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Un tipo

2008-11-14

Para Mario






El tipo está despotricando a grito pelado contra la hipocresía y la dejadez y los corruptos y los prejuiciosos y los miedosos y la indolencia y el sistema represor. Lo hace de corrido, con dicción ejemplar, en voz tonante. Escupe parrafadas furiosas y dramatiza, alza las cejas, mueve los brazos, saca el pecho; se muestra amenazante, cínico y feroz.

Está solo en su recámara. La recámara tiene cama destendida, ropa hecha bolas, un pequeño sillón, una mesa y una silla bajo una ventana sin cortinas que da a una barda de ladrillos rojos levantada a un metro de distancia. Es de día, la luz es clara, sin tonalidades.

El tipo calla de repente y se sienta en la silla. Se rasca la cabeza, se mete un dedo a la oreja, se chupa los labios. Luego mira la puerta cerrada, el póster pegado en ella, la imagen del chimpancé vestido de tenista, boina blanca, shorts, camisa, raqueta en una mano, junto a la red con pelotas desperdigadas, y la leyenda que dice “No gano pero cómo me divierto”.

Se escucha el timbre de la casa. El tipo se levanta, pero no camina. Nuevamente el timbre. Nada, él no se mueve. El timbre por tercera vez. Entonces sale de la recámara, baja las escaleras rápidamente y abre la puerta. Su madre le suelta una bofetada apenas lo tiene enfrente; luego recoge las bolsas de mandado que dejó en el suelo y pasa. El tipo está temblando de rabia, plantado frente a la puerta abierta, con la mano de su madre como un relieve palpitante en la cara.

Ahí se queda hasta que comienza a oscurecer. Su madre lleva horas hablando por teléfono en la cocina. El tipo sube a su recámara, esta vez lentamente. Se inclina y saca un clarinete de debajo de la cama. Quita y revisa la boquilla, la vuelve a poner, sopla un Mi bemol, un Fa y un largo Sol después. Enciende la lamparita colgante, y poniéndose frente a la ventana, comienza a tocar un aire lento y profundo.

Acaba luego de unos minutos de dulce inspiración, con los ojos irritados. Le sobresalta el tronar de unos aplausos detrás de él. Es su padre. Su padre con la mascarilla conectada a un pequeño tanque verde, sobre la silla de ruedas. Aplaude dislocado, ojos bizcos mirando al techo. El tipo se acerca, empuja con un pie al paralítico y cierra la puerta, dejándolo afuera. El chimpancé sonríe.

El tipo apaga la luz y se acuesta. Antes de caer dormido se ríe al recordar algo que hizo hace mucho tiempo.

Despierta a las seis en punto. Se pone el uniforme y baja a la cocina. Encuentra a su madre dormida sobre la mesa, con el teléfono aún descolgado y una voz masculina cantando por la bocina. Toma un café y mastica varias rebanadas de jamón. Luego sale de ahí, de la casa, sube a su bicicleta y enfila hacia su trabajo.

Le gusta sentir al viento romper sobre su cara, ver el amanecer, pedalear sin premuras.

Llega al cuartel, checa tarjeta, saca el arma de su casillero, saluda a sus compañeros y sube a la patrulla que rondará las próximas doce horas a su cargo. Como siempre abusará un poco, extorsionará un poco, etcétera.

Encuentra tiempo para visitarla a ella. Le lleva un ramo de flores. Ella lo recibe con ternura, le invita a pasar y responde a sus besos. El tipo se sabe enamorado de manera irremediable, irresistible, dopado. Saca de entre sus ropas unos versos que ha escrito hace un par de días, pegados a su panza desde entonces, y ahora, decidido, los recita tomándole una mano, temblándole la voz.

Es terrible cuando el tipo se da cuenta de que ella reprime la risa y lucha por mantener la compostura. Es como una patada a la garganta o un alfiler atravesando el ombligo. El tipo calla, baja la cabeza, se retrae y piensa en matarla. Ella se da cuenta, duda un poco, pide una disculpa. Él cede; simplemente da media vuelta y se va. Arranca la patrulla de manera estrepitosa.

Durante las siguientes dos horas estará en un mirador a las afueras de la ciudad, primero despotricando contra las mujeres, el amor, el simplismo, el desarme y la entrega, gritándoselo a la ciudad, con la camisa desabrochada y tirando balazos; y luego dentro de la patrulla, escuchando las claves y las alertas, con la mirada perdida, cansado.

En el asiento del copiloto, el conejo que mató lo observa con sus ojillos rojos, fría e implacablemente.

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