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La Niña Rota



Este se llama así: El Cuento de la Niña Rota. La Niña Rota no existe hasta que escriba: se caía a cada tres metros y le gustaba el jazz ligero. Usaba vestidos rotos y sus costillas flotantes flotaban fuera de ella. Fffffff hacía el saxofón; Gggggg hacía la guitarra; Ssssss hacían los platillos; Mmmmm hacía la Niña Rota, encerrada en su recámara sin techo, chupando caramelos rosas. Luego aparecía el Hombre Negro. Este se llama así: La Niña Rota y El Hombre Negro. Ella acomodaba sus vísceras e intentaba emparejar los meniscos de sus rodillas. Él brincaba la barda de la recámara y, sin decirle nada, la penetraba sin escarceos, de prisa. La Niña Rota lo amaba; sus brazos dislocados intentaban siempre abrazarlo, retenerlo. Pero el Hombre Negro terminaba e inmediatamente volvía a brincar la barda, sin voltear a verla, riendo a carcajadas. Yo lo hago feliz, pensaba la Niña Rota mientras esperaba a que alguien comprara una de sus estampitas. Este se llama así: La Niña Rota y el Milagro de San Toribio. Vendía estampitas de santos oficiales, afuera de una iglesia. Atendía a los clientes tirada en el suelo, babeando. Un día llegó un señor tan encorvado y arrugado que parecía una ciruela podrida negándose a caer del árbol. Le compró una imagen de San Toribio y, pasito a pasito, tardó una hora en llegar al borde de la banqueta, a unos quince metros de distancia. Luego tardó una hora más en atravesar la calle. La Niña Rota lo vio todo desde su lugar en el suelo y ya nadie le compró nada. Regresó a su casa, cayéndose a cada tres metros, puso jazz ligero y esperó la llegada del Hombre Negro. Al otro día, un tipo de traje blanco, rubio, alto y guapo llegó a su puesto de estampitas, se agachó hasta donde ella estaba y le besó los labios. Gracias, dijo él, muchas gracias. Yo soy aquel viejo que ayer te compró una estampa de San Toribio. Camino a mi casa recé muchas veces la oración impresa, pidiéndole que me volviera joven otra vez. Me tardé toda la tarde en llegar y todavía seguí pidiendo acostado en la cama, prometiéndole que haría feliz a la persona más desgraciada que conociera. Hoy desperté así, rubio, alto y guapo. Salté de la cama y me puse a bailar. Desempolvé mi traje blanco y he venido contigo, la persona más desgraciada que conozco, para hacerte feliz. Dime ¿cómo puedo hacerlo? Vístete de negro, balbució la Niña Rota. Este se llama así: La Niña Rota instruye al joven rubio, alto y guapo, para que salte la barda de su cuarto sin techo y la penetre sin amor. Entonces llega el Hombre Negro y encuentra a ese otro Hombre Negro fornicando con su amada. Sí, ahora se da cuenta de que la ama. No soporta verla así, cartilaginosa, en los brazos de otro. Rrrrrr hacen sus venas; Kkkkk hacen sus huesos; Tttttt hace su cerebro; Dddddd hacen sus manos al estrangular al Hombre Negro que muere con el terror dibujado en su rostro joven, rubio, guapo. La Niña Rota recibe entonces un beso en cada uno de sus párpados y escucha al Hombre Negro decir te quiero, contigo soy feliz. La toma de los brazos y se guarda entre ellos. Ella suspira y sonríe mientras da gracias a San Toribio.

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Tal cual

Yo soy el marihuano que te lleva serenata,
Acompañado de borrachos,
Policías
Y un coro de ranas,
A las cinco de la tarde
De un martes de diciembre,
Con los ojos vendados,
En traje de astronauta.

Yo soy el drogadicto que todos los días llama
A la estación cumbanchera
Y pide esa cancioncita
Que te alegra la mañana.

Me gusta
Que te guste
Lo que busco;
Me busca
Que te encuentre
Y haga bizcos.
Me visto
Que te pones
Lo que uso;
Me uso
Que te pase
Lo que pasa.

Yo soy el borrachito que se pone terco
Alegando tus silencios,
Blandiendo poses,
Roncando como puerco,
Y despierta enfadado
Y Perdido.
Sin pies.
Sin cogito, sin sum, sin ergo,
Para después perderse
En la más triste de las farsas,
En las faldas
De la esperanza que aun albergo
De un día verte feliz en la terraza.

Soy el buenoparanada
Que te hace de comer
Como nunca has comido
Ni volverás a hacer.
Soy el malagradecido
Hijo de puta
Bastardo y cariñoso,
Tonto y orgulloso,
Limpio y apestoso,
Que siempre te da las gracias.

El respetuoso,
El c…

Fernando Paredes

Epítetos, poesías, pituitarias

2007-02-26






Hey,


Corazón,


Tengo dos manos ansiosas por escribirte lo mucho que te quieren escribir, pero nomás no saben cómo, no se ponen de acuerdo en el qué, el matiz, el tono, la figura, el aliento, el sentido concreto de esto que aparece de vez en cuando en la mirada, de vez en cuando en mis oídos, como un algo que no sé qué pedo, algo que eres tú sin serlo, cosas raras que traen pegada tu forma de andar, tus ojos quietos, tu cuerpo largo, a Hendrix, a Isabel y Lucrecia, y tus bracitos de agua, y tus nalguitas de niño nalgón, y tu voz clara, liviana, hipnotizante, floja, floja, floja, tirada en la cama, sonriendo, desnuda, hermosa, vamos a comer gorditas de chicharrón, abramos las persianas que de todas formas están abiertas, bailemos en cada semáforo rojo, tiremos la hueva al compás de una fuente dominguera, la marcha de Zacatecas, el centro de la nación, chocos de fresa, esquites subtitulados, Bill Whithers canta ain’t no sunshine wen she’s gone, y la pila de libros inútiles me ac…