color ante los ojos de quienes los frecuentan, hasta que un día no son más que un montón de tablas húmedas por el rastro de todas las horas exprimidas sobre ellas. Las semanas transcurrían sin muchos cambios en sus eslabones y de pronto nos encontramos rehuyendo la compañía del otro...

- ¿Sabes qué me gustaría hacer?- dijo Julia de repente.
- ¿Qué? – pregunté yo más por reacción que por interés.
- Largarme de aquí, de esta ciudad, de esta gente.
- ¿Y a dónde irías? – le pregunté de nuevo más para seguir una lógica que para compartir un deseo.
- No sé, cualquier lugar es mejor que esto.

Creo que ahí fue cuando todo acabó. La idea de largarse a cualquier lugar nos asalta a todos de vez en cuando, pero el tono del “esto” en la última frase de Julia… Sí, yo también pensaba que cualquier cosa sería mejor que eso.

Ahora, después de tantos años, sé que lo que Julia y yo hacíamos en realidad en ese entonces era aprender. Aprender a mezclar las dudas con las certezas, los hechos con las promesas, los silencios con las carcajadas, el amor con la costumbre; aprendíamos a soportar el reflejo de nuestras carencias en los ojos de otro.

Entonces salimos de la casa con rumbo directo a la catedral. Ni en el camino, ni dentro del templo nos dirigimos la palabra. Tomamos las charolas y lo hicimos por última vez.

Al salir de nuevo, nos quedamos suspendidos en un gesto.

- Adiós, Julia – le dije entregándole mi charola.
- Adiós – contestó ella entregándome la suya y se dirigió lentamente hacia el automóvil.

La vi dar vuelta en una esquina. El calor era insoportable y me quedé largo rato a la sombra de un árbol en un parque sin nadie.

*

Hoy que volví a verla es que recuerdo todo esto. Tiempo después de aquello supe que Julia se había ido a vivir a otra ciudad donde estudiaba algo relacionado con el arte. A su hermano me la encontraba de vez en cuando en distintos lugares pero jamás crucé más de tres palabras con él; los golpes, sus sinrazones, me seguían doliendo. De vez en cuando algún amigo me decía que la había visto en un restaurante, en una galería, en un bar, en cualquier parte y yo disimulaba un tono de indiferencia al preguntarles el cómo se veía, qué les había dicho, con quién iba. Pensaba en ella como se piensa en la vida: poco y por momentos muy breves.

Luego acabé la escuela, mi carrera, conseguí trabajo, conocí a mi mujer y ahora mi hija aprendía a leer. Como todos los domingos la llevé conmigo a hacer las compras de la semana. Volví a tardarme más de lo necesario en el pasillo de productos de limpieza y pasamos por el cereal antes que por las frutas, la carne o las verduras. Ya formados en la fila de una caja registradora, mientras hojeaba un folleto, alcé la vista y reconocí de inmediato a Julia formada unos pasos adelante, en una de las cajas a mi lado. Mantenía esa indefinible presencia, ese halo de serenidad y firmeza en sus movimientos, esa mirada honda y hundida al mismo tiempo. La vi colocarse el pelo tras la oreja y una sonrisa me atravesó el rostro. Estuvimos unos minutos a la par, separados por pequeños refrigeradores y anaqueles. Yo no podía más que seguir observándola, intuyendo su aroma.

Cuando al fin de muchos años, personas, lugares, derrotas, canciones, películas y accidentes, cuando después de pasar de todo lo que tiene que pasar ella volteó y nos volvimos a ver, Julia y yo le dimos nuevamente al silencio su función traductora. Ella puso sus cosas sobre la banda móvil, pagó y tomó sus bolsas. Yo hice lo propio y al salir del autoservicio, con mi hija sentada dentro del carrito, Julia se acercó sonriendo con una caja entre las manos.

- Dile a tú papá que te ayude, es bueno con estas cosas – le dijo, le entregó la caja, me sonrió, asentí y nuevamente se marchó.

El rompecabezas es de tres mil piezas.


*Publicado en su libro Matamoscas (Cuento, colección Primer libro, ICA, 2007) (Reeditado por Disculpe las molestia).

domingo, abril 10, 2016

Mujeres en cortometraje

Un cortometraje de Enrique Salazar y Christian Luna basado en el cuento de Fernando Paredes.




Julia siempre en cortometraje

Un cortometraje de Enrique Salazar basado en el cuento de Fernando Paredes.




sábado, abril 04, 2015

Me he topado con cientos de "eróticas", miles de "revolucionarios", multitudes de émulos de Bukowski, "poetas" por millones...

(Intervención en un foro de La Página de los Cuentos con su nick monico-escritor-neurotico)











veamos:

monica-escritora-erotica es, para mí, una total desconocida;

nunca he tenido ganas de acercarme a su obra precisamente por su nick (y por algunos de sus títulos, además)

me importa un bledo que todos sus amigos cibernéticos me amenacen como cuando estaba en secundaria y me decían "vas a ver a la salida";

es patético ver a tantas personas involucradas sentimentalmente con sus computadoras, con letras y fotografías.


mi nick es una broma, sí, pero hacia mí mismo; hace referencia a esos instantes, días, semanas, en los que el mundo todo parece eso: una gran mierda llena de neurosis y odio.


ha sido muy interesante ver cómo reaccionan ante tremenda idiotez (y me refiero al texto) una cantidad de pseudoescritores conscientes y correctos, ingenuos hasta el tuétano, pretenciosos e ignorantes.

en dos años que llevo participando en este foro me he topado con cientos de "eróticas", miles de "revolucionarios", multitudes de émulos de Bukowski, "poetas" por millones y muy muy muy muy muy muy pocos escritores.

yo no tomo este espacio para chaquetearme con fantasías de grandeza literaria:
los escritores de veras no se la pasan frente a sus computadoras o redactando sus más míseras minucias; viven, lo viven todo, todo lo procesan, lo olvidan luego y con sus residuos crean grandes obras.

acá parece un inmeso y multiforme (deforme) diario íntimo de una multitud de gente sin vida, sin cultura y sin alguien real con quien platicar.

creo que fue maravillas quien me recomendó las Obras Jocosas de Quevedo;
cosa que le agradezco y refirmo su muy buen gusto: desde el Buscón a palos hasta su poesía seria, Quevedo es un maestro interminable.


cosas como las que ayer me comentaron ("lo que uno tiene que soportar aquí"; "eres un hijo de puta"; "es una vileza") no sólo no me molestan sino que hasta me divierten.


le respondo a buenaonda: buenaonda, también tú con ese nick me das una hueva tremenda. Y ya, no mereces más comentarios.


una cosa me parece interesante además: comprobar que acá lo que llama a los "lectores" (¿se le puede llamar "lector" a quien rehúye los textos de más de mil palabras cuando un texto impreso cualquiera, un cuento pequeñito de, digamos, Kafka, tiene cuando menos cinco mil?) no son más que un montón de camarillas y acomodaticios productos de la informática y la hueva mental; recibí más visitas que muchos de los que escriben obras de un interés más profundo, y en menos de tres horas mi texto se llenó de visitantes, comentarios y estrellitas:

son ustedes unos idiotas.

ni escritores, ni lectores, ni nada.

y me refiero solamente a quienes siguen creyendo que de aquí despegarán al Nobel o a la editorial que los hará más conocidos que García Lorca;

enfréntelo: aquí no van a pasar de ser un nick "amigo" de otros nicks, ni van a aprender lo que todo buen escritor debe aprender: trabajar su obra como un alfarero, como un arquitecto o cirujano: trabajar la inspiración hasta que el trabajo inspire.

y exagero, porque he hallado no uno ni dos o tres, sino varios más que tienen una calidad fuera de dudas; gente que no "vota", con el prejuicio mínimo que deja el buen sentido del humor y la inteligencia suficiente como para comprender que aquí, en la página de los cuentos, sólo se trata de conocer reacciones y después olvidarlas.



en fin,
espero que me sigan divirtiendo.





besitos y estrellitas para todos.

viernes, agosto 29, 2014

Un día de estos

Un día de estos es el libro autografiado por Salvador Gallardo Topete (el hijo). Textualmente dice: "Para Fernando Paredes con el afecto naciente para una amistad duradera. 19 de Enero 2012."

La anécdota que he de contarles es que Don Salvador Gallardo escribió esta dedicatoria en dicha fecha en espera de poderle entregar a Fernando su libro tan pronto se volvieran a ver. Ese día no llegó. Supo de su fallecimiento en el bachillerato donde el Maestro da clases mientras leía como de costumbre su periódico. Luego yo personalmente me contacté con él y así fue como me entregó a mí este libro autografiado. Lo que más recuerdo de esa charla que tuve con él es que me dijo: Sentí la muerte de Fernando como si se hubiera tratado de la de mi hijo. Fin de la historia.



lunes, diciembre 09, 2013

Todos fuimos Hugo Sánchez (I)


    



 Los miércoles descanso. El resto de la semana me pongo los pantalones y los calcetines verdes perico y la playera amarillo mango manila; espero a que Don Carmelo llegue con sus quince cabellos despeinados como patas de araña vieja, de Che Araña bailando tango sobre la brillante pista de su cráneo asoleado, salpicado de pecas-lunares; veo cómo, otra vez, se esculca en todas y cada una de las bolsas de su ropa, buscando el llavero en forma de sirena, el de la llave de la puerta, la cuadradita, la que abre así, cric-cric-crac. Entonces don Carmelo llega despeinado, sale del auto cargando las bolsas con naranjas, jitomates, cilantro, cebollas, limones, servilletas, llega y tengo que ayudarle con el bolserío y quedarme así, cargando el montón, mientras él busca en su chamarra, en las de su playera, en las de su pantalón, abre la bolsita en la que siempre carga calculadora y notas de remisión; nada, ahí tampoco nunca hay nada; don Carmelo comienza a bufar, no está molesto, sólo bufa. Porque con tremenda panza, calvo, desmañanado y en busca de su sempiternas llaves, las de la sirena de madera que dice Mazatlán, y yo lo veo y le digo que están pegadas en la cajuela, y eso es evidente porque la cajuela está abierta, siempre está abierta, y se puede ver el manojo de llaves pegadas en la cerradura, colgando, con la sirenita bailando en el acantilado. Entonces, cric-cric-crac.

Entonces cric-cric-crac. Llega la seño Malu cuando yo ya estoy juntando montoncitos de basura, los junto y los echo en el recogedor, los junto con la escoba y la seño Malu me dice buenos días, buenos días seño Malu, buenos días don Carmelo, buenos seño Malu, porque don Carmelo ya pica papas, puso a hervir agua, despepita los chiles, saca jugo de las piedras, desflema cebollas y garganta, pone sal, todo al mismo tiempo, con sus quince cabellos grises y largos danzando la danza de los siete velos mientras yo junto montoncitos de polvo, papelitos, cenizas, colillas. Seño Malu ya se puso el delantal y la cofia verde perico con vivos en mango manila, hace todo lo que hacía don Carmelo, pero seño Malu lo hace bien, le queda sabroso. Y así somos tres: Don Carmelo es el dueño de Hamburguesas La Curvita, seño Malu es su cocinera y yo soy vicepresidente corporativo de la empresa en funciones de mesero.

La Curvita se llama así porque se halla justo en el reborde de una curva callejera; ahí está, con su fachada verde perico y su interior mango manila; con sus mesas verde perico y sus sillas mango manila; con su baño con lavabo verde perico y escusado mango manila. Ahí está, luego-luego se ve, ni modo que no.

Cuando ya no hay más montoncitos que juntar, entonces dejo la escoba y paso un trapo húmedo por las mesas, por las sillas, por las vitrinas que al rato van estar sudorosas del vapor de los guisos de seño Malu, porque lo de las hamburguesas es sólo la especialidad, también servimos tacos, tortas, platos de deshebrada, chicharrón verde (a veces perico, a veces no), chicharrón rojo, papas guisadas, huevos revueltos, frijoles, nopales, arroz, flan napolitano, chongos zamoranos y café, todo caliente, soltando vapor, por eso de una vez paso el trapo y luego lo paso por los cristales del refrigerador y don Carmelo abre la caja registradora, quedándose así, sentado en el banquito negro, con la panza tocando la parte delantera de la caja, hasta que sea hora de cerrar, cuando vuelva a buscar a la sirena mazatleca – está vez encontrándola inmediatamente en el cajón de las llaves (¡ah!) – y seño Malu me diga buenas noches, buenas noches seño Malu, buenas noches Don Carmelo, buenas seño Malu, porque don Carmelo ya estará dando vuelta a la llave cuadrada y cerrará así crac-cric-cric.

Así: crac-cric-cric. En el camión de regreso siempre me toca el aplastadero, el arrimadero, la cámara de gases, el sudor obrero, la menstruación secretarial, los efluvios secundarinos, los hedores senectos, ni dónde sentarse, y mejor así, al que se sienta le toca su embarrada de virote, su dosis de entrepierna húmeda, su calzoneada. Algo pasa: la gente no se inmuta, la mayoría ni siquiera abre las ventanillas, las cierran, quieren ir calientitos, tibios-tibios.

Entonces me bajo del camión y camino dos cuadras, tres a veces, depende del hornazo. Camino y llego, me meto al cuarto, me quito los pantalones, los calcetines y la playera, dejo pedazos de perico desplumado y cáscaras de mango por el suelo de mi cuarto. Me meto a bañar, me tallo, salgo con toalla sujeta a la cintura, me tiro sobre la cama, busco el control remoto y enciendo la tele, las noticias. El cabello me escurre agua, gotas que a veces llegan a mis labios, y bebo, saben a jabón. Nunca sé de qué hablan en las noticias. Sí sé, pero no entiendo. Sí entiendo, pero no comprendo. Hay que estar informado, tener opiniones políticas, saber a cómo está el dólar, estar a favor o en contra de cualquier cosa, ser un ciudadano. Luego me quito la toalla y me pongo los pants verdes (botella, nada que ver) y abro la cajita de porcelana, la cajita china, (la que fue de mi abuela, en la que mi abuela guardaba nunca he sabido qué, yo nomás la agarré el día que fui a verla y vi cómo era estar muerto, la agarré de su tocador con luna redonda y estaba vacía, blanca y fría, besé la frente de mi abuela y guardé la cajita en mi pantalón), y saco una pastilla, una pastilla rosa. Me como la pastilla, la muerdo porque no sabe mal, sabe como a tierra con pedacitos de mineral, como a tierra de mina, como a suela de minero, no sabe mal. Me la como y cinco minutos después vuelo.

Están buenas las pastillas éstas. Se las compro a Joaquincito, el hijo pintor de Don Carmelo; pintor de pincel y modelo, de los que hacen cuadros, pintor de los que se dicen artistas, el marihuano de Joaquincito; y no es que yo diga que todos los artistas – y sobre todo los pintores – sean marihuanos (el tipo más marihuano que conozco es dentista, le arregló las muelas a mi papá),  pero Joaquincito sí es muy marihuano. Cuando fui a una exposición de las suyas vi que además de marihuano es muy mal pintor. Pero bueno, cada quien. Los que estaban ahí decían que las pinturas estaban conceptualmente ligadas a los movimientos de vanguardia y reflejaban la búsqueda de un lenguaje propio sin abandonar los lineamientos de los últimos buceadores de la expresión humana o algo así decían, pero creo que también había mucho marihuano por ahí o tal vez habían masticado pastillas rosas, de las que vende Joaquincito y sólo soltaban palabras sin pensar realmente en lo que decían y así decían todo aquello que yo nomás no atinaba, no encontraba en dónde podría estar todo lo que veían en esos cuadros, ni cuando me comí yo una pastilla pude saber. Así que me comí una pastilla, la primera, en esa exposición. Joaquincito me la dio y me echó todo un sermón acerca de las posibilidades creativas y re-creativas de tan singular chocho; me lo comí y vi los cuadros más feos de mi vida.
Al otro día ya no me las quiso regalar, me dijo que costaban veinte pesos cada una, mi chavo.

Entonces abro mi cajita de porcelana y me como una pastilla. Tengo un disco que me gusta para cuando mastico pastillas rosas, uno con la portada totalmente blanca, con treinta canciones, uno de los Beatles, el que trae la de Long, long, long. Me gusta escuchar esa canción mientras mastico la pastilla y siento cómo aún no termino de secarme, la espalda pegada con agua en la sábana, lo arrugado que se ponen los dedos de mis pies, los Beatles tocan y a mí me gusta sentir cómo mi cabeza se pone pesada y el aire se pone pesado y los huesos se ponen pesados y los ojos ya no ven lo que deberían ver porque para ese entonces los ojos ven para adentro, para el lado equivocado, y  me gusta ponerme a pensar en lo que siento y sentir lo que pienso, porque pienso que no se puede estar así a todas horas, con una pastilla rosa en la sangre, y es una lástima, porque mientras el día no termina de acabarse y el uniforme y las mesas y los montoncitos de basura se acumulan silenciosamente en los rincones de siempre, no hay tiempo para pensar, no hay tiempo para ponerse un pants y tirarse a escuchar Long, long, long, no hay tiempo ni ganas, porque las ganas son también importantes. Por ejemplo: uno no siente ganas de levantarse los jueves y los viernes y los sábados y los domingos y los lunes y los martes y ponerse los pantalones verde perico y treparse a un camión atascado y ver a Don Carmelo buscarse las llaves y decirle buenos días a seño Malu y barrer y dar un trapazo y recoger platos y trapear lo que se ha caído y hacer cuentas y recibir quejas de una mesa y a veces estar nomás ahí, así, con cara de menso, ni siquiera moscas que ahuyentar, ni un papelito que barrer, ni un cliente y sus tres pesos de propina. ¿Cómo alguien va a tener ganas de hacer eso? Entonces me pongo a pensar en cómo es que todavía ando uniformándome y atendiendo mesas, cómo es que no he podido salir de eso. Porque, veamos, no está malo eso de ser mesero, se gana bien, no tengo ningún gusto caro. Pero también está malo eso de ser mesero cuando se puede ser cualquier otra cosa. Yo podría ser pintor como Joaquincito. Pero tal vez yo sería mejor pintor, porque a Joaquincito lo mantiene don Carmelo; lo del negocio de las pastillas sólo sirve para que él pueda pagar las que consume y así se pone a pintar, hacer eso que luego dicen que no se qué, no se cuánto, los otros comedores de pastillas, artistas todos y yo no tengo amigos de esos que cuando ven un cuadro mal pintado, feo, mal hecho, digan que se puede percibir un halo de pureza en las líneas y una asombrosa profundidad expresiva en la composición; entonces yo pintaría bien aunque nadie dijera nada de nada. Algo pasa: mientras tengo dinero en la cartera el mundo se detiene de una forma tediosa, ya sé en lo que se va a gastar, lo que tengo que pagar, lo que falta en la despensa o en el ropero o en la cajita de porcelana y así no tiene chiste, el dinero se va siempre por los mismos conductos y deja de tener sentido lo de la oferta y la demanda y cuando no tengo un clavo es al revés, las cosas se mueven desparpajadas, sin mapa, sin saber qué pasará o a quién se recurrirá, sin importar siquiera eso, porque al no tener ni lo del regreso no importa a dónde se vaya ni con quién se vaya ni lo que se vaya, al cabo uno no paga. Y esos pensamientos son los que, caigo en la cuenta, hacen que siga uniformándome sin importar que pudiera no hacerlo, porque a fin de cuentas no pretendo más que poder llegar a mi cuarto y bañarme, tallarme, tener algo en la cajita de mi abuela y poder escuchar Long, long, long mientras termino de secarme.

Termino de secarme sin darme cuenta, me quedo dormido, me voy y no vuelvo hasta al otro día. A veces es miércoles, pero por lo común es cualquier otro día.


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jueves, noviembre 07, 2013

Hoy que cumplo 30 años


07.11.2007









Hoy que cumplo 30 años creo que es tiempo de reflexionar profundamente
acerca de mi accionar en este mundo profano y singular:

La vida se me ha ido como pedo de ancianita adormecida, entre los
compromisos siempre rotos del reloj checador, la fecha importante y los
honores a la bandera. No ha sido mi efigie la mejor entre todas las
posibles, pero de nada serviría ahora ser un eco dentro de las
botellas que ya no están para apaciguar esta sed de rana en el
desierto. Ciertamente he sido bendecido por caricaturas japonesas y
lumbagos repentinos, con la gracia del verbo diarrea y la grafía
grifa que a tantos minutos han puesto de rodillas nomás pa pedir al
cielo un pedacito de nube. Tonto sería si no comprendiera ahora la
forma correcta de llenar un crucigrama dominguero o refutara la
manía de los canarios vespertinos. Aunque, debo confesar, las
niñas de catorce años me siguen provocando incontrolables
ganas de ser elástico, poderoso y con cara de adolescente bilioso.
Ya no más rocanroles aullados a las tres de la mañana: desde
ahora puro Denisse de Kalaffe o Dyango (y ya muy loco, Miguel Bosé).
Por eso, cuando el calendario me ha dicho: "Te jodiste,
compañero", he servido un poco de brandy en mi cereal de
bomboncitos, y he brindado a cucharadas por cada uno de los veintinueve
años que se me han ahogado sin remedio.

Iré, entonces, a fumarme un churro inmenso, gordo y obsceno,
sólo para confirmar que las articulaciones ya ni pueden cantar, ni
los mariachis callar, ni las estrellas pedorrearse como antaño,
otrora, tambora, píldora, Dora la exploradora, señora de las cuatro
chichis, chúpeme un poco de tristeza y véngase pa'cá.
Yo soy soy quen soy y no me parezco a naiden. Ni a Neison, ni a Tayson, ni
a Maikol Naigt.

Hoy, sí, voy a cambiar mis discos de Hendrix por los de Lupita
D'Lessio; mis libros de Grass por la colección de la revista
Cristina; mis películas de Fellini por la copia pirata de las de
Iñárritú; y mis amigos por un grupo de
recuperación anal.
Borraré todos esos cuentos que he escrito sin conciencia de lo que
hacía y dedicaré mis horas a la alabanza del único
dios verdadero: Tezcaltipoca.



Pero antes, henchido de orgullo marciano, límpido como lente
holandés, claridoso y bienaventurado como los grillitos que tragaba
Juan San Bautista, aéreo como bolsa de súper vacía,
honesto como recién nacido, parco como carretera libre, justo como
balanza de mercado popular, invito a todos ustedes a que chinguen a su puta
madre y brindemos en mi honor.


Salucita de la buena, pues.

jueves, mayo 30, 2013

No somos posmodernos sino hipernoséquéchingaos


Contestaciones a un cuestionario que le solicitó su amiga Julieta Barros.










  1. ¿Qué es para ti el arte contemporáneo?
Lo primero que pienso como respuesta es: una mierda.
Lo segundo, creo que al arte de ahora le sobra discurso y le falta obra; se privilegia al concepto sobre el trabajo. En ese sentido, no es más que el reflejo de la época… como todo arte. Y esta época es efectista, consumista, apática, cínica y de relumbrón. Saturados de información pero pobres de conocimiento. Posmodernismo le decían, porque ya no somos posmodernos sino hipernoséquéchingaos según algo que leí hace poco. Y ahí está: ismos, neos, hipers. Marketin, pues.  El artista ya no es un loco atormentado sino una empresa en movimiento.


  1. ¿Cómo se refleja la época y el pensamiento posmoderno en el arte?
Así, creando obras que se ven bien,  perfectamente a la moda y, sobre todo, vendibles. Lo curioso es que ahora se venden hasta los orines.


  1. ¿Qué opinas de todas esas piezas que a primera vista parecen ocurrencias o absurdos, o de aquellas que necesitan páginas y páginas de justificación teórica para tener validez?
Me gustan los títulos que les ponen: Introspección 1; Introspección 2… o, “de la serie Ambivalencias”. Muy ocurrentes.


  1. ¿Cuáles crees que sean los valores que guían al arte hoy?
Los monetarios.


  1. ¿Hay artistas mexicanos que entren dentro del discurso global que se maneja actualmente?
 Es que todos entran ya; desde Chabelo hasta Toledo.  


  1. En el asunto de la difusión del arte, ¿encuentras algún problema? ¿Cuál? Y ¿a qué crees que se deba?
Sí, encuentro que no hay tal difusión. Y eso se debe a que el Estado es quien sustenta al arte en este país y quienes se encargan de la difusión, la promoción y los apoyos, son burócratas. A las distintas dependencias se les asigna una cantidad equis de dinero que tienen que gastar en el lapso de un año. El cómo lo gastan es un misterio insondable. Porque les sueltan buena lana. Como dato nomás: el 60% del presupuesto federal (el dinero que el gobierno reparte a los todos estados) se va en los salarios de burócratas. Y podrán poner al artista del siglo en la dirección pero el aparato sigue funcionando igual: lento, torpe y discriminatorio.

Pero también creo que los artistas tienen más culpa todavía. Porque quienes deberían de estar promocionando su obra, buscando espacios, apoyos públicos o privados son ellos mismos. Muchos esperan la exhibicioncita, la bequita, o ya muy optimistas, la fama instantánea. Que los hay. Y luego ellos son los que acaban trabajando para el gobierno.

Ya me estoy proyectando…



  1. Realmente ¿qué lugar ocupa el espectador en el arte actualmente?
El del ignorante.



  1. ¿Qué piensas del mercado del arte cuando lo que se está mercando son piezas conceptuales?
A ver, una silla es conceptual, un vaso es conceptual, un cenicero, un escusado, un par de zapatos... Los huevos de gallina son conceptualmente cabrones, multifuncionales y la chingada. Eso.


  1. Hablando ahora de tu trabajo:
¿Consideras a tu producción literaria aceptable o identificable dentro de lo que se entiende como arte contemporáneo?
Considero que hago uso de un montón de herramientas que esta época ofrece. Lo hago como todos: según mis gustos y mis capacidades.

  1. ¿Qué temáticas manejas en tu obra?
Econometría, urbanismo, papiroflexia, repostería zen, aromaterapia, alpinismo, Office 2003, jurisprudencia, contextos sociopolíticos, música de los ochentas y un poquito de veterinaria.

  1. ¿Por qué?
¿Por qué no?

  1. ¿Crees tener cierta influencia de algún, o algunos artistas, tal vez alguna corriente o tendencia artística?
Claro. Me influencia lo mismo un disco que una película que un libro que una fotografía.
Y la única corriente que he seguido ha sido a una pinche vieja malhablada.

  1. ¿En el presente estás trabajando en algún proyecto?
Por supuesto, ¿qué no ves que soy escritor? Los escritores SIEMPRE estamos trabajando en un proyecto. Es decir, proyectándolo.

  1. ¿De qué se trata?
No te digo porque se me ceba.
  
  1. En el caso específico de México, ¿cómo ves su participación a nivel mundial?
Pues no creo que traigan muchas medallas estas olimpiadas.

Y bueno, ¿qué quieres que te diga? Lo que sí veo es que a nivel nacional es muy pobre.



  1. ¿Quiénes consideras tú que son las figuras destacadas que han puesto al nombre de México al nivel de otros países que tienen mucha participación en el terreno de las nuevas propuestas artísticas?
Esa es una pregunta patriotera que me niego a contestar.


  1. Y en el caso de Aguascalientes, ¿cómo ves la situación actual en el ambiente creativo? ¿Hay una buena producción? ¿Existen medios, instituciones, programas, etc. que apoyen la producción? Éstos... ¿funcionan?
Si entendemos lo mismo por ambiente creativo, ése siempre está ahí.  Y para lo otro, véase la sexta pregunta.

  1. ¿Cuál o cuáles serían los problemas en la localidad?
La falta de agua, la criminalidad y la Feria de San Marcos.

Pues los mismos.

Ahora, con el Internet y todo ese pedo, yo no sé por qué siguen esperando un salón o una beca. A la red puedes subir todo: pintura, música, fotografía, diseño, video, literatura. Lo que quieras. Puedes hacer llegar tu obra a ojos de gente en todo el mundo y conectarte con editoriales, museos, productores, coleccionistas, escuelas… No salen por apáticos.






Sé que contestar estas preguntas es la cosa mas cansada y tediosa del mundo, mil millones de gracias, ya se te pagará con un favor enorme. Julieta

No problem. Me divertí. Saludos.


miércoles, abril 17, 2013

Prólogo al libro "Cassandra Cactus" de Rocío Navarro*.



Como si leer se tratase de chupar un agridulce caramelo que pasa de un lengüetazo al otro por tonalidades que van del rojo sangre al verde cactus, del amarillo lente a la tinta azul –que no va con el relato, ustedes comprenderán-, filtrar por las pupilas el palabrerío ácido de Rocío (rocío ácido), degustarlo con la mueca extraña del que no sabe bien a qué sabe lo que prueba; lamerlo, pues, con desconfianza, para luego descubrir los sabores degradados con los que pinta sus pensares, resulta siempre una especie distinta de placer.
Nadie le da a otro del caramelo que está chupando (nadie, excepto los novios adolescentes que se han perdido el asco), como nadie invita al otro a su propia masturbación (excepto, claro, los mismos adolescentes). Por eso, cuando se descubre una ventanita con persianas entreabiertas por la que podemos observar los lúbricos y (ya no tan) solitarios devaneos del dueño de la misma, detenerse es morbosamente inevitable...
¡Momento!
Rocío no es una de esas señoras bien casadas-cuatro hijos-afiliadas al círculo literato de la cuadra-aburridas de su vida, que bajo la égida del erotismo ramplón, producen millares de poemas de una frigidez inenarrable.
Para la Cactus, el sexo es sexo y nada más –el amor será lo propio-. Baste eso para saber que acá nada de pieles ardientes bajo lenguas libertinas, todas ellas simuladas. Acá una moral propia que aprecia la franqueza de un muchacho drogado o el cinismo de quien se enamora de todos sus amigos y no coge con ninguno. Cinismo lúgubre del que ha muerto por sobredosis de lucidez.
Digo que ella se masturba con un pincel cargado, se corre, moja sus manos en la mezcla y, con dedos húmedos, comienza a teclear.
Digo también que nada de eso es cierto, pero que esto es un prólogo, carajo.
Un chino me dijo que el camino a la sabiduría estaba entre el idealismo y el sentido del humor; que a las muchas pasiones había que mezclar los muchos absurdos; y que, más que al nirvana, había que llegar al instante de perfecta pereza. No sé qué tan devaluada se encuentre en estos capitalistas momentos la sabiduría china (o la maya o la griega o la tucumana) pero creo que algo de chai va en la mezcla del mate que Rocío toma.
Canalla de veintipocos años, le brota lo genio sin querer queriendo. Fotógrafa por extensión, teniendo por cuarto oscuro al Chaco que la circunda, se ha puesto a encontrar belleza en imágenes de una cotidianeidad despreciada, en personas que siempre están ahí, justo al lado de lo ya tan visto. Y como un photoshop malintencionado, retoca los detalles, descompone el encuadre, satura los colores, todo con la finalidad de resaltar (precisamente) aquello que la estética de la corrección califica como equívoco, cacofonía aparte.
Así tenemos revelados que requieren (nótese que no exigen) de ojos irritados y luz de cantina; de ojos desvelados y luz de cabecera; de ojos viciosos y otra cosita; como si leer se tratase de acercar un poco más la nariz a la fotografía.
Yo no soy de esos lectores que subrayan, anotan o memorizan párrafos escogidos para luego recitarlos al primer paréntesis de aburrimiento en la sobremesa. Me gusta disfrutar el destello inmediato del creador en el momento justo de su descubrimiento y dejarlo ahí, en su sitio, limpio de segundas interpretaciones. No tengo que conocer a Rocío (porque no la conozco) para saber que no le gusta hablar de su literatura. Eso lo intuyo al tiempo que la leo. Creo reconocer al individuo que se sienta a escribir con la única intención de sosegar el ansia que le escose los dedos y la boca del estómago, le ahueca la garganta y le revienta el alma.
En tiempos en que el arte requiere un título, un diploma o una clasificación definitoria, lo único que pido es alguien que no se dé por enterado; que venga y me cuente cómo es que le va; y que de vez en cuando le guste exagerar los hechos por el puro placer de hacer divertido lo intrascendente.
El siglo XX nos heredó la anulación de la sorpresa... pero no: he leído a gente que dice que la Cactus es post-moderna y yo sigo sin saber qué putas significa eso. Supongo que necesitamos de ismos como del agua, la fruta y el pan. A mí me gusta leer a Rocío porque nunca sé de qué (cómo) me hablará; porque no sé si ya se le acabó el amarillo y no tiene a nadie anaranjado con quien platicar, o se le ha metido el demonio lento de la tristeza y escupe manchas negras, desesperada. A mí me gusta Rocío por mujer con todos los adjetivos; hecha -como Elena Garro dice- de objetos impares y pedazos absurdos de tiempo; lúdica suicida amante de la vida por momentos; hija de no sé qué padres iguales a todos los padres del mundo; argentina hasta la remera; loca por exceso de cordura; pueta del orgasmo solitario; pintora de la lente estilográfica; y ya.
Si no se ha entendido: bienvenidos sean, pásenle, aquí junto a mí, frente a la ventana. Navarro abrió la cajita de Pandora y está que se muere de risa, se muere de rabia, se muere de hastío, se muere, ergo sigue viva (aunque no lo quiera). Quítese la máscara y observe bien. Se volverá costumbre el rondarla, visitarle sin que sepa, chuparle las palabras.
Después de todo, ¿qué otra cosa tiene que hacer?

Fernando Paredes
México, 19 de febrero de 2007

*Casandra Cactus de Rocío Navarro, editado en el 2006, en Resistencia, Chaco, Argentina, por editorial Cospel.

viernes, abril 12, 2013

Mujeres


En el Homenaje a Fernando Paredes en la sala de la Lotería Nacional, Ciudad de México, abril 12 de 2013, a un año de su fallecimiento.

miércoles, abril 10, 2013


El muñeco "Fernando"








Fernando les presenta a Fernando presentando la nueva presentación del muñeco “Fernando” que presenta nuevas adiciones (¿adicciones?) para soportar el presente.

Si usted le jala las greñas, el muñeco “Fernando” le recitará el volumen entero de sus poesías inéditas como si se tratase de un remix hip-hopero con visos de barroquismo contracultural y aderezos de nostalgia.

Si usted le escupe a la cara, el muñeco “Fernando” comenzará a reírse a carcajadas y fingirá que nada ha pasado, haciendo gala de sus pasos de break dance y la todavía funcional manera de hacer el gusanito.

Si usted lo mete al horno, el muñeco “Fernando” hará ejercicios aeróbicos al mismo tiempo que silba las nueve sinfonías de Beethoven en orden cronológico.

Si lo mete al congelador, el muñeco “Fernando” tomará posición de flor de loto y meditará hasta que sus siete chakras se encarguen de energetizar el pescado, la res o el pollo que usted guarde ahí.

ADVERTENCIA: si usted es vegetariano no se recomienda la adquisición de un muñeco “Fernando”: su uso eleva los índices de colesterol y provoca angustiosas crisis caníbales, porque si usted se lo come, el muñeco “Fernando” le limpiará las arterias de todo elemento reconstituyente y lo vaciará por todo conducto disponible hasta dejarlo cual papiro chino del siglo VII antes de Homero, listo para reescribir su biografía en bellos dodecasílabos garigoleados.

Si usted le quiebra una patita, el muñeco “Fernando” le contará cómo fue que de niño vio a doce vacas coloradas aventándose de un barranco.

Si le quiebra una manita, el muñeco “Fernando” activará sus conocimientos matemáticos y le descubrirá los secretos de la cuántica y la astrofísica.

Si le hace cosquillas en la panza, el muñeco “Fernando” soltará graciosos peditos, tan hediondos y palpables que serán el alma de cualquier fiesta.

Si usted prefiere tenerlo guardado en su cajita; el muñeco “Fernando” se lo agradecerá con todo el corazón y entonará bellas canciones de cuna.

Si usted lo lleva a la cama, el muñeco “Fernando” entrará a sus sueños y lo conducirá al mismo lugar a donde el flautista de Hammelin llevó a los niños que fueron hipnotizados.

Si usted es mujer, el muñeco “Fernando” tiene las proporciones exactas para ser llevado como un hijo perverso dentro de su vientre.

Si usted es hombre, el muñeco “Fernando” sabrá prepararle cualquier bebida embriagante y podrá brindar con él hasta que el vómito lo invada.

Si usted es homosexual, el muñeco “Fernando” viene con un vestidito rojo, zapatos de tacón, medias negras y fotos de Ricky Martin.

Si usted lo baña; el muñeco “Fernando” sufrirá extrañas mutaciones que pueden ser catastróficas o seriamente peligrosas para el correcto funcionamiento de sus cualidades intrínsecas.

Si usted lo avienta por la ventana, el muñeco “Fernando” se irá volando como hoja de periódico amarillista hasta encontrar otra ventana a la cual introducirse furtivamente.

Si lo azota contra el suelo, el muñeco “Fernando” hará sus magníficas imitaciones de sonidos animales y ruidos mecánicos (desde el ulular del búho hasta el traqueteo de un camión).

Si lo sube a un árbol, el muñeco “Fernando” le explicará la filosofía de Epícuro con notables ejemplos de sencilla comprensión.

Si lo pone de cabeza, el muñeco “Fernando” protegerá su casa contra mosquitos, arañas, escorpiones, vendedores de enciclopedias y testigos de Jehová.

ADVERTENCIA: el muñeco “Fernando” parece gozar con los alfileres clavados y de la tierra de panteón. Platique primero con él y dígale cuáles son sus intenciones.Si usted es practicante de vudú, el muñeco “Fernando” tiene la asombrosa cualidad de la mímesis metafísica y puede ser símbolo representativo de cualquier ser humano.

Si usted le prende fuego, el muñeco “Fernando” se convertirá en una pasta de fácil aplicación a la piel y, con un tratamiento de dos semanas, usted podrá ver cómo desaparecen arrugas, paño y demás imperfecciones del cutis.

Si usted sufre insomnio, el muñeco “Fernando” sabe más cuentos que Scherezada, incluida la Antología del Relato Vulgar, las Leyendas de Guatemala y el Cuento de Nuncacabar. (Para casos crónicos, el muñeco “Fernando” podrá recitarle de memoria los informes de gobierno de presidentes latinoamericanos del siglo XX).

Si usted tiene tendencias suicidas, el muñeco “Fernando” trae incluidas tres balas de plata calibre .45, un frasco con cicuta, dos sogas gruesas, navajas de afeitar, además de una pluma y una libreta para el infalible recado póstumo.

ADVERTENCIA: el muñeco “Fernando” es bipolar.

Si usted es drogadicto, el muñeco “Fernando” trae un relleno en polvo susceptible de ser inhalado, fumado, inyectado o, simplemente, tragado, con efectos relativos al sistema nervioso y la psique de quien lo consuma. No nos hacemos responsables de malos viajes, alucinaciones terroríficas o místicos desdoblamientos de la personalidad.

Si usted le pica un ojo, el muñeco “Fernando” dirá ¡Ay!

Si le pica el otro, el muñeco “Fernando” dirá ¡Uy!

ADVERTENCIA: si le pica el culo, el muñeco “Fernando” dirá ¡Hijo de tu reputísima madre, ve a picarle el ano a la más pinche vieja de tu culerísma casa de mierda!

Si usted lo acaricia tiernamente, el muñeco “Fernando” comenzará a platicar lo solo que se siente, la falta que le hace alguien, lo mal que lo ha pasado todos estos años, etc.

ADVERTENCIA: se recomienda no hacerlo.

Si usted le corta la cabeza, el muñeco “Fernando” no perderá ninguna de sus facultades, siendo inclusive más simpático y ocurrente que antes.

Si usted es revolucionario admirador del Che Guevara, el muñeco “Fernando” esperará el momento justo para largarse y no volverá a verlo nunca más.

Si usted es intelectual seguidor de Derrida, Lacan o Humberto Eco, el muñeco “Fernando” sufrirá desesperados ataques de ira y pondrá en grave peligro a todo su mobiliario.

Si usted es artista contemporáneo, el muñeco “Fernando” representará todo lo que usted considera superado y obsoleto, llegando a extremos de recitar interminablemente el poema de La Casada Infiel o el Amor Constante Más Allá De La Muerte, en la tradición de la mejor fonomímica estudiantil.

Si usted es un pobre diablo, el muñeco “Fernando” será un espejo, un eco, un apéndice siamés de su apéndice reflejado en el espejo de quebrados ecos idénticos.

Si a usted le parece que nada de esto le es de utilidad, tiene toda la razón. El muñeco “Fernando” tiene los más bajos índices de venta en la historia de la juguetería mundial y lo seguimos fabricando sólo por el nunca acabado deseo de verle en las manos de cualquier persona aburrida de estar aburrida.












No está en venta; se regala al primero que lo pida.

jueves, marzo 21, 2013

La Mundialmente Desconocida Poetisa Candela Farías





Ella era la mundialmente desconocida poetisa Candela Farías. Usaba lentes de armazón negro, faldas largas de algodón y sweaters tejidos por abuelita. Se sentaba en una mesita del café "Lumbrera" a escribir sonetos tan perfectamente medidos que hasta le daban ganas de recitarlos ahí mismo.
De hecho, lo hacía. Con cigarrillo en mano, Candela se paraba sobre la silla y lanzaba al aire sus novísimas composiciones con voz cuidadosamente entonada, dramática y matizada de acuerdo a la intensidad de sus sentimientos.
Los clientes se le quedaban viendo con cara de "¿qué le pasa a ésta?"  y ella bajaba de su pedestal, dejaba unas monedas y se largaba de ahí con el nimbo de las musas parpadeando aun sobre su cabeza.

Luego iba al mercado a robar aguacates. Le encantaban los aguacates. Traía dinero; pero la Farías era una convencida absoluta de que los aguacates gratis eran la recompensa justa para su poética labor. Así que daba una vueltecita hasta encontrar una pila de frutos maduros, atenta al momento en que el vendedor se despistara, tomaba un par de ellos y los guardaba dentro de las bolsas de su sweater raído. Luego se dirigía a la plaza central, tomaba asiento en una banca, pelaba el cuerpo del delito y daba pequeñas mordidas con sus amarillentos dientecillos de ratón. Cuando terminaba, aventaba los huesos de aguacate al primer perro callejero que cruzara frente a ella.

Odiaba a los perros. De niña había sido atacada por una jauría de siete canes que resguardaban un plantío de árboles aguacateros al cual se había introducido furtivamente. De no haber sido por la milagrosa aparición del granjero dueño del lugar, que la había salvado de ser completamente destrozada por las fauces animales, Candela Farías sería ahora el cadáver de un recuerdo pocas veces frecuentado.
El granjero se llamaba Paulino Iracheta y tenía un tercer pezón justo en el centro de su pecho. Tomó el sanguinolento amasijo de carne niña y lo llevó a su casa donde, a base de ungüentos, yerbas, cambios de vendajes y, sobre todo, la lectura de Sor Juana Inés de la Cruz, logró que la fisonomía de Candela volviera a parecer la de una persona si no normal, al menos lo suficientemente distinguible entre las demás especies naturales. Mató a los siete perros y puso en su lugar a siete generadores de corriente para electrificar los alambres que delimitaban su propiedad.

Candela quedó sin noción de su pasado durante los siguientes doce años de su vida, los cuales, como es de suponerse, pasó en compañía de Paulino y sus árboles frutales. Nunca nadie reclamó su presencia en ningún lado. Al menos eso fue lo que le platicó el granjero cuando, pasado el tiempo, ella recuperó la memoria.
- Tengo que ir a buscar a mis padres- dijo Candela.
- ¡Pero yo te amo! - respondió Iracheta.
- No me gusta ese tercer pezón que tienes justo en el centro del pecho.
- ¡Ingrata!, a mi no me importa que no tengas nariz, ni orejas, ni barbilla, ni que te falten cuatro dedos en cada mano.
- ¡Mientes! A ti lo único que te interesa es mi fabuloso par de tetas.
- Tienes razón. Lo mejor será que te vayas.

El lector se preguntará cómo es que teniendo sólo un dedo en cada mano Candela Farías podía escribir sus sonetos y sostener un cigarrillo mientras recitaba. O que, al carecer de nariz y orejas, pudiera llevar lentes de armazón negro. La respuesta está en que su padre, al cual encontró sin mucho esfuerzo, era un reconocido cirujano plástico que le reconstruyó la mayoría de las zonas afectadas con la condición de que nunca más lo buscase, ya que, sincerándose, le confesó que ella era el producto de una relación incestuosa con su madre. Es decir, con la abuela de Candela.

Doña Eduviges Alcázar y Jaramillo, la abuela/madre, había sido una famosa concertista de piano que interpretaba como nadie las obras de Chopin. Famosa además por ser una insaciable degustadora de semen latino y perenne organizadora de orgías en su vieja casona de cantera amarilla. Entre sus muchos amantes se encontraban Picasso, Neruda, Álvarez Bravo y Hemingway. Este último no era latino, pero doña Eduviges solía hacer excepciones con cierto tipo de personas, como cuando cogió con Chaplin en el set de filmación de Tiempos Modernos. A su hijo lo inició en los ritos de la carne desde que éste tenía la tierna edad de seis años. Adicta a la morfina, a doña Alcázar y Jaramillo se le había olvidado abortar a la niña/hija/nieta que duró siete meses escondida en sus entrañas, y murió segundos después de dar a luz. El padre de la criatura contaba con apenas quince años. Tiempo después contrajo matrimonio con la rica heredera de un magnate petrolero, la cual, además de ser estéril, preparaba un guacamole delicioso.
Así, Candela llegó a los diez años de edad sin saber que no era hija de su madre, ni que su padre era también su hermano.
Cuando el cirujano plástico le confesó todo esto, también le informó que ya no estaba casado con aquella rica heredera, sino que ahora vivía con un ingeniero industrial al cual amaba con loca pasión y desenfreno.
- Siempre fui maricón - dijo -, sólo que tu madre, es decir mi madre, nunca me dio oportunidad de decírselo.
Y para que no cupieran dudas de lo que afirmaba, el cirujano se deshizo de la ropa que lo cubría y mostró con orgullo sus grandes tetas y su extraña vagina.
- Me las hice yo mismo - exclamó orgulloso.

Candela Farías tomó entonces la decisión de convertirse en poetisa. El mundo había sido una oscura y pestilente boca desdentada en la que ella había sido un bolo atormentado. La única memoria que no le escocía el corazón era la voz de Paulino recitando a Sor Juana y sus maravillosos sonetos. Supo entonces que no hallaría mejor refugio que las palabras, mejor arma que el arte, mejor sostén que la introspección y comenzó a escribir como desaforada.
En cuestión de semanas tenía ya listo su primer libro. Se dirigió entonces a varias casas editoriales y dejó copias de su trabajo en cada uno de los escritorios correspondientes.
Mientras esperaba respuesta, se hizo asidua al café "Lumbrera".

Ella no lo sabe, pero hoy han llegado a su casa las esperadísimas contestaciones. En todas y cada una ellas se lee: "Evítenos volver a leer cualquiera de sus asquerosas composiciones".
Ojalá y cuando las vea la digestión ya haya pasado, porque es bien sabido que cuando se hacen corajes y se come aguacate la muerte es casi un hecho.

O, quién sabe, tal vez será lo mejor.

miércoles, marzo 20, 2013

BILL and I



BILL & I






          

          Yo sería un buen hijo si Bill Evans me hubiese engendrado, ya lo creo. Escucharlo tocar el piano sería mejor que salir a matar gorriones o romper cristales u observar eclipses. Olería a colonia de papá, a maderas y tabaco, sentado al piano. Y tocaría una melodía tan suave como sentida; luego otra tan viva como complicada; luego otra tan triste como inevitable. Y yo, niño, sacaría mi cajita de colores para poner a cada nota el suyo propio y vería salir por la ventana jirones de verde y azul y gris y rosa. Le diría: “¡Papá!” y él sonreiría, me vería sobre el cristal de sus lentes y afirmaría delicadamente con la cabeza, mientras sus manos continuaban acariciando al piano como se acaricia a un gato o el cuerpo de la mujer amada o la arteria por la que la droga ha entrado para salvarnos.

           Imagino que cualquier martes sería domingo a su lado. Imagino, también, que le vería sufrir y dar portazos y mandar al diablo a todo, a todos; que yo me encargaría de quitarle los zapatos cuando llegase colgado a casa y cayera dormido sobre la alfombra de la sala. 

          Estoy seguro de que Bill Evans me hubiese querido como yo lo quiero ahora, preparando un desayuno de hot cakes, tocino y jugo de manzana, dejando para él un café apenas, un pan tostado y un oscuro cigarrillo, tomándome la mano, después, para salir a dar un paseo, subirnos a su descapotable e ir a lugares en que mujeres de cabellos plateados le recibirían hechas una sonrisa; mujeres que olerían a cítricos y me besarían la comisura de los labios, enamorándome sin remedio, y Bill, mi padre, las tomaría de la cintura y me diría que Cynthia (o Margaret o Susanne o Vera) era una tía lejana a la que llevaríamos a conocer la ciudad.

         Bill Evans sería un buen padre. Lástima que haya muerto por drogadicto. Heroinómano - una vez solamente me he metido heroína; un viaje gelatinoso y de brillos dorados, y no creo volver a hacerlo. En todo caso, me gustaría aprender a tocar el piano y ser capaz de interpretar una sola de sus obras, la más sencilla; saber qué se siente transformar el sonido en seda e incienso, en beso y abrazo, en lluvia y pradera... Y luego, quizás, tener un hijo.

Matamoscas*

Ilustración: Zertuche Slecht Leven, Aguascalientes, Ags. México. 2012. Iba a sentarme a escribir pero me puse a matar moscas. No ...